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EL CAMINO AL INFIERNO

Por: Julio Raudales

Incluso para muchos de nosotros que no logramos recordar ni donde dejamos las llaves, la vida ofrece momentos indelebles.

Algunos de estos son acontecimientos públicos. Por ejemplo: ¿Quién de los lectores, que no sea un “milenial”, no sabe con exactitud donde estaba o que hacía el 11 de septiembre de 2001 en la mañana? Yo, por ejemplo, me recuerdo enseñando un curso de cooperación internacional en la Universidad Católica, en la subida a El Picacho.

Otros son mas bien momentos personales: desde tu boda hasta el primer gol que tu hijo marcó cuando fuiste a verlo jugar futbol en el campeonato escolar. Para mi, uno de esos momentos inolvidables fue la llamada que, a mi oficina en la SEFIN, me hizo Carmen Garcés desde Santiago hace mas de 25 años, para decirme que había sido aceptado, con beca y todo, para estudiar mi maestría en economía aplicada en la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Estudiar es una de las mejores cosas que puede hacer un ser humano. La ciencia, pese a sus limitaciones, ofrece una manera de ver el mundo y un campo de acción para transformarlo, que no ha podido dar ninguna otra forma de conocimiento. Pienso que quienes nos aventuramos a navegar en la inmensidad del océano científico, comprendemos de manera mas precisa, no solo la grandeza del universo, sino nuestra propia pequeñez.

Digo todo esto, porque no dejó de sorprenderme lo expresado por algunos de los líderes del mundo en sus discursos durante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en su 73º periodo de sesiones.

Se que estas cosas no deben causar sorpresa. Los políticos tienen la mala costumbre, no solo de estudiar poco o nada, sino de ver con sumo desprecio al conocimiento. Lo primero se podría entender mejor si al menos se rodearan de personas que pudiesen ayudarles a no decir cosas que pudieran dejarles en tan mal predicado que hasta causa vergüenza ajena.

Escuchar, por ejemplo, al señor Trump repetir una y otra vez la perorata sobre la importancia de no dejar salir la inversión norteamericana mediante barreras impositivas al comercio o simplemente estableciendo cuotas o prohibiciones, puede hacer pensar a algún avispado, que no hay alguien cerca del presidente, que le explique los enormes riesgos que tiene para la economía mundial, que Estados Unidos persista en una guerra comercial contra China y que ello nos puede arrastrar a una crisis mundial igual o peor que la de 2008.

Patético también, resulta ver y escuchar a Nicolás Maduro justificando en su vacuo discurso, las irresponsables políticas que han empobrecido a los habitantes de un país que debería ser de los mas ricos del mundo. Pero ni el “Petro” ni los “certificados de pepitas de oro” podrán salvar a los venezolanos de la debacle, si no se las ingenian para deshacerse del elefantiásico dictador y su nefasta y demencial forma de conducción.

No es necesario ser economista, ni estudiar demasiado los vericuetos de la ciencia, para entender cosas que el mero sentido común puede explicar de manera clara. La inteligencia humana es tan sensible a la naturaleza, que bien puede ser siempre el punto de partida para discernir los fenómenos y buscar las soluciones adecuadas. Solo que, siempre será indispensable aferrarnos al conocimiento y métodos que la ciencia provee para que las decisiones puedan ser lo menos dañinas al conglomerado social que requiere de ellas. ¡Para eso pagan impuestos!

Pararse frente al podio del mundo y hablar en nombre de un país es una responsabilidad altísima. Hay que hacerlo con aplomo, pero también con sabiduría.

Alguien que haya estudiado de forma somera a David Ricardo y que conozca con propiedad la “teoría del valor”, podrá entender fácilmente por qué del precio total de una taza de café, que en Nueva York vale 5 dólares, el productor de Trinidad, Santa Bárbara solo obtiene 3 centavos, mientras el inventor de la marca “Starbucks” se queda con 2.20 de dólar.

También la ciencia nos ayuda a saber que no es pidiendo a los líderes del mundo que fijen un precio o definían cuanto gana quien, que la situación se arreglará. Si existe una bolsa de valores como mecanismo definidor de los precios, difícilmente la voluntad humana podrá hacer algo.

Hay formas de actuar, mas ligadas al logro de condiciones para la producción interna, que permitirán que los pequeños productores logren un mayor valor agregado por su trabajo. Pero eso requiere de bastante mas que buenas intenciones. Hay que entender que el buen gobierno requiere de inteligencia, honestidad y sobre todo, de humildad para pedir consejo.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.