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EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA SEGÚN FRIEDRICH NIETZSCHE

Lo apolíneo se ve representado por el dios Apolo, dios del sol, la luz, la curación, la música, la profecía, el arco y la poesía. Los que lo adoraban (y también otros que no), acudían al Oráculo de Delfos para recibir consejos de éste. Su nombre deja claro su dominio sobre la razón, pues era éste quien se ocupaba de disipar las dudas que atormentaban a los que acudían a él.

Lo dionisiaco, en cambio, cimentado sobre la figura del dios Dionisos, dios del vino y los ritos religiosos mistéricos. Dionisos representa el renacimiento, la vuelta a la vida, y el amor hacia ella, fundamento de las religiones mistéricas.

Nietzsche afirma “Con sus dos divinidades artísticas, Apolo y Dioniso, enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego existía una enorme antítesis, en cuanto a origen y metas, entre el arte del escultor, el apolíneo, y el arte no figurativo de la música, el de Dioniso”.

Se ve aquí, entonces, una diferenciación vital para entender la antítesis que presentan las dos líneas artísticas: la apariencia y la esencia; la razón y la pasión; la mesura y la desmesura; el sueño y la embriaguez.

Nietzsche habla sobre el sueño y la embriaguez avalando que “La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya generación todos los hombres son auténticos artistas, es la premisa de todo arte figurativo, e incluso,(…) de una parte esencial de la poesía. En la vida suprema de esta realidad soñada todavía tenemos el sentimiento que no es más que apariencia”. Como ya se sabe, en los sueños se manifiestan nuestras fantasías, nuestros placeres y nuestras alegrías, por ello Nietzsche señala que es una alegre necesidad; sin embargo, advierte que sólo es una apariencia, una máscara que oculta otro mundo, un mundo más profundo, el mundo de lo dionisiaco. Allí es, entonces, donde la embriaguez comienza a manifestarse.

La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya generación todos los hombres son auténticos artistas, es la premisa de todo arte figurativo, e incluso,(…) de una parte esencial de la poesía. En la vida suprema de esta realidad soñada todavía tenemos el sentimiento que no es más que apariencia

En ese estado orgiástico lo subjetivo se desintegra en el olvido de uno mismo. Cada ser forma ahora parte de la naturaleza, vuelve a sus orígenes y, con ella, disfruta de todos los dones que la razón había arrebatado. Durante este especie de trance, los cuerpos, que funcionan ahora sólo como herramientas de los deseos más primitivos, manifiestan su estado de frenesí con cantos y bailes con violencia dionisíaca.

Bajo esos hechizos, en donde deja de suponer la existencia de un ser superior, el hombre pasa a ser uno mismo aquel dios que veía sólo en sueños, camina por la tierra, la cual le pertenece a él como él le pertenece a ésta, con suma excitación y desenfreno.

Hay personas que, por falta de experiencia o por emborramiento de sus sentidos, se apartan de tales fenómenos como si fueran “enfermedades del pueblo”, mofándose o lamentándose.

Nietzsche acusa a aquellas personas de falta de experiencia o emborramiento de sus sentidos. Los alertar de su ignorancia: no saben que en verdad la realidad onírica en la que viven y creen encontrar sustento, no es más que, como todo lo apolíneo, una fachada, un engaño que los mismos hombres se realizan para poder “sobrevivir la penosa vida”.

Y así, junto a la necesidad estética de la belleza, corre pareja la exigencia del “conócete a ti mismo” y del “no demasiado” (…) la presunción y la desmesura son consideradas como los auténticos demonios hostiles de la esfera no apolínea, y, por lo tanto, como propiedades del mundo preapolíneo, es decir, del mundo bárbaro.

Se comprende, así, nuevamente el horror que sufrían los hombres apolíneos al ver la ilimitación de la que gozaban aquellos hombres bárbaros, hombres guiados por las enseñanzas dionisíacas, cuyos placeres escapaban de la racionalidad para hundirse en las profundidades oscuras e inexploradas (para los que vivían bajo la tutela de Apolo) de la pasión y del conocimiento, de la verdad y del goce del dolor.

El atrevido amor que Prometeo sentía por los hombres, el cual lo expresó entregándoles el fuego a éstos, sólo le sirvió para ser encadenado y torturado toda la eternidad por un águila que se encargaba de alimentarse de su hígado; Edipo, por su hibris, hubo de precipitarse a una desconcertante vorágine de atroces delitos.

 

¿Dónde se esconden los orígenes de lo apolíneo y de dónde lo dionisiaco?.

La respuesta se encuentra en la leyenda del rey Midas y el sabio sátiro Sileno, fiel acompañante de Dionisos. En ésta, el monarca frigio comenzó la búsqueda de esta criatura mística del bosque y, una vez capturado, le preguntó qué era lo mejor y más preferible para el hombre. El sátiro se mantuvo en silencio, pero luego de ser forzado por el rey, prorrumpió entre risas una amenazadora respuesta: “Lo mejor de todo es para ti absolutamente inalcanzable: no haber nacido, no ser, ser nada. Lo segundo mejor para ti es morir pronto”.

Se vislumbra ahora el horror que los griegos sentían de la existencia, existencia que no hubieran podido soportar si no fuera por la creación de un mundo onírico que les diera cobijo de los espantos de la vida: el mundo olímpico.

En el Olimpo se erguían todos los dioses, seres inmortales que no le temían a nada, seres de dichosa alegría pero que también padecían de sentimientos humanos como tristeza y soledad. Lo único que habían logrado los griegos era crear una especie de filtro, un filtro sumamente figurativo, y por ende, apolíneo, para poder continuar con su vida.

En las obras homéricas se puede apreciar esa inversión de la sabiduría silénica, donde “el auténtico dolor del hombre homérico, se refiere a la separación de ella (la vida bajo la luminosidad olímpica), sobre todo a la separación inmediata”.

Ahora se entiende el nacimiento de lo apolíneo en la cultura griega antigua, pero lo que los griegos olvidaron (o quizás sólo trataron de ignorar), fue que las raíces de ese monte majestuoso del Olimpo, residencia de todos los dioses, se hundían en el mismo Tártaro, aquel lugar del Inframundo donde el tormento y el sufrimiento eterno rigen.

rincondelvago.com

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.