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EL CUENTO DE LA CRIADA Y LAS SEÑALES DE UN FEMIGENOCIDIO

Por Jessica Isla

En el país de los cuentos de terror

Podría parecer una historia de terror al estilo del “Cuento de la criada” con autoría de la genial Margaret Atwood que nos narra como en un futuro distópico las mujeres son condicionadas desde su nacimiento a obedecer, a ser esclavas o siervas cuya única finalidad es parir a los hijos de los amos y ocuparse de las tareas domésticas. Mujeres sin voz, sin esperanzas, sin libertad, sin poder decidir sobre su cuerpo, vestidas con hábitos monacales que las cubren de pies a cabeza. Expropiadas de si mismas en este mundo, la desobediencia o la más mínima transgresión a ese deber ser ocasiona la muerte. Podría ser un cuento, una historia de ciencia ficción producto de la mente febril de una escritora que en los años ochenta se imaginó ese futuro, si no fuese un retrato de la espantosa realidad que seguimos soportando en estos días, meses, años.

Hartas estamos de denunciar el femicidio en estas honduras sin que pase nada. Hartas de denunciar que la figura penal de femicidio no se aplica ni aún en los casos más emblemáticos como el de nuestra Bertha Cáceres porque “no existen pruebas fehacientes para considerarlo como tal”, a vista y paciencia de nosotras, las feministas, que sabemos que el caso cumple todas las características de un femicidio por motivos políticos. Estamos hartas de decir que mientras el Estado no tenga interés político en poner un alto a los asesinatos de mujeres, el mensaje que se da es que, en este país asesinar mujeres junto a sus hijos e hijas es un divertimento, un delito menor, un pase libre para el femicidio. Nada raro en un universo donde una sentencia como el de “La Manada” en España considera que una violación solo puede ser un abuso sexual, ya que la víctima nunca dijo expresamente que “no” y en ese momento pienso como nos vendieron a unos asesores españoles que nos dijeron que el mejor ejemplo de cómo la normativa penal incorporaba los delitos de violencia de género en el mundo, era precisamente, la normativa española. Nada más lejos de la realidad.

Ayer domingo de mayo asesinaron a dos mujeres jóvenes junto a sus hijos menores de cinco años. Dos femicidios (aquí habría que considerar una categoría de femicidio podríamos idear para pensar en todos los niños que son asesinados junto a sus madres) y me vi repitiendo ante los medios el mismo discurso de hace quince años. Quince años donde apenas se ha movido la impunidad y los femicidios han aumentado en saña y número, con un Estado sordo y ciego que solo presenta acciones paliativas. Me parece que ya es tiempo de una alerta internacional, una denuncia sobre este femigenocidio que ocurre en todo el triángulo norte de Centroamérica y en Honduras de forma particular, con más frecuencia, con más saña.

El cuento de la criada se hace real en un Estado que como gran alternativa a la violencia propone dos cosas: a) la lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas y b) el retorno al servicio militar obligatorio. Se juntan entonces los fundamentalismos y la violencia armada por parte de los entes armados de gobierno. No nos extrañe entonces que dentro de una década más o menos nos obliguen a usar tocados o burkas para cubrirnos enteras y no “provocar” recitando versículos enteros de la Biblia judeo cristiana y sepultando para siempre los sueños de un Estado Laico. No nos extrañe que muchos jóvenes, hombres y mujeres, incrementen los  planees de huida de esta tierra para no caer víctimas de las armas ya sea como reprimidos o como represores, en algo que podría convertirse en un éxodo sin precedentes y entonces eso si pasaría a ser problema también de los EEUU, si no es que ya lo es.

Ojalá se den cuenta de la gravedad de lo que ocurre y no tengamos que exponernos a los juicios que en este caso se escuchan: “a saber en que andaba”, “a los hombres también nos matan”, “los derechos del hombre no existen” y otras (las mismas) idioteces por el estilo. Ojalá que esta vez no tengamos que oírlas, porque la verdad ya cansa ese discurso sin imaginación, donde somos acusadas de promover “la ideología de género”. Nada de eso señores y señoras, feministas es lo que somos, la emancipación y la libertad de decidir de las mujeres, es lo que promovemos.

En fin, si no hay cambio, nos espera más de lo mismo y escenarios peores e inimaginables, tanto así que la literatura no ha dado aun cabida a esas imaginaciones. Se vislumbran sin embargo las primeras señales: personas que toman la justicia por su propia mano, mujeres que prefieren defenderse con uñas y dientes aun a riesgo de su propia vida, niños que salen huyendo del país persiguiendo las madres que tuvieron que poner tierra y mar de por medio para salvarse. Ojalá que el futuro nos depare cosas mejores como el ver a nuestros violadores y abusadores presas de la justicia (como el caso de Zepur Zarco en Guatemala) y ver las calles inundadas de mujeres paseando a cualquier hora, dueñas de las noches y de las calles, libres, llenas de sonrisas. Ojalá que así sea. 

Mientras sigamos huyendo si es necesario, quedándonos si es posible para salvar la vida, exorcizando de mil maneras el miedo o la angustia y construyendo caminos que nos devolverán de algún modo el sentido de la justicia, un mañana sin miedo, una esperanza posible para nosotras y para las que nos siguen. Seguiremos denunciando que lo que aquí está ocurriendo es un genocidio de mujeres, a vista y paciencia de este Estado y de algunos otros, que se sientan a observar.

Seguiremos luchando con la vista puesta en el presente y en muchos futuros, documentando el horror, denunciando y resistiéndonos a aceptar con normalidad estos crímenes. Estamos del lado de donde nacimos, del lado de la vida.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.