La caída del muro de Berlín en 1989, una lección para los líderes de hoy

Cuando inició noviembre de 1989 era imposible creer que el socialismo real impulsado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) era insostenible y estaba a punto de morir. Algunos intelectuales habían alzado sus voces años antes advirtiendo que eso podía suceder, pero el fanatismo y los dogmas silenciaron sus alertas, acusándolos de revisionistas, de agentes del capitalismo, de traidores. Simplemente era algo difícil de imaginar, tanto para los que vivíamos en la periferia del...

Cuando inició noviembre de 1989 era imposible creer que el socialismo real impulsado por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) era insostenible y estaba a punto de morir. Algunos intelectuales habían alzado sus voces años antes advirtiendo que eso podía suceder, pero el fanatismo y los dogmas silenciaron sus alertas, acusándolos de revisionistas, de agentes del capitalismo, de traidores. Simplemente era algo difícil de imaginar, tanto para los que vivíamos en la periferia del comunismo y más aún para los que desde adentro habían dado sus vidas para que el proyecto de Lenin y Stalin funcionara. Hasta que el muro de Berlín, que había dividido no solo una ciudad sino un país —y toda Europa— desde 1961, el símbolo más gráfico de dos mundos confrontados por las ideas, la cortina de hierro entre el Capitalismo liderado por Estados Unidos y Comunismo liderado por la URSS cayó, como caen al final los edificios que construyen los hombres.

Algunos de nosotros apenas recordamos ese hecho histórico, yo recuerdo que lo vi en Univisión, transmitido en directo por Jorge Ramos que en ese tiempo era apenas un joven periodista, y apenas comprendí qué sucedía, muchos menos comprendía las implicaciones que traía para el futuro, esa aparente victoria del capitalismo sobre el comunismo y el fin de la guerra fría que llevaba ya 40 años.

El mundo había cambiado desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en donde la URSS —con ayuda de los países aliados— derrotó al ejército nazi. Los pueblos alemanes y ruso lo supieron mucho antes, pero hacía falta que los líderes lo comprendieran.

Mikhail Gorbachev, uno de los protagonistas de aquellos acontecimientos de 1989 —el único Presidente de la URSS y ganador del premio Nobel de la Paz— escribió esta semana una columna en la revista Time recordando la importancia de la caía del muro de Berlín y advirtiendo a los actuales líderes de la necesidad de reconocer el cambio en las generaciones.

«En el otoño de 1989, la situación en Alemania Oriental  se volvió explosiva —escribe Gorbachev—. Grandes grupos de personas abandonaban el país; la gente huía en masa a través de Hungría y Checoslovaquia, que habían abierto sus fronteras occidentales. En las principales ciudades, la gente salió a las calles, protestando pacíficamente, pero no se podía descartar la violencia con consecuencias que escapan al control de nadie.

»En octubre de 1989, asistí a las festividades en el este de Berlín para conmemorar el 40 aniversario de la República Democrática Alemana, mientras estaba en la tribuna, saludando a las columnas de participantes en el desfile, sentí casi físicamente el descontento de la gente. Sabíamos que habían sido cuidadosamente seleccionados, lo que hizo que su comportamiento fuera aún más llamativo. Estaban gritando: ¡Perestroika! Gorbachov, ayuda!

»Eventos posteriores confirmaron que el régimen de la República Democrática Alemana estaba perdiendo terreno rápidamente. Las protestas y las demandas políticas, desde la libertad de emigración hasta la libertad de expresión y la disolución de los organismos gubernamentales hasta la reunificación de Alemania, estaban ganando impulso.

»La caída del Muro de Berlín, por lo tanto, no fue una sorpresa para nosotros. El hecho de que sucedió el 9 de noviembre de 1989 fue el resultado de circunstancias específicas y la evolución del estado de ánimo popular.

»En esas condiciones, el primer paso del liderazgo soviético fue descartar la fuerza militar de las tropas soviéticas estacionadas en la República Democrática Alemana, al mismo tiempo, hicimos todo lo posible para asegurarnos de que el proceso avanzara a lo largo de líneas pacíficas, sin infringir los intereses vitales de nuestro país ni socavar la paz en Europa.

»Eso fue extremadamente importante, porque después de la caída del Muro, el desarrollos de los acontecimientos en la República Democrática Alemana se volvieron cada vez más turbulentos. La reunificación de Alemania estaba ahora en la agenda, y esto causó preocupación entre los ciudadanos soviéticos, muchos de los cuales estaban alarmados.

»Su preocupación era comprensible, tanto histórica como psicológicamente. Tuvimos que contar con el recuerdo de la gente de la guerra, de sus horrores y víctimas. Por supuesto que los alemanes habían cambiado; habían aprendido las lecciones del reinado de Hitler y la Segunda Guerra Mundial. Pero hay cosas que no se pueden borrar de la historia. Le dije al canciller Kohl que es importante que los alemanes, en la gestión de la unificación, respeten los sentimientos de otras personas, así como sus propios intereses.

»No estábamos solos en nuestras preocupaciones. Los aliados de la OTAN de la República Federal de Alemania —Francia, Gran Bretaña, Italia— no querían una reunificación rápida. Entendí eso de mis conversaciones con sus líderes. En cada uno de los países que habían sufrido agresiones, había temores, como en sus propios genes, de que la unificación de las dos repúblicas aumentaría el poder de Alemania. Tenían serias, aunque tácitas, razones históricas y políticas para tales temores.

»Creo que los miembros europeos de la OTAN no habrían sido reacios a usar a Gorbachov para frenar la unificación. Pero entendí que resistir un proceso que era objetivamente inevitable y, aún más, usar la fuerza de cualquier forma podría tener consecuencias impredecibles: una explosión en el centro de Europa, la reanudación de la Guerra Fría, ¡y quién sabe qué más! Era deber de todos nosotros evitar eso.

»Hoy, leyendo algunos comentarios y reminiscencias de esa época, uno podría tener la impresión de que el proceso de reunificación fue un juego de niños, que todo vino como el maná del cielo, o que todo sucedió como resultado de una feliz oportunidad o incluso de la ingenuidad de algunas fiestas. Pero ese no fue el caso.

»Las negociaciones que involucran a los dos estados alemanes, la Unión Soviética, los Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña no podrían ser fáciles. Hubo discusiones contenciosas y enfrentamientos de opinión, y a veces parecía que los malentendidos condenarían las negociaciones.

»Pero terminaron con éxito, porque las partes en este complejo proceso diplomático también mostraron previsión y coraje y un sentido de alta responsabilidad.

»Sin embargo, cuando me preguntan a quién considero el héroe principal de esa época de drama y agitación, siempre respondo: la gente. No estoy negando el papel de los políticos. Eran muy importantes. Pero era la gente, dos pueblos, lo que más importaba. Los alemanes, que declararon su voluntad de unidad nacional de manera decisiva y, lo más importante, de manera pacífica. Y, por supuesto, los rusos, que entendieron las aspiraciones de los alemanes, creyeron que Alemania había cambiado y apoyó la voluntad del pueblo alemán».

Mikhail Sergeyevich Gorbachev

La columna de Mikhail Gorbachev en la revista Time de este noviembre, en ocasión del trigésimo aniversario de la caía del muro de Berlín y la reunificación de Alemania, marca un estándar importante para los líderes actuales del mundo que se aferran a modelos obsoletos para enfrentar los nuevos descontentos de sus pueblos.

Las protestas pacíficas que hoy brotan por todo el mundo son en  reclamo por un cambio. El modelo neoliberal que surgió como victorioso luego de la caída del muro de Berlín en 1989 se ha agotado, como se agotó el modelo comunista que surgió en 1949 con el final de la guerra y llevó al colapso de la URSS y los países comunistas europeos. El cambio no podrá ser contenido por mucho tiempo, menos por líderes  empeñados en sostenerse con dogmas y prácticas que han sido rebasadas por la Historia.

Los rusos y los alemanes pueden estar orgullosos de sus papel en 1989. Los líderes de esos países y de esa época deberán estar satisfechos también con el papel que jugaron. Porque comprendieron que los verdaderos líderes saben leer la voluntad de sus pueblos, de cara al futuro que nos juzga implacable.

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