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EL PAÍS DONDE ASESINAN A LAS NIÑAS

Por Sergio Bahr

Anoche me senté con mi niña de 12 años  y le hablé de otras niñas de Honduras. De la que apareció en un costal, de la que fue desmembrada. De la que fue violada y asesinada y descartada a un basurero.

¿Cuántas madres, y algunos padres, están teniendo esa misma conversación con sus hijas en este país? En lugar de sentarnos a leer cuentos, historias de fantasía en la que las heroínas se rescatan solas y los villanos pierden siempre al final, en lugar de hablar de las clases de hoy, del profesor que cae bien, del profesor que no, de la tarea que fue complicada pero al final se terminó exitosa, de cómo van los entrenos de la banda, tuve que hablarle a una niña de 12 años de violación, de desmembramiento, de asesinato, de violencia brutal.

Y tenía que hacerlo, porque en este país asesinan a las niñas.

Diario La Tribuna, siempre con clase
Diario La Tribuna, siempre con clase

O será peor la periodista, el periodista que aprovechando el púlpito que le brinda la cámara de televisión y el cheque del gobierno, se dedica durante una hora a señalar a la niña asesinada como culpable “por andar en la calle a esa hora”, “por vestirse así”, “por relacionarse con esos hombres”, o a culpar a las madres que no han tenido oportunidad de salir cargando su corazón destrozado de la morgue cuando ya estas periodistas les señalan “por no saber en lo que andaba su hija”.Honestamente no sé quiénes son peores. Los que confeccionan vendas para sus ojos y tapones para sus oídos usando como material textos religiosos, pero no se tapan la boca y desde su ceguera nauseabunda contribuyen a reproducir discurso de odio (“no existen los feminicidios” “es agenda de la ideología feminista”) o quienes, con toda la autoridad doctrinal que les da haber leído en una camiseta una cita del Che Guevara, declaran que estos temas son “un distractor”, y que por favor mujeres por qué no se concentran en lo que sí importa, y de paso les explicamos lo que es el verdadero feminismo.

Esa madre ni siquiera tiene el consuelo de creer que algún futuro los monstruos serán castigados por la justicia. En Honduras una mujer es asesinada cada 16 horas. El 90% de esos crímenes se quedará en la impunidad. Si fuese el 5% podríamos decir que el sistema tiene problemas. Ante un 10% de impunidad podríamos decir, el sistema tiene serios problemas. Un 90% de impunidad no es un problema. Un 90% de impunidad es que el sistema no funciona.

No es, de paso,  la única conversación que mi niña y yo tendremos.

El PNUD plantea que “La violencia sexual se ensaña contra las niñas con edades comprendidas entre los diez y catorce años, en primer lugar, y las adolescentes, entre los 15 y 19 años, en segundo término.[1]

Tengo una buena amiga que disfrutaba de salir a correr, a hacer bicicleta. Una mañana calurosa, apenas a unas cuadras de su casa, un automóvil con cuatro tipos adentro se interpuso en su camino. Le gritaron de todo, mientras ella con el corazón hecho un nudo buscaba una pulpería una gasolinera cualquier espacio en que pudiera refugiarse. “No fue que me asustaran en ese momento, que si y mucho…” me diría después, “fue que me quitaron mi libertad, mi derecho a estar en la calle. Yo ya no puedo salir sola, no me atrevo”.

Las evaluaciones del Ministerio Publico de 2016 indican que los delitos sexuales son las agresiones que más afectan a las niñas y niños en el país, seguido de las lesiones, malos tratos y violencia contra mujer.[2]

impunidad en delitos contra mujeres HND

Tengo que hablar con una niña de 12 años sobre la agresión que puede sufrir en las calles. Esa violencia casual que ejercen los hombres todos los días, en toda Honduras. Toda mujer, niña, puede en cualquier momento de su vida ser víctima de una agresión y tienen que caminar en las calles dolorosamente consientes de este hecho. Pero en palabras de los nuevos “defensores de los derechos de los hombres” son loqueras de las feministas, con sus ideologías de género.

O tengo que hablar con ella de cómo en la escuela –un espacio que debería ser seguro- puede haber acoso también, de otros niños, pero más que todo de maestros. Y Qué hacer, y cómo denunciarlo, y a quién acudir. Prepararse para defenderse ante una agresión sexual es, en Honduras, parte de la vida de un niño o una niña:

Casos de violencia sexual.JPG

En esas pláticas lo que no hablamos es ponerse prendas para taparse de pies a cuello. O de quedarse encerrada en casa, por temor. El terror no es un derecho. Mi niña de 12 años debe tener el derecho y la libertad a vestirse como ella se sienta bien, a relacionarse, a enamorarse, a salir a la calle, a disfrutar cuando sea su momento de una sexualidad libre y sana.

Así que en esas conversaciones lo que si queda claro es que no es su culpa. Nunca es su culpa. Que tiene derechos, y debe defenderlos, y que cuente con su familia y conmigo para hacerlo.

Veo a mi otra hija, de 2 años, y se me llena de vidrio molido la boca pensando que también voy a tener que hablar estas mismas cosas con ella. Me dan ganas de destruir algo con los puños.

Pero en lugar de eso me quedo en las noches, con la mirada fija en el techo por horas, y pienso, ¿cuánto tiempo más le queda de inocencia? ¿Cuánto tiempo más antes que su padre tenga que hablarle de los monstruos?

No se trata de criticar por “criticar a Honduras”. No son las feministas “malas hondureñas que quieren hacer quedar mal al país”. No podemos solucionar un problema si volteamos la mirada y lo ignoramos. En este país hay niñas abortando, la mayoría con embarazos producto de violación. En este país hay niñas pariendo, la mayoría con embarazos producto de violación.

En este país asesinan a las niñas, y si no lo decimos así, brutal y claro y fuerte, nunca lo vamos a enfrentar, y nunca lo vamos a evitar.

¿Qué podemos hacer los hombres? Las mujeres que llevan años en estos temas ya nos han dado muchas pistas, remitámonos a ellas. Sospecho que un buen comienzo es tener la voluntad, al menos, de examinar nuestro propio privilegio y cómo actuamos desde el mismo. Yo soy hombre, blanco. Si salgo con mis amigos por unas cervezas, no estoy pensando que tengo que ponerme ropa floja, y regresar temprano, y fijarme en cada trago que me sirvan porque me pueden violar.

No camino en las calles pensando que cualquier tipo que pase a mi lado intentará tocarme, arrinconarme contra una mustia pared.

No veo temeroso a mi jefe en la oficina pensando que este será otro día en que se acercará a mí y pasará su mano por mi espalda y me dirá que bonita anda y me quedaré callada por temor a quedarme sin mi magro salario.

No tengo éxito en mi profesión con la mitad del mundo diciendo a mis espaldas “a saber con cuántos se acostó para llegar ahí”.  No me van a decir zorra por salir a la calle con un jean apretado. No gano menos que una mujer en mí mismo puesto. No voy a quedar embarazada producto de violación a los 12 años, ni seré obligado a parir, a riesgo de ir a la cárcel. No tengo que enfrentarme a un juez o jueza que, observando los moretes en mi rostro producto de la violencia doméstica me diga “ay usté debería tratar de arreglarse con su marido, lo que dios une ningún hombre debe separar”.

Entonces, tratar de convertirnos poco a poco en compañeros de verdad, ¿no? Lo menos que podemos hacer es dejar de pensar en el asesinato de niñas, en el acoso callejero, en la violencia sexual, doméstica, patrimonial, en el derecho de las mujeres a tomar decisiones sobre su propio cuerpo como un distractor de lo importante.

Porque esto ES lo importante. Es fundamental, es clave, es todo. No construiremos una mejor Honduras sin esto: Que en el futuro las madres y padres no tengan que sentarse cada noche con sus niñas a contarles historias de terror.

Tegucigalpa 19 de julio 2018

[1]ONU Mujeres;

[2] “2,420 niños fueron abusados sexualmente, y 964 fueron asesinados, en el 2015”, Libertad Digital, 29 de noviembre de 2016.

Foto: oncenoticias.hn

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.