«ESOS DÍAS EN LA EMBAJADA NOS UNIÓ, NOS HIZO HERMANOS» CARLOS EDUARDO REINA

Manuel Zelaya apareció en la mañana del 21 de septiembre de 2009 al interior de la embajada de Brasil, la noticia circuló primero por mensajitos de celular y luego se dio a conocer por radio Globo. El gobierno de Micheletti y su cúpula negaron desde un inicio la noticia: «Es un acto de terrorismo mediático de aquellos que quieren confundir al pueblo de Honduras» –dijo Roberto Micheletti. «Nuestros cuerpos de inteligencia y contra inteligencia son profesionales...

Manuel Zelaya apareció en la mañana del 21 de septiembre de 2009 al interior de la embajada de Brasil, la noticia circuló primero por mensajitos de celular y luego se dio a conocer por radio Globo. El gobierno de Micheletti y su cúpula negaron desde un inicio la noticia:

«Es un acto de terrorismo mediático de aquellos que quieren confundir al pueblo de Honduras» –dijo Roberto Micheletti.

«Nuestros cuerpos de inteligencia y contra inteligencia son profesionales y nos informan que no es posible que él esté acá», comentó luego Romeo Vásquez.

Pero Mel llegó y puso al gobierno en una posición sumamente complicada.

«Es un doble», dijo Micheletti minutos antes de decretar el estado de sitio que han anunciado durará 36 horas.

Mel llegó invitando al diálogo. Inmediatamente los cuatro aeropuertos del país fueron cerrados y los retenes militares obstaculizaron la movilización de las personas a Tegucigalpa. Micheletti, al confirmar que en efecto, Manuel Zelaya estaba en la colonia Palmira en donde está la Embajada de Brasil, responsabilizó de todo lo que pase en el país a Zelaya. El gobierno lazó además una advertencia en contra de la OEA declarando nongrato a Miguel Insulza, amenazando con bajar su avión si entra a territorio hondureño.

La vigilia duró toda la noche, miles de personas llegaron hasta la colonia Palmira y en la calle se acomodaron para acompañar al Presidente. Curiosamente en ese momento, tanto la policía como el ejército se había replegado despreocupándose de hacer efectiva la prohibición de circulación que imperaba contra los ciudadanos.

A las cinco de la mañana del día 22 de septiembre comenzó el desalojo. Cientos de lacrimógenas fueron lanzadas contra los manifestantes quienes respondieron con piedras. El ejército rodeó la sede de la embajada brasileña y amenazó con ingresar para hacer efectiva la orden de captura contra Zelaya.

Ese día murió la joven Wendy Ávila por un paro respiratorio como consecuencia del gas lacrimógeno.

La represión se extendió también contra la colonia San Francisco, El Reparto y el Hato de en medio, barrio Morazán y muchos barrios pobres de la periferia de la ciudad. En varias zonas se reportan enfrentamientos con la policía. Algunos analistas consideran que si en algún momento hubo condiciones para generar un proceso insurreccional en el país, fue ese. Pero no ocurrió.


Carlos Eduardo Reina:

«Todavía no se con exactitud quién sabía que venía Mel. Yo había estado con él en Nicaragua en esos días, me fui como el 10 y volví el 14 de septiembre con una gran bronquitis. Desde que volví estuve en cama hasta el martes 22 que me levanté. Yo iba a la barbería cuando me llaman por teléfono y me dicen que Mel está en Honduras. Me desplazo a las Naciones Unidas que fue el punto de encuentro de todos. Ya estando allí Mel avisa que está en la Embajada de Brasil a dos o tres cuadras de allí. Empezó entonces a llegar cualquier cantidad de gente a la Embajada de Brasil.

Mel buscaba cumplir el compromiso de volver.

Anteriormente intentó entrar, el 5 de julio, pero no lo dejaron. Le pusieron las tanquetas en la pista del aeropuerto para que no aterrizara. No había un plan para recibirlo porque no lo esperábamos. Como todos los días, habían marchas, pero ese día que llegó la gente se desvió hacia Palmira y allí esperamos su mensaje.

El tema era que le restituyeran en el poder, hay quienes dicen que el plan era recibirlo con una gran cantidad de gente y llevarlo a casa Presidencial para que le restituyeran el poder. Eso es falso, nunca hubo un plan, fue una idea que se manejó en el momento, pero no habían condiciones de seguridad para eso. Nos quedamos todos acompañándolo en la embajada de Brasil para que el mundo presionara y saliera del poder quien había usurpado ese cargo, Micheletti.

Él nunca ha contado cómo entró al país, probablemente porque muchas de las personas que le ayudaron todavía pueden estar en algunos cargos importantes y le puede costar un precio que esto salga a la luz pública. Imagino que cuando ya haya pasado mucho tiempo él va a publicar cómo entró. Se que el gobierno de Micheletti tenía gente de inteligencia dándole seguimiento a Mel en Nicaragua y los despistaron usando a Carlos Zelaya como doble. Fingieron que Mel iba para Nueva York. Salió Mel de la embajada de Venezuela con sombrero a tomar un avión rumbo a Nueva York y los de inteligencia pensaron que era él y le dieron seguimiento. Por eso la seguridad nacional de Honduras decían que Mel no podía estar aquí, porque estaba en Nueva York.

Durante Mel estuvo en Nicaragua estuvo viviendo en la casa del Embajador de Venezuela, le habían asignado una habitación y la policía de Nicaragua estuvo todo el tiempo protegiéndolo. De echo el número dos de la policía Nacional nicaragüense era prácticamente el edecán de Mel en Nicaragua.

El primer día Mel se instala en la mañana, nosotros nos reunimos con él alrededor de las once. Entramos con Juan Barahona, con Rafael Alegría, Rodil Rivera, Gilberto Ríos, David Romero, Dagoberto Suazo, de los que recuerdo. Allí eran pláticas con la OEA, viendo qué iba a pasar. No sabíamos qué iba a pasar. Sabíamos sí que los militares se habían replegado. El pueblo llegó frente a la Embajada de Brasil y se comenzó a aglutinar un gran número de personas. Luego que Mel da el discurso, alguna gente se retira y por la noche en el entorno de la embajada, calculo habían unas 2,000 personas que estaban desde el puente del Guanacaste hasta la gasolinera Texaco que está por la Embajada de Estados Unidos hacia la Reforma, la cuesta que baja del Morazán a Palmira estaba «asegurado» por la gente.

Como a las 10 de la noche hubo un incidente, una patrulla intentó entrar y la gente le quitó a los policías las armas, los bajaron de la patrulla y la quemaron. Eso fue en la cuesta que baja del Mirawa hacia la gasolinera. La patrulla la pusieron luego como trinchera.

Luego, más tarde, como a la una de la mañana, hubo otro incidente en el puente del Guanacaste, unos vehículos le dispararon a la gente. Yo creo que estaban probando los perímetros. De allí se calmó todo.

Yo metí mi carro en el Drive thru de un Wendy´s que había por allí y descansamos un par de horas en mi carro con Rodil Rivera, Dagoberto Suazo y Rasel Tomé. Los cuatro allí, hasta que nos fueron a levantar al rededor de las 5 am para decirnos que venía la policía.

Salimos del carro y vemos venir a la policía bajando por la embajada con un gran contingente de policías, tanquetas y todo, comienzan a disparar las bombas lacrimógenas y la gente se dispersa. La gente no puede luchar contra una fuerza policial bien organizada. No teníamos capacidad de organizarnos. Los eventos se fueron dando sobre la marcha.

El golpe de Estado nos agarró a todos por sorpresa, no lo esperábamos, era impensable un golpe de Estado a estas alturas del siglo XXI. Lo que se logró más o menos organizar eran las marchas de la resistencia. Se logró organizar un grupo que identificaba por ejemplo a algunos infiltrados que llegaban a sacar perfiles de la gente. Muchas de las personas que andaban conmigo en todo esos eventos luego fueron asesinados, asesinatos que se le acreditan al crimen común, entre ellos Ricardo Domínguez, Emmo Sadloo, el hijo de Mario Padilla, dirigente de Olancho…

Cuando empieza el desparpajo de la Embajada, yo me voy caminando y enfrente de la embajada me encuentro a Rasel, que me dice «¿qué hacemos?» y yo le digo, «No dejemos solo al presidente Zelaya». «Pero está cerrada la puerta», me dice y yo lo llevo a través de la casa vecina que había sido ocupada por la gente y nos metimos por el muro de atrás.

El presidente Zelaya estaba adentro con su familia. Habían además mucha gente, unas 300 personas que se metieron protegiéndose de los gases y toletes, porque eran gente desarmada, mujeres incluso con niños. Recuerdo incluso que una mujer se tiró por el muro y al caer se fracturó y quedó allí, fracturada, adentro de la embajada.

Era un caos. La gente con miedo, entrando por todos lados a la embajada. Cuando yo entro me voy a la oficina del embajador que es a donde estaba Mel y veo por la ventana a la gente despavorida, corriendo, los toletes detrás de ellos, gente en el suelo siendo golpeada, los militares tirándonos gas adentro de la embajada, 20, 30 bombas adentro de la embajada.

Es difícil saber cuánto tiempo pasó. Los eventos transcurren a una velocidad que parecieran minutos y tal vez fueron horas. La cosa es que cuando se calma el gas y la gente ya ha sido desalojada de enfrente de la embajada, comenzamos a ver cómo se van acercando los escuadrones para meterse a la embajada.

Luego vemos que se acerca un pick up con un aparato en el techo, redondo, que cuando está frente a la embajada comienza a sonar un ruido como de alarma de incendio pero multiplicado por diez y con una gran capacidad para dirigirlo al balcón en donde estábamos nosotros. Era un ruido ensordecedor.

Me llamó la atención además que ese zumbido iba acompañado con una grabación en inglés que decía: «Este es un barco de la naval de Estados Unidos, por favor aléjese o dispararemos». Yo le comenté días después al embajador Hugo Llorens y él reaccionó sorprendido. Es un aparato disuasor sónico que usan contra los barcos que se acercan a los barcos de ellos. Imagino que es la primera forma de disuasión, luego vienen disparos cerca del barco y luego contra la embarcación. Cuánto tiempo duró todo eso, no lo sé.

Mel nunca perdió la calma. En el grupo había de todo, gente con miedo, gente valiente. Pero la gente estaba más pendiente de cómo reaccionaba Mel, el pánico es contagioso, el valor también.

Ya en la tarde, cuando pusieron el audio y se querían meter los comandos de la policía, entiendo que ocurrió algo que paró eso. El gobierno de EE.UU. le advirtió al gobierno de Honduras que una agresión contra la Embajada de Brasil la iban a considerar como una agresión en contra de la embajada de ellos y eso impidió que entraran.

Luego llegaron los grupos de Derechos Humanos y ellos comenzaron a desalojar a la gente que había quedado allí. Habían más de 300 personas. Con esos grupos de DD.HH. se estableció un proceso para que la alimentación llegara a la Embajada de Brasil. Nos habían cortado el agua, nos habían quitado la luz, pero afortunadamente la embajada tenía una cisterna muy grande y un generador de energía que con eso se sostuvo la embajada mientras se estabilizó la situación con la policía.

Esa primer noche habían 150 personas. No había espacio. Nos acomodamos en una sala frente a la biblioteca de la embajada, en el suelo. Yo recuerdo que iba preparado, andaba en mi carro dos chumpas, una que era la que yo usaba, una negra y una que había comprado en La Armería de las que usan los pilotos, gruesas, que regalé a Rasel.

Nos acostamos esa noche, muy tarde, dormimos muy pocas horas y por la mañana muchos compañeros amanecen con sangrados. La chumpa que le presté a Rasel, que él usó como almohada, amaneció llena de sangre de nariz. Nunca supimos a ciencia cierta por qué. Lo que sí nos dimos cuenta ese día es que unos de los muchachos que estaban en la embajada, se subieron a un muro a ver la casa de al par y vieron a un grupo de militares que tenían una manguera hacia la embajada. Dicen que arrojaron algo para enfermarnos y hacernos abandonar la embajada. Nunca se supo qué, presentamos la denuncia ese día a través de cadenas internacionales porque dentro de la Embajada quedó un grupo de periodistas de agencias grandes.

Luego por la tarde de ese segundo o tercer día, me llamó Arturo Corrales y me dijo que quería llegar a la Embajada. Yo le dije que le ayudaba a entrar, pero si me traía unos inhaladores, porque yo estaba aún saliendo de la bronquitis y se me había acabado el medicamento. Arturo accedió y fue a mi casa a traerlo. Ya en la embajada se reunió con el presidente Zelaya, con Rasel Tomé, conmigo y la conversación era, qué hacemos. Llegó como a negociar. El Presidente Zelaya nunca estuvo dispuesto a negociar nada, simplemente «restituyan el orden democrático», «permítanle a la gente que se exprese en una Cuarta Urna en las elecciones», pero nunca se llegó a nada significativo.

Ellos querían salvar el proceso electoral y nosotros queríamos que el proceso electoral se diera sin que el presidente estuviera encarcelado. No podía haber una elección transparente y en Libertad cuando el presidente de la República está preso en una embajada y no se le permitía salir. Faltaban dos meses para las elecciones.

Por las noches había asedio, instalaron unas lámparas para iluminar sitios de construcción, viene con un motor abajo y levantan dos grandes faroles e instalaron eso frente a la embajada y sistemas de audio con música estridente, insultos, marchas militares y también dos grúas en donde había permanentemente uno o dos soldados observando siempre hacia adentro.

Como son oficinas la Embajada, las paredes son ventanas. Las tapizamos con papel aluminio en donde dormía el presidente Zelaya para repeler las ondas de emisiones. Habían instalado no solo bloqueadores de señal, sino que detectamos que habían constantes sonidos ultrasónicos para desesperar a la gente.

Al principio quien estaba en la embajada como encargado de negocios era uno, luego lo cambiaron y trajeron a otro que estaba en Colombia. Él era el jefe de la casa, no era el presidente Zelaya. Él incluso en algunos momento decía si había que sacar gente.

Al tercer día de estar en la embajada de Brasil, durmiendo en el suelo (no teníamos ni baño, ni cepillo de dientes, nada, todo eso fue lo que me llevó Arturo Corrales), veo que el guardia sale de una habitación que permanecía cerrada y le pregunto ¿que hay allí? Es mi cuarto, me dice. ¿Puedo verlo? Lo abre y veo que es un cuarto grande, con un baño privado y con aire acondicionado.

No habían camas ni nada, solo escritorios. Le digo, ¿te lo alquilo? Vaya pues, me dice y me saco la billetera y veo que andaba 2500 lempiras, le doy 2000. Gracias, me dijo y me dio la llave del cuarto y allí nos instalamos. Allí dormíamos cuatro personas: Rasel Tomé, Carlos Briceño, yo y a veces el presidente Zelaya que se quedaba en nuestro cuarto porque en el de él había mucho ruido. Pero no teníamos colchoneta. Los de TeleSUR, porque eran prensa, les permitieron meter colchonetas. Ellos a mi me regalaron luego una colchoneta y mi esposa había llevado otra. Entonces le pasé una a Rasel y así dormíamos todos.

Con los días logramos tener una rutina en donde Xiomara se volvió un elemento cohesionador y familiar para todos, ella nos atendía muy bien. Comíamos en la oficina del Embajador y en la mesa se sentaba el presidente Zelaya, Xiomara, el padre Tamayo, el encargado de Negocios de la Embajada de Brasil, Rasel y yo. El hecho de que Xiomara nos atendiera y nos diera comida caliente, aunque era olida por perros al entrar a la casa y todo eso, nos daba un momento agradable y familiar adentro de la embajada.

Los domingos autorizaban a que llegara la familia de Mel para acompañarlo. Ese día nosotros no comíamos con ellos sino que era un ambiente familiar de los Zelaya. Uno de esos domingos le permitieron entrar la guitarra. Luego el sacaba la guitarra y nos poníamos a cantar. También jugábamos ajedrez. Buscábamos la manera de estar ocupados.

El grupo que más tiempo estuvo allí fue al rededor de 45 personas.

En octubre comienza la negociación del acuerdo que culmina con la firma del Guaymuras-San José, que era la continuación del acuerdo San José que inicio Óscar Arias. En ese acuerdo los representantes del presidente Zelaya eran Mayra Mejía, Víctor Mesa y Juan Barahona. Juan Barahona luego de la primera reunión se retira para mantenerse al frente de las manifestaciones y lo sustituye Rodil Rivera Rodil. Ellos iban a la embajada todos los días. Iban, negociaban, regresaban a informar cómo iba la cosa, y volvían a la mesa a negociar.

Para llamar por teléfono era complicado. Había solo un pequeño punto abajo de la palmera en donde se podía recibir llamadas. Allí se aglomeraba la gente para hablar por teléfono. A uno lo llamaban de los medios y le decían, mañana lo vamos a entrevistar a tal hora, entonces uno se iba allí a esperar la llamada.

Un día recibo la llamada de mi hija Sofía de once años. Papá, me dice, ábrame la puerta que aquí estoy. Pero hija, si yo estoy en la Embajada, le dije. Si, aquí estoy en la embajada. Ábrame la puerta, me responde. Bajó corriendo al portón y allí está la niña y entra, cuando nadie había podido entrar. Ella me llevó una hamburguesa. Yo le pregunté que cómo hizo para entrar. Es que el domingo fui a una piñata en el Country, me dijo, y me encontré a Romeo Vázquez y me dio su teléfono y cuando ella llegó frente a la Embajada, llamó a Romeo. Mire, vengo a ver a mi papá y no me dejan pasar, le dijo, aquí le paso al soldado. Al día siguiente volvió y me llevó a mi esposa. Ese fue la única vez que yo pude ver a mi esposa en los 72 días que estuve en la Embajada de Brasil.

Allí cumplí años el 14 de octubre que coincidió con el día que jugó Honduras el partido en El Salvador que le permitió clasificar al mundial.

La Embajada de Brasil simbolizaba la división en Honduras, en donde una parte del país estaba apoyándonos a los que estábamos en la Embajada y otra parte no. Esa tarde mi hijo de ocho años me llevó un pastel que le permitieron llevar hasta el portón de la embajada, yo vi algo que me causó una gran impresión, la cara de miedo de mi hijo. Los militares lo pararon y con las bayonetas partieron el pastel en pedacitos. Imagino que pensaban que allí iban armas.

Antes de que celebráramos y me cantaran fue el partido.

Yo noté algo, cuando Honduras clasificó, los que estábamos adentro de la embajada celebramos y los que estaban afuera también. Allí comprendí que hay cosas que nos unen más allá de las diferencias políticas que tienen la características de ser pasajeras.

Después del partido, al padre Tamayo alguien le avisó que iban a meterse y entró en pánico, perdió el control, se desesperó. Él decía que era alguien de las FF.AA. que le había dicho que ya estaba la decisión de meterse, aprovechando que la gente andaba celebrando.

Y en efecto, nosotros vimos cómo en frente de la embajada aumentó la presencia militar, eso porque los militares temían que la caravana que andaba celebrando el triunfo de la selección se desviara y quisiera meterse a sacar al Presidente.

No hubo nada ese día, solo el padre Tamayo que se descontroló. Él estaba muy temeroso, temía que nos mataran adentro de la Embajada y lo cierto es que nosotros estábamos dispuestos a morir allí, en la Embajada de Brasil. Yo andaba armado, había llegado allí con mi pistola y mi permiso, y estaba dispuesto a usarla de ser necesario. Habían más armas, que había guardado la gente de la Embajada. Pero yo no quise dar mi pistola, la anduve todo el tiempo conmigo. Luego alguien me ayudó a sacarla para que cuando yo saliera no la encontraran al registrarme. Encontraron los 16 tiros, pero no la pistola. Desde entonces no ando armado.

A los días al padre Tamayo le llegó la noticia que un familiar se estaba muriendo, fue eso lo que le motivó a irse.

Emmo Sadlo, era de los más beligerantes de la embajada. Él se llevaba mirando en el muro siempre, era de los primeros que veían siempre los militares y se ponían a conversar con él. Emmo tenía un negocio de ventas de llantas usadas por el Hospital Escuela, recuerdo ademas que estaba casado con una mujer muy joven. Un día los militares comienzan a decirle: «Emmo, tu mujer a tiene marido y están vendiendo tu negocio». Eso lo volvió loco, no soportó y a los dos días se fue. Creyó que era cierto y no lo era. Simplemente era la guerra sicológica a la cual todos estábamos sujetos.

De los que estuvieron en la embajada, a varios los mataron.

En los días previos a instalar la mesa la mesa negociadora de Guaymuras, llamó Hillary Clinton y ella le garantizó a Mel que haría todo lo que estuviera en su poder para restablecerlo en la presidencia.

En la mesa de negociación del diálogo Guaymuras estuvo Rodil Rivera, Victor Mesa y Mayra Mejía eran los representantes del Presidente Zelaya, del otro lado estaba Arturo Corrales, Vilma Morales y Armando Aguilar Cruz. En términos generales lo que nosotros buscábamos en el acuerdo era la restitución del Presidente Zelaya en el poder.

Se nombra luego la comisión de verificación del acuerdo. El Presidente Zelaya nombró a Jorge Arturo Reina para esa comisión. La OEA nombró a la Secretaria de Trabajo de EE.UU. Hilda Solís, al Expresidente de Chile Ricardo Lagos y Arturo Corrales por parte del gobierno de Micheletti. Estando en la Embajada con el embajador de Estados Unidos Hugo Llores y la Secretaria Solís, estaba mi papá también, veo yo en la computadora la noticia que Tom Shannon, que era sub secretario de estado para el hemisferio occidental declara que independientemente del cumplimiento o no del acuerdo de Guaymuras, Estados Unidos iba a reconocer el resultado de las elecciones de noviembre. Yo informo inmediatamente al presidente Zelaya y allí en ese momento nos damos cuenta que el acuerdo había muerto. A partir de ese momento no había nada que hacer. Mi padre sale de allí, da su gran y última intervención pública, en un discurso encendido en el Hotel Marriot, que según Mel fue lo mejor de todo ese proceso que vimos en vivo en la Embajada de Brasil.

Al final Estados Unidos siempre en el fondo estuvo de acuerdo con todo lo que ocurrió en el 2009. Ellos guardaron las apariencias muy bien, el presidente Obama condenó el golpe, pero las acciones del Departamento de Estado no fueron lo suficientemente contundentes como para revertirlo.

Al día siguiente de muerto el diálogo Guaymuras, cada quien estuvo como en meditación en la Embajada, en silencio. Yo allí decidí que yo no debía salir de la embajada sino hasta después de las elecciones. Cuando subo a la habitación de Mel a notificarle mi decisión, ya Mel sale y me dice: «Primo, ya aquí usted no tiene nada qué hacer. Váyase después de las elecciones». Ya allí no había nada qué hacer. El acuerdo estaba en el basurero, porque lo único que los golpistas temían, era que no se reconocieran las elecciones.

El día de las elecciones montamos una red de corresponsales que nos informaban y nos mostraban el proceso electoral en el país. Nosotros llevábamos un cómputo de cuántas personas iban votando en todo el país y poder tener una proyección del abstencionismo en esas elecciones.

Lo más importante de todo ese proceso fue el comprender, que a pesar de que era correcto que no hubiera elecciones mientras el presidente estaba encerrado, no teníamos la capacidad de evitarlo sin que hubiera un costo de vida de compañeros. Si se hubiera ido la gente a boicotear el proceso electoral, hubiera habido muchos muertos y nosotros no queríamos esa responsabilidad porque la vida de todos los hondureños son muy valiosas, por eso llamamos a la abstención.

Esa noche Enrique Ortéz Sequeira salió a afirmar que esas fueron las elecciones más votadas de la historia, que había participado más de un 60% de votantes en todo el proceso, a pensar que en la página del TSE apareció que solo participó el 47% de la población, eso que con los cálculos que hicimos el inflamiento fue del 10%. Hubo una abstención del 67% de la población.

Antes de las elecciones llegaron todos los candidatos. Elvin iba muy nervioso, él sabía que era el objeto de nuestro rechazo. Yo intenté que se sintiera un tanto a gusto, porque yo no olvido que las diferencias políticas son temporales y que atrás de Elvin y sus posiciones políticas, atrás de él y sus errores, hay un ser humano. Yo lo acompañé para que se sintiera seguro, le di una silla para que se sentara en la mesa y al final lo acompañé para que saliera. Él sabía que la gente allí no lo querían, de echo al salir de la embajada se hizo dos filas para que el pasara en medio y en la medida que pasaba la gente se iba dando vueltas, dándole la espalda, en signo de repudio porque todos los que estábamos allí habíamos sido liberales, porque que Pepe Lobo que estaba allí fuera golpista no asustaba, lo que nos ofendía es que un liberal haya hecho un golpe de Estado contra otro gobierno liberal.

Fueron a hacer show. En la conversación, los que estaban allí, todos con un inmenso respeto a Mel, allí todos acordaron que iban a solicitar la restitución de Mel, para que él estuviera en el poder cuando se dieran las elecciones. Pero salieron de allí, caminaron media cuadra y todos dijeron lo contrario, todos. Era solo un show para que la comunidad internacional le diera una credibilidad al proceso electoral.

La visita de Monseñor Pineda fue sorpresiva, nadie la esperaba, de repente estaba en el portón y nadie sabe a qué llegó. No nos fue a decir nada, entró, nos saludó, le fue a decir a Rasel que la esposa estaba afuera llorando porque no la dejaban pasar, cosa que era mentira y causó igual una gran tristeza en Rasel, pero de allí nada. Pidió hacer una oración y de allí se fue.

En algún momento el general Romeo Vázquez habló con Mel por teléfono, y otra vez con el general Rodas Gamero, pero negociaciones con los militares en la Embajada de Brasil nunca hubo. Esas conversaciones se dieron, pero en la casa de Los Laureles, en la casa de mi padre Jorge Arturo en donde la cúpula del Frente Nacional de Resistencia Popular se reunión con la cúpula militar. El tema nuestro era la restitución de Mel, el tema de ellos era que dejáramos las calles.

La presencia de la Resistencia en las calles mantuvo en crisis al gobierno, no pudieron gobernar. Micheletti fue presidente pero no gobernó. Lo único que recuerdo que hizo ese gobierno que tiene consecuencias administrativas hasta hoy en día, fue restablecer la vieja fórmula de combustibles que había cambiado Mel. Ese cambio que hizo Mel había producido un gran alivio a los consumidores. Pero no hay una sola investigación por corrupción para esos siete meses de gobierno de facto.

Yo salí de la Embajada dos días después de las elecciones, el martes 1 de diciembre. Fue triste, llegaron por mí la gente de Derechos Humanos para avisarme como a las 8:30 que ya estaban allí por mí. Teníamos el reloj biológico atravesado porque nos dormíamos muy tarde, a las 2, 3 de la mañana todos los días. Me levanté, me fui a despedir de Xiomara, primero, muy sentida la despedida, sabíamos lo que habíamos vivido. Sabíamos lo que provocó compartir esos 72 días con esa familia, nos unió, ese tiempo nos hizo hermanos. Xiomara es como una hermana mayor para mí.

Al salir de allí fui a coordinar y dirigir el rescate del partido Liberal, era un plan que tenía con Mel. Intenté, no se pudo. Pero éramos liberales todos. Luego no fue posible el rescate del partido al lado de Yani. Siento que cumplí a mis ancestros de intentar rescatar esa institución que tanto honor le dio a mi familia, que tanto quiso mi familia.

En la embajada estaban como 20 personas al final, gente cercana a él: Hugo Suazo, que estaba junto con su hijo, algunas personas de Olancho cercanos a los Zelaya que estuvieron allí hasta el final. Doris García, que es prima de Xiomara. El diputado Rafael Sarmientos. Uno de los gustitos que nos dábamos en la embajada es cuándo la mamá de Rafa le llevaba dulce de leche».

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