/EL TAMBOR DE LA RESISTENCIA GARÍFUNA

EL TAMBOR DE LA RESISTENCIA GARÍFUNA

Tegucigalpa, marzo 2016

Fue una mañana calurosa la del 17 de marzo. De esas que deja la piel pegajosa, el sudor que se mezcla lentamente con el bloqueador solar y luego se endurece con el aire acondicionado del auto en el que nos movemos por Tegucigalpa. Intentábamos encontrar la marcha de los pueblos originarios que arrancó esa mañana. Vagamos un rato por la ciudad hasta que alguien nos dio información por un mensaje de facebook. Éramos cuatro, luego se sumaron dos más y el turismo nos comenzó a ser insuficiente, pero igual nos movíamos. Alguien nos informó que la marcha estaba a la altura de la Universidad Pedagógica, discutimos las posibles rutas y tomamos una decisión: dejar el carro allí en algún parqueo de algún restaurante de franquicia a la altura de Casa Presidencial. Nuestro plan parecía, hasta este momento, un plan perfecto.

El auto avanzaba y con él la incertidumbre. Desde la noche anterior tratamos de conseguir información clara sobre la ruta de la marcha y nadie nos pudo decir con certeza algo que pudiera servirnos. Muchas personas estaban en iguales condiciones que nosotros, nadie sabía de dónde y a qué hora iba a salir la marcha.

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Llegamos hasta el Burger King a la altura de Casa Presidencial. Una de nuestro grupo se bajó corriendo a comprar una hamburguesa y el resto nos bajamos a estirar las piernas. Los guardias de seguridad se acercaron. Se habían percatado de la presencia del grupo de «raros».

«¿Qué están haciendo aquí?» Nos preguntaron. Se les ve nerviosos.

«Una amiga se bajó a comprar una hamburguesa, nosotros la estamos esperando», le contesto, medio molesto. Noto que no nos cree.

«No se pueden quedar aquí», vuelve a decir otro de los guardias, el que parece ser el jefe.

Entonces entendemos que nuestro plan finalmente no era tan perfecto como creíamos.

Una persona más se nos une, ahora somos siete, el auto ya no es una opción para seguir buscando. Mientras el conductor localiza un lugar seguro para dejarlo estacionado, el resto avanzamos caminando bajo el inclemente sol de las nueve de la mañana. Sudamos, nos quejamos de no ver la marcha, de no saber nada aún. Luego de un rato de andar comprendimos que no había nada hacia adelante. Alguien nos llamó y nos dijo que la marcha se había movido hasta la embajada de México. Pensamos. Decidimos repartirnos en dos taxis para poder alcanzarla allí y esta vez confiamos que la información nos llegaba a tiempo.

Llegamos. Finalmente habíamos dado con ella. La GRAN marcha garífuna acompañada del COPINH.

Un intenso olor a incienso y el sonido de los tambores nos recibieron. Miriam Miranda agitaba dos maracas y unas mujeres cantaban en garífuna al son de los tambores y el caracol. Esa sensación adrenalínica que produce la movilización popular me invadió. La ruta de la movilización se había mantenido con un secretismo absoluto. El por qué, era algo que no lograba entender. Comentábamos que se debía a la ferria represión que podría llegar como respuesta del Estado. Pero aún así, si el objetivo era movilizar las organizaciones locales de la capital en este sentido, ese secretismo con el que se había manejado el asunto estaba haciendo fracasar la actividad. No cabe duda de que ésa parecía ser una táctica bastante burda. Si no, entonces ¿para quién marchaban los garífunas?, ¿de qué servía el show de la tambora y el canto ancestral? Son preguntas que no he podido responder, sólo intuir. Intuir que quizá la marcha era para mantener flotando el asunto entre los medios internacionales. Quizá haya dado resultado, un amigo me dijo que Playboy llegará a Honduras para hacer un reportaje sobre el caso de Bertha Cáceres.

«Parece ser que a los hombres gringos entre paja y paja les interesa leer sobre Bertha», bromea él.

Se me dibuja una sonrisa.

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La resistencia garífuna huele a incienso y humo de cigarro. Su sonido es el de una marcha fúnebre que invoca los antiguos espíritus con tambores, maracas y caracol. Esta resistencia es completamente capaz de tirar al basurero más cercano la publicidad de la Secretaría de Turismo o los discos de la Banda Blanca, pero ese gran canto negro parece no ser escuchado.

«Repito, estamos cansados, estamos agotadas, pero también tenemos mucha energía porque Bertha nos está dando esa energía compañeros y compañeras.» Ésa es Miriam Miranda al micrófono.

Miriam daba un discurso de aliento a los que en ese momento nos encontrábamos frente a la embajada mexicana dando apoyo a Gustavo Castro, el mexicano a quien el destino quiso que fuera el único testigo del asesinato de Bertha Cáceres. Todos éramos guiados por Miriam Miranda, como si estuviéramos haciendo una genkidama para ayudar a Gustavo.

A Miriam la rodea un cordón de seguridad con tipos que parecen músicos de reggae o de alguna guerrilla negra de Nueva Orleans, ese cordón de seguridad impide cualquier acercamiento a la matriarca.

«Bertha está aquí con nosotros, está aquí con nosotras, siempre lo hemos dicho, [continúa diciendo Miriam], ella está aquí porque siempre estuvo en las calles, recuerden que Bertha Cáceres no era una mujer luchadora de escritorio, de oficina, siempre estaba hablando de que el pueblo movilizado es el que puede generar cambios en este país».

Y aunque Miriam intuya el camino, aunque OFRANEH le apueste por la movilización como táctica de lucha, nadie los ve, nadie los escucha aunque parezcan ser los menos locos del manicomio hondureño por salir a las calles y denunciar que el gobierno de Hernández está manchado con la sangre derramada por el pueblo..

La jornada estaba inicialmente pensada para que fueran dos días de movilización, el 17 y el 18 de marzo. Pero las condiciones en las que se llevó la organización limitó el impacto nacional.

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Para Ana Lucía Pérez del Centro de Derechos de la Mujer (CDM), «el desafío es la convocatoria y la logística». Al conversar con ella salen a flote otros aspectos, tanto CDM como C-Libre eran centros de acopio para recolectar víveres, colchonetas y otras cosas que pudieran servir para albergar a quienes venían desde distintas partes del país para participar en la actividad, esto resulta ser un enorme reto que no pudo resolverse.

«Fue exceso de confianza», me dice Ana, al referirse a la recolección de víveres, «dejamos inconscientemente el asunto de los víveres para estar pendiente de la ruta de la marcha», pero de la marcha nunca se tuvo certeza de la ruta, «creímos que la gente iba a venir a dejar los víveres debido al apoyo que hemos visto en el caso de Bertha. Yo estuve por la noche la universidad (UNAH) y estuve preguntando, pero tampoco habían utensilios para cocinar, entonces, ¿qué hacés, les das la comida cruda? Tampoco se sabía dónde y cómo iban a dormir.» Lo que queda claro es que estaban a la intemperie.

Hablamos por Skype, y me permito ser un poco incisivo, le pregunto por la izquierda, le digo que me parece que la gran ausente sigue siendo la izquierda cuando la convocatoria viene de las organizaciones feministas o de las organizaciones indígenas o garífunas, le pregunto si no será un asunto de racismo o porque la izquierda no tiene herramientas para interpretar estas luchas, ella parece coincidir conmigo, menciona los clásicos del marxismo.

«Es una cuestión de racismo porque si no está en los textos del marximo no lo ven. El socialismo se queda corto si sólo lo ves desde los escritorios europeos.» Luego me explica que la izquierda no tiene forma de entender las luchas feministas porque no estudia textos latinoamericanos, «6 de cada 10 mujeres que pasan por la frontera mexicana hacia Estados Unidos son violadas…»

Me da la impresión de haber preguntado de más.

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La ausencia de la izquierda, del movimiento popular y del movimiento de indignados dice mucho de hacia dónde podría encaminarse la lucha por el esclarecimiento del caso de Bertha Cáceres, pero también deja sobre la mesa de discusión el cómo estos grupos ven o cómo no son capaces de ver la organización de los pueblos originarios. Quizá es importante preguntarse con qué herramientas están viendo este proceso, o quizá haya que preguntarse si tienen herramientas para hacerlo.

Tras el Golpe de Estado de 2009, la muerte de Bertha Cáceres se convierte en el golpe más duro dado al pueblo hondureño, anímicamente, la muerte de Bertha deja un vacío que parece insuperable en el futuro inmediato. La lucha por los recursos naturales, la defensa de los Derechos Humanos y una visión revolucionaria sobre estos asuntos parecieron alejar a Bertha y a COPINH de la agenda de la izquierda que está más interesada en fortalecer a Libre y prepararse para el próximo periodo electoral (sino toda al menos un amplio sector de la izquierda está en ello).

Por otro lado, los Indignados únicamente parecen indignarse después de las cuatro de la tarde y únicamente cuando hablamos de corrupción en el Gobierno. Esto deja con limitadas opciones de apoyo a la lucha que OFRANEH y (una cada vez más débil) COPINH llevan a cabo, la lucha es contra las instituciones del Estado de Honduras que están en control de una burguesía de derecha, que aunque parezca torpe ha logrado resolver sus crisis internas medianamente, para poder llevar a cabo su agenda con un cinismo absoluto.

En suma, los tambores garífunas sonaron, sí, al son de su propia resistencia, pero nadie los escuchó.