CULTURA

Epístola a Rubén Darío.

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Por Roberto Carlos Pérez

Querido Rubén:

No quisiera que te asustaras pero, ¿cómo ocultarte que un nuevo mundo ha usurpado el tuyo? «A fuerza de sufrir tantos reveses y tantos desengaños», ha llegado a cumplirse, punto por punto, lo que tanto temiste: nos hemos estrellado, como tú presentías, en no sé qué paredón de la historia y hemos caído en no sé qué abismo de la eternidad. Embriagados de progreso, después de la Gran Guerra que te cubrió el rostro de espanto, engendramos otras peores hasta llegar a este siglo XXI en el que la violencia campea con la banalidad de las palabras, que para ti tenían alma propia. Pero en este mundo sobrepoblado y caótico, éstas circulan como moneda corriente, tanto en el habla cotidiana como por el ciberespacio que no llegaste a conocer.

Perdona la involuntaria pedantería de llamarte Rubén a secas y de omitir el apellido literario de resonancias persas que te cautivaba. Tenme paciencia y ten por mis palabras un poco de compasión. Me dirijo a ti, a quien empecé a leer de niño, porque aprendí a pensar a través de tu poesía. En nombre de esa amistad, solidificada contra el tiempo, me atrevo a referirte cuanto ha ocurrido desde la noche del seis de febrero de 1916, cuando emprendiste lo que Walter Benjamin llamó «el último viaje del flâneur: la muerte».

No soy tu buitre ni tu chacal. Por el contrario, que más querría yo que pasearte por un benévolo purgatorio y no por este mi mundo, en el que llevamos «el miedo en un puñado de polvo», como dijo T.S. Eliot.

Antes de comenzar esta letanía, me gustaría preguntarte muchas cosas y tal vez soñar que vas a contestármelas. Por ejemplo, ¿qué piensas de haber muerto exactamente trescientos años después de don Miguel de Cervantes, en circunstancias tan precarias como las de él, sin un centavo en el bolsillo y tras haber revolucionado el español, al igual que don Miguel, de manera tan drástica? Él con su admirable Don Quijote y tú con Prosas profanas, el poemario que dio a entender cuán en serio iba eso de la estética modernista.

Por cumplirse ciento cincuenta años de tu natalicio, todo 2017 está dedicado a ti. Has de saber que para celebrarte estamos intentando llegar a lo más íntimo de tu ser, hurgar hasta encontrar la última de tus huellas y dejar desnudo al hombre que fuiste , porque en el mundo del espectáculo importa más quien escribe que su obra. Si no eres rufián, borracho o gay, tu poesía tiene menos chiste. Nos interesa más conocer los detalles de tus borracheras, como cuando te embriagaste en el otoño de 1913, en una crisis que duró once días mientras te cuidaban Juan Sureda, el gran mecenas mallorquín y creador de la «Cofradía de la Belleza», y su mujer, la pintora Pilar Montaner, en su hermoso palacio, que en su tiempo fue la residencia del rey don Sancho de Valldemosa.

Como todos, también quiero saber más de ti. Llaman investigación a lo que en las revistas de chismes es simple cotilleo. Peor aún: me invitan a congresos y festivales para hablar de tu obra a fin de refutar a quienes te pintan en cantinas, ahogado en alcohol, como puerco en zahúrda, sin preguntarse jamás cómo le hiciste en veinte años para no faltar a tus compromisos semanales con La Nación y cómo tu alcoholismo jamás afectó tu poesía. Seguramente no se imaginan que bebías por rachas o cuando la melancolía te asaltaba, y que no tomabas cualquier licor sino el más exquisito: whiskey Black and White y vino Marqués de Riscal.

Me resulta abominable pensar que el licor te haya hecho engendrar versos tan hermosos como: «Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar», o «Y fueron visiones de extraños poemas,/de extraños poemas de besos y lágrimas,/¡de historias que dejan en crueles instantes/las testas viriles cubiertas de canas» o «Románticos somos… ¿Quién que Es, no es romántico?/Aquel que no sienta ni amor ni dolor/aquel que no sepa de beso y de cántico,/que se ahorque de un pino: será lo mejor».

Te cuento que en Managua, la ciudad a la que llegaste de adolescente para suplicarle al presidente Joaquín Zavala enviarte a Europa para recibir una mejor educación, hay una fuente dedicada a ti. Te decepcionarías al ver, como sucedió en 1882 con el presidente Zavala, quien por tu excesivo liberalismo te envió a Granada como castigo, que esa fuente es hoy un sitio en el que el lumpen se congrega según los intereses del político de turno. Como si esto no fuera suficiente, a la par de la fuente, casi siempre en penumbra, existe una gigantesca valla publicitaria de neón anunciando el ron más popular del país, quizás para a alimentar la creencia de que tus mejores versos te salieron de los poros saturados de alcohol.

Te llamamos «el paisano inevitable», la forma más despectiva para dirigirnos a ti, quien mejor nos ha representado. Basta uno de tus versos para evocar el nombre de Nicaragua. Has sido, créelo no o no, nuestro mejor ministro de cultura. Nicaragua no ha vuelto a tener un poeta capaz de revolucionar la lengua entera y, aún así, una oda de pésima factura poética, publicada en 1927, es decir, en plena vanguardia nicaragüense, la cual sin tus hallazgos no podría explicarse, hizo que muchos te vieran con recelo y se quedara acuñada para siempre la frase «paisano inevitable», acaso porque quienes la dicen jamás han leído tu obra a plenitud. No hay mayor ejercicio de modestia, para darnos cuenta de lo poco que somos ante de los demás, que leer obras completas.

Luego vino lo inesperado: te imputaron una relación amorosa con tu íntimo amigo, Amado Nervo. A ti, que dijiste, «pues la rosa sexual/al entreabrirse/conmueve todo lo que existe,/con su efluvio carnal/y con su enigma espiritual», o «Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;/apoyada en mi brazo como convaleciente,/me mirará asombrada con íntimo pavor;/la enamorada esfinge quedará estupefacta,/apagaré la llama de la vestal intacta,/¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!», o lo que le pediste a la Mujer en «Divagación», poema que según don Edelberto Torres es tu «itinerario erótico»: «Sé mi reina de Saba, mi tesoro;/descansa en mis palacios solitarios./Duerme. Yo encenderé los incensarios./Y junto a mi unicornio cuerno de oro,/tendrán rosas y miel tus dromedarios».

Compartiste piso con el hoy muy reconocido poeta mexicano en tu apartamento del edificio número 29 de la calle Faubourg Montmartre, luego de que fuera desocupado por Enrique Gómez Carrillo quien, siguiendo su vida de trotamundos, abandonó el piso en pos de nuevas aventuras literarias. En 2012, esta relación fraternal entre tú y Amado Nervo, en el París de la Expo Universal, fue puesta en entredicho tras la adquisición de un lote de documentos «inéditos» adquiridos por la Universidad Estatal de Arizona, en la que aparecen varias cartas de «contenido sentimental», según las palabras del académico que hizo pública la compra del lote en donde, según él, declaras tu atracción homoerótica hacia tu gran amigo.

Con repique de campanas, se dijo que tu obra debía releerse a la luz de tu supuesta homosexualidad y la «condición femenina» de esta relación. Por si fuera poco, en una de las cartas aparece un supuesto poema tuyo dedicado al autor de Perlas negras, fechado en Barcelona en noviembre de 1914: «Ah! Recuerda». No es más que uno de tus poemas de adolescente, «Remember», en el que, de acuerdo al académico, hablas de «ser amantes en secreto» con tu amigo.

Ha sido difícil sacar de la caja de chistes esta lamentable aseveración en un país que dice conocerte, pero que olvida de que tuviste dos esposas y una compañera de vida, y que dijiste: «-Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida de, París… Bufe el eunuco. Cuando una musa te dé un hijo, queden las otras ocho encinta».

La poesía guarda un enigma inexplicable. José Emilio Pacheco aseguró que su misterio reside en que «nadie quiere comprarla ni nadie quiere leerla -pero todo el mundo quiere escribirla». La sentencia cristiana de que nadie es profeta en su propia tierra parece cumplirse contigo, pues muchos de los que hablan de tu obra tristemente apenas han leído dos o tres poemas tuyos y les resulta difícil explicar por qué se te llama el «Príncipe de las letras castellanas» y por qué la lengua de Cervantes es considerada también la lengua de Darío.

En los demás países de habla hispana tus versos han pasado a la cotidianeidad. Se te cita hasta en la televisión. No resulta para nada extraño escuchar a cualquier hora del día «Juventud, divino tesoro,/¡ya te vas para no volver!» o «La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?», porque te impusiste al destino de la mayoría de los poetas: bajar a la fosa sin gloria y pasar al olvido.

Contigo sucede que los más de 550 millones de personas que hoy hablamos tu idioma, citamos tus versos como los españoles citan de memoria «Poderoso caballero/es don Dinero» o «En este mundo traidor/nada es verdad ni mentira./Todo es según el color/del cristal con que se mira», tal vez sin saber que los primeros versos fueron compuestos por don Francisco de Quevedo y los segundos por don Ramón de Campoamor. Si el verdadero triunfo de la poesía es volverse anónima, que los versos se conviertan en frases sueltas y sean dichas por un gran número de personas sin conocer su origen, entonces, querido Rubén, has entrado en el pabellón de los inmortales.

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Roberto Carlos Pérez (Nicaragua, 1976). Autor del libro cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012). Ha publicado cuentos y ensayos críticos para revistas nacionales e internacionales como eHumanista, revista especializada en temas cervantinos y medievales, Carátula, revista cultural centroamericana, El Hilo Azul, revista literaria del Centro Nicaragüense de Escritores,Lengua, revista de la Academia Nicaragüense de la Lengua, La Zebra, revista de letras y artes, y El Sol News, periódico de noticias de Nueva York, entre otros. En 2006 publicó su primer relato «El aperreamiento» en La Prensa Literaria. Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense  (2012) yUn espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el Guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika(2014). Estudió en la escuela de bellas artes Duke Ellington School of Arts y se licenció en música clásica por Howard University. Investigador de la obra de Rubén Darío (ha participado en festivales y homenajes dedicados a preservar la memoria del poeta nicaragüense), es máster en literatura Medieval y de los Siglos de Oro por la Universidad de Maryland.

Acerca Oscar Estrada

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.

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