/CUENTO: “EL HURACÁN”

CUENTO: “EL HURACÁN”

Fragmento del libro inédito Escupiendo Piedras.

Esa mañana desperté con el llanto atorado en el pecho. No era un llanto amargo y desesperado como el del padre que ha perdido a su hijo; ni un llanto dulce de los que se muestran con las manos abiertas, cuando despedimos a un amigo o un amante en una terminal cualquiera y sabemos pasará mucho tiempo antes de volverle a ver y quizá, cuando vuelva, tendremos que aprender a conocerle como en el primer día y comprendemos que no podrá ser, porque el primer día ya no existe y cuando se vuelve de un viaje largo el paisaje es diferente. Era un llanto más bien de Epifanía, pero no la epifanía de Juan Bautista, los Reyes Magos o las cartas paulinas del nuevo testamento. Era una revelación atea como yo, mundana, mortal. Abrí los ojos y vi al techo. Allí estaba, mi revelación, colgada de las vigas con las esquinas bordeadas a punta de negaciones, para hacerla menos dura, casi hasta amigable. Me incorporé y busqué mi ropa tirada por el suelo.

—La muerte está aquí —pensé mientras me vestía—. La muerte está en la lluvia que golpea las láminas de cinc de esta casa. 

Arreglé mi cuarto y lo dejé lindo. Puse una cortina nueva en la puerta con una sábana vieja color verde y de haber habido sol, la luz hubiera entrado por la ventana filtrándose en colores suaves. Pero no había sol, el mundo estaba terminando.

Llegué a la puerta de mi casa en donde encontré a mis amigos del barrio que vestían impermeables.

—¡Vamos a buscar ropa! —dijo alegre uno de ellos.

—Vamos —insistieron—, la ropa y los zapatos están flotando y sólo es de agarrarlos.

—No —les dije, sin dar más explicaciones.

Bajé el cerro de nuestro barrio rumbo al mercado San Isidro, que se había convertido en una enorme laguna hedionda, con remolinos de mercadería y basura. Intenté llegar hasta el mercado, pero no fui muy lejos; un joven delgado y sin camisa que venía con una caja de zapatos bajo el brazo me detuvo.

—No pueden seguir adelante —dijo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Los chafas le están disparando a la gente que se acerca a los puestos del mercado.

—¿Y eso?

El joven se encogió de hombros y siguió su camino.

—No se, pero si te asomás a aquella esquina te van a disparar y luego van a arrojarte al río —dijo, mientras se alejaba.

Una ambulancia se averió frente al semáforo; intentaba llegar quien sabe a dónde y se quedó a mitad de la vía. Atrás, los demás vehículos se apilaban buscando un espacio para pasar: pitando, gritando, insultándose entre sí. El conductor de la ambulancia, un hombre más panzón que gordo y de unos cincuenta años de edad, salió y se tiró abajo del vehículo buscando reparar el desperfecto, pero la faena le era imposible por las corrientes de agua que pasaban y lo ahogaba a orilla del camino.  El hombre se levantó, como quien surge de entre los muertos y vio atrás de la ambulancia; tenía las manos llenas de grasa y el cuerpo empapado, miraba la línea de carros, como esperando una mala noticia. Otro hombre se bajó de su carro, un jeep pequeño color gris; iba sumamente molesto, sacó del interior un enorme cuchillo, de esos que son para cortar humanidades, con sierras pequeñas y agujeros en la hoja de la cuchilla y se abalanzó contra un sedán que le había quitado el derecho de vía. El hombre retaba al conductor del sedán para que saliera y enfurecido comenzó a dar piquetazos a la lata del carro, gritando, casi llorando de rabia. Seguía lloviendo. La puerta del sedán se abrió y de él salió otro hombre con una pistola en la mano. Era alto y delgado, con una joroba que comenzaba a formarse luego de años de encorvar la espalda. Ambos se gritaban, se apuntaban, uno con el cuchillo, el otro con la pistola. El conductor de la ambulancia los miraba desde lejos como esperando para entrar en acción. La gente pasaba junto a ellos con una distancia prudencial, los observaban y luego seguían su camino sin darles importancia.

—Al final no se van a hacer nada —dijo un hombre que pasaba por la acera.

–¿Será? –pregunté sin importarme realmente.

—Sólo son pajas —dijo un anciano negro que venía por la acera con un televisor cubierto con un plástico transparente, demasiado pequeño para proteger al aparato.

—Nada acá tiene sentido —pensé, cuando miré a un hombre que avanzaba confundido entre la multitud; llevaba en sus brazos a un niño de unos 6 o 7 años, la gente pasaba junto a él observando en silencio la escena.

—¡Necesito ayuda! —lloraba el hombre con el cuerpo del pequeño en sus brazos.

—Está muerto ya —decía la gente en vos baja, como para evitar que el hombre los escuchara.

Yo miré los ojos abiertos de la criatura bajo la lluvia y sentí lástima del hombre que se aferraba al pequeño con todas sus fuerzas.

—¡Necesito ayuda! —Repetía en un lamento gris y ronco.

Quise gritarle al hombre que era inútil hacer algo por el pequeño, que supuse era su hijo o nieto, pero no pude, junto a mí pasaban los locatarios del mercado con los bultos de producto rescatado en sus espaldas y me distraje. Cuando quise acercarme a él, había desaparecido.

—Debo salir de acá. Ya está oscuro y es peligroso. —Me dije, cuando tenía el agua a los tobillos.

Me escurrí entre las anatomías humanas expuestas por la lluvia implacable que saturaba el frágil esqueleto de esta ciudad que vive soñando con un futuro imposible, pero la lluvia hacía difícil circular de un lado al otro. Los vehículos estáticos, congelados en las calles, sin moverse, apenas circulando a vuelta de rueda, paso a paso, carro tras carro.

Fue cuando escuché el sonido ronco del río y vi la gente que corría buscando tierra alta.

—¡La represa se rompió! —gritaba la gente, y se apilaban en estampida sobre los puentes sin saber a dónde huir, pues todo lo que conocían se estaba moviendo.

Yo me acerqué a la pared de un viejo cine abandonado, que sería remodelado para funcionar como iglesia evangélica y vi pasar la multitud que tropezaba entre sí aplastando aquellos que caían, bolsas de comida y ropa rodaban entre los pies de la gente espantada.

Las avenidas se volvieron ríos que como monstruos oscuros cubrieron casas y edificios, el parque Obelisco desapareció por completo dejando el falo erecto del monumento que acumulaba basura resistiendo a la corriente, las pinturas y esculturas de la Escuela de Bellas Artes salieron por las ventanas del segundo piso navegando río abajo, los puentes se abrieron bajo las piernas de los religiosos que se hincaban llorando ante el fin del mundo, los barrios de Comayagüela se deslizaban sobre el barro, mandando al río los restos de una pobreza acumulada en pequeñas baratijas, el Cementerio General escupió los cuerpos putrefactos de antiguos habitantes, que luego mezcló con nuevos cuerpos sin sepulcro y se abrazaron en una orgía macabra, las volquetas, llenas de sudor, patinaban en las calles y los ancianos se aferraban a sus sillas, como quien se aferra a algo precioso.

—Mierda —pensé.

El río crecía rápidamente rodeando al edificio.

—Debo salir de acá —me dije.

Intenté bajar las gradas del cine hasta la acera, pero el río me arrojó al suelo con tanta fuerza que tuve que agarrarme de un cerco para salvarse de la corriente. Ya a salvo pude ver como los carros rodaban como troncos por el agua que seguía subiendo de nivel.

No se escuchaba más que un eco siniestro que cubría cualquier sonido.

—Mierda —pensé, subiendo las gradas hasta llegar a la puerta del cine que tanteé y para mi sorpresa estaba abierta—. Debo subir al techo —me dije—, a esa velocidad el agua llegará al segundo piso en cuestión de minutos.

Entré.

Adentro del cine todo era oscuro. Pude sentir a mis pies que el río comenzaba a entrar a la sala, avancé tropezando con las butacas desgarradas, buscando una salida de emergencia al otro lado del edificio, pero no había nada.

—Palco —me dije y busqué con las manos en la pared hasta llegar a las gradas que daban al segundo piso.

Yo conocía ese cine, había estado en él tantas veces, pero ahora se sentía distinto, como que la oscuridad absoluta había ampliado las paredes al infinito y era a la vez tan estrecho como un ataúd.

—Voy a morir —pensé resignado al sentarme en la primera fila del palco, mientras escuchaba el rugir del río que afuera acababa con la ciudad.

La oscuridad es extraña. Se siente que uno tiene los ojos cerrados y parpadeas buscando luz, pero todo sigue negro. La piel es como un enorme censor y los oídos se agrandan para sentir cualquier movimiento que nos indique lo que no vemos.

Yo tenía frío. Mi ropa estaba húmeda y se había enfriado haciéndome tiritar. Me quité la camisa y el pantalón, aun sabiendo no era una buena idea y busqué tenderlos sobre los respaldares de las butacas del cine tratando de memorizar el lugar exacto para no perderlos en la oscuridad.

—Si muero ni por la ropa me van a reconocer —comenté en voz alta sin temor a ser escuchado.

Afuera sólo se oía el rugir del río que golpeaba las paredes del edificio.

Me paré y busqué la entrada para la sala del proyector. En mis adentros quizá abrigaba la esperanza de encontrar un interruptor de luz, pero sabía era inútil. Con la tormenta se había provocado un apagón en toda la ciudad y seguramente tardaría varios días en volver a funcionar el sistema eléctrico.

No había una vela, no había un fósforo que me permitiera alumbrar siquiera un segundo el salón aquel para ubicarme mejor. No había una ventana que me dejara saber si era de día o de noche.

Subí por el pasillo entre las butacas y llegué al final. Con la mano busqué el cerrojo de la puerta y al encontrarlo descubrí que estaba cerrada. Probé con más fuerza, empujando con los hombros para que se abriera pero nada. La puerta seguía cerrada.

Decepcionado me senté a esperar.

Estaba comenzando a quedarme dormido cuando escuché el ruido de las ratas. Era inconfundible, un chirrido agudo y los pequeños golpes bruscos en algún rincón de aquella oscuridad. Sentí miedo, no poder verlas me hacía imaginarlas más grandes y feroces, sentía como cientos de pequeños ojos rojos me miraban desde la penumbra. Despacio bajé las gradas de la sala de cine y tanteé hasta encontrar mi ropa, aún húmeda me la puse y pensé en buscar la salida.

—Quizá ya bajó el río —pensé cuando volví a escuchar los chirridos y algo que se movía a varios metros de mí.

Avancé guiado por el tacto de los pies en el pasillo y con las manos enfrente llegué hasta la puerta de salida del palco.

El río había dejado de crecer pero el nivel aun no bajaba. Pude verlo por la claridad de la noche que se reflejaba en las achocolatada aguas y adiviné que bloqueaba hasta la mitad de la puerta de salida.

—No puedo salir todavía —me dije y finalmente, como un golpe que te abre desde adentro, como una cantera que escupe piedras desde las entrañas, lloré, por primera vez, por todos mis muertos.

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Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.