/EJÉRCITOS PRIVADOS: EL NEGOCIO DEL MIEDO.

EJÉRCITOS PRIVADOS: EL NEGOCIO DEL MIEDO.

EL ORIGEN DEL MIEDO

La implantación del miedo ha sido una de las estrategias de control y sumisión más efectivas de los régimenes más poderosos de la historia de la humanidad. Desde las prácticas intimidatorias realizadas en la Antigüedad a través de severos castigos hasta las recientes manifestaciones represivas de los Estados frente a los comportamientos reaccionarios de una determinada ciudadanía; la implantación del miedo ha sido la expresión más pura de totalitarismo, represión civil y control social de una nación.

El miedo ha sido un arma estrictamente del poder, que no necesariamente dintingue ideología, estructuras políticas particulares, sistemas de gobierno o discursos retóricos de los gobernantes. El mismo también ha sido utilizado para efectos de reorganización de los Estados, como cuando en la época del Caudillismo latinoamericano (la caótica situación general) los gobiernos tuvieron que echar mano de un aparato represivo orientado a erradicar los innúmeros movimientos cerriles que amenzaban la estabilidad, la formación y consolidación de los nuevos Estados; aunque teóricamente lo mismo sólo se logró en la administración de Tiburcio Carías.

Después del estallido de la Revolución francesa, para defender el proyecto republicano, el gobierno de Maximiliane Robespierre implantó un modelo de control social absolutamente intolerante con todo aquel que atentara, de un modo u otro, contra el sostenimiento de la Primera República. Dicho modelo contemplaba la ejecución (por sedición, traición o conspiración) contra todo el que apoyara cualquier iniciativa contra el nuevo régimen. A esta etapa de consolidación de la República se le conoce como el Gran Miedo o el Gran Terror de Robespierre. Sin embargo, los historiadores coinciden que sin dicho proceso, el proyecto republicano de la Revolución no se hubiese sostenido, y muy probablemente el fin de las monarquías absolutas occidentales no se hubiese producido (Michel Vovelle. Introducción a la Revolución Francesa, 2000). Esto no quiere decir que el miedo sea justificable, quiere decir que éste es un proceso “natural” en el desarrollo de los Estados y sus sociedades.

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Lo mismo ocurrió durante el mandato de Stalin en la antigua Unión Soviética, cuando el líder del Politburó no sólo aplastó a la oposición, sino también a los viejos aliados que luego resultaron “peligrosos” para el Estado totalitarista soviético: «Fue en el Politburó que las decisivas confrontaciones tuvieron lugar.  En los años siguientes, Trotsky, Zinoviev, Kamenev, Bukharin, Rykov y Tomsky hallarían la muerte a manos del único sobreviviente, Stalin… El Gran Terror estuvo sólo periféricamente relacionado con el total de bajas de la época de Stalin, pero reconoció la muerte de no menos de 20 millones de personas.  Esta cifra es dada ahora en la URSS.  Y el total general de reprimidos es ahora establecido (en los textos escolares), en cerca de 40 millones. Cerca de la mitad de ellos en el terror campesino de 1929 a 1933, y la otra mitad de 1937 a 1953» (Robert Conquest. El Gran Terror, 1990).

En el contexto latinoamericano de nuestro tiempo, en un diálogo con el periodista español Juan Cruz —hablando sobre los diversos y novísimos métodos de implantación del miedo—, Eduardo Galeano expresó: «Si no es el dinero, aparece la gripe porcina, la gripe aviar o las vacas locas (Zika, Chicungunya)… Es una dictadura universal del miedo que nos prohibe pensar» (informador.mx., visto el 30/8/16, 1: 08 pm).

Captura de pantalla 2016-09-05 a las 5.44.46 p.m.LA SEGURIDAD PÚBLICA. 

Como hemos referido en artículos anteriores (“Memoria del terror” y “Variaciones sobre las causas del homicidio en Honduras”) a pesar que la violencia y el homicidio han sido componentes históricos de la sociedad hondureña, sólo en la década comprendida entre el 2004 y el 2014, más de 50,000 personas murieron por homicidio en el país, víctimas de no sólo de la violencia el crimen, sino, sobre todo, de una sociedad profundamente contradictoria en la que es prohibido matar pero es legal comprar armas, obviando así deliberadamente que el fin único y exclusivo de las mismas es matar.

En el estudio de la socióloga y economista hondureña Leticia Salomón sobre La propensión cultural al uso de las armas ligeras se escribió que «El uso de armas ligeras posee diversos significados que son adjudicados desde la percepción cultual de los diversos sectores de la sociedad, los cuales pueden resumirse en tres: a) Útil para la defensa contra la delincuencia, b) Necesario para resolver problemas personales o familiares, y c) Peligroso, porque alguien puede resultar herido o muerto. Es importante establecer que, en el caso de Honduras, no existe el significado asociado a la guerra, porque ésta no se dio en el país debido a que el conflicto social no se tradujo en confrontación armada, a diferencia de Guatemala, El Salvador y Nicaragua, donde sí se produjo con gran intensidad» (Salomón, 2005).

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Lo anterior resulta parcialmente cierto si se toma en cuenta que, en principio, la guerra no tiene forma definida y puede presentarse en diversas regiones de diferentes formas, como de hecho ha sucedido en reiteradas ocasiones de la historia (La Guerra Fría, para muestra), en las que conflictos armados “no declarados”, cuyos métodos de dilación y prolongación hicieron parecer que en realidad no había “guerra” —por el continuo flujo de la vida cotidiana—, aun cuando se tenía consciencia plena de los muertos, los desaparecidos y los horrores de la violencia. En su libro Historia de los sin historia, el historiador Mario Argueta ha considerado que «entre 1900 y 1980 se produjeron más de 400 actos armados en Honduras», esto, sumado a todos los muertos de las Guerras Civiles de 1919 y 1924, suman cientos de miles de muertos por la guerra en el país, ya sea ésta declarada o no.

Si consideramos esos más de 50,000 homicidios de los últimos diez o doce años, la única conclusión que cabe es que en Honduras sí existe una guerra civil silenciada, pero una guerra al fin, o por lo menos un tipo de ella. En realidad, lo único que cambió en este nuevo tipo de guerra civil no fue la estructura, sino las causas. El principal factor-productor de la guerra civil en el pasado era la política, sin embargo, a ésta se le han sumado el tráfico de armas y de drogas, principales causantes materiales de la violencia y el homicidio actuales. Por todo esto, el fracaso de la  Seguridad Pública y la Seguridad Ciudadana son dos de los problemas más grandes que enfrenta la población hondureña.

Por otro lado, el Régimen Jurídico para la Seguridad Pública en Honduras está compuesto por el Sistema de Seguridad, la Política de Seguridad Interior, la Ley Orgánica de la Policía Nacional, la denominada Ley Anti-maras, la Ley de Control de Armas de Fuego, Municiones, Explosivos y otros Similares; la Ley de Policía y Convivencia Social, la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas, el Código Procesal Penal, etc. No obstante, en la opinión del reconocido jurista Edmundo Orellana, para la adecuada funcionalidad de la Seguridad Pública se deben mejorar las instituciones involucradas en esta tareas, hacer una importante serie de reformas a muchas de las leyes mencionadas, establecer políticas públicas contra la violencia, la delincuencia y el crimen; crear una idónea coordinación de las instituciones, mejorar la eficiencia y eficacia de la actores, aprobar recursos presupuestarios, concretar la aplicación de la leyes, capacitar a los actores del sistema penal, depurar la Policía, incluir la participación de la sociedad civil, y crear un mando único en la Policía (PNUD, 2005).

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EL MIEDO VENDE, SEGURIDAD PÚBLICA VRS SEGURIDAD PRIVADA

En el estudio realizado por la Red de Seguridad y Defensa de América Latina (RESDAL, 2014) se precisa que: «Las Fuerzas Militares de 16 países de América Latina cuentan con un total de 1,5 millones de hombres, y para este año ejecutaban un presupuesto de 72,000 millones de dólares, 37% más que en 2008, de acuerdo con el Atlas Comparativo de la Defensa de América Latina y el Caribe… La cantidad de efectivos en Latinoamérica equivale a la población de Tegucigalpa, estimada en 1,5 millones… El documento precisa que en 2008 el presupuesto militar de la región fue de 51,766,747,085 de dólares, por lo que éste se elevó a 71,277,462,374  de dólares en 2014» (www.acore.org.com, 5/11/2014).

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Por otro lado, el estudio estipula que Honduras es el segundo país que menos invierte en industria militar, con una partida de 252,646,424 de dólares, sólo por encima de Nicaragua, que tiene 10,358 militares y un presupuesto de 82,888,983 de dólares anuales.  «El Ejército de Honduras tiene 7,200 integrantes, más 1,100 navales», cifras muy por debajo del resto de los países latinoamericanos como México, Argentina, Colombia, y por supuesto Brasil, que se presenta como el país con mayor cantidad de militares y navales, y por ende con mayor gasto militar anual. Por su parte, «En Honduras, en donde viven 8,228,000 personas, la tasa es de 19 militares por cada 10, 000 habitantes» (RESDAL, 2014).

La comprensión de todos los elementos planteados anteriormente es de trascendental importancia para comprender por qué en las últimas dos décadas la Seguridad Pública ha tenido fuertes tendencias a privatizarse. La seguridad privada es una consecuencia del modelo neoliberalista que busca la privatización de todos los sectores productivos del Estado (la creación del Estado mínimo) a través de las alianzas público-privadas y de métodos sistemáticos y sistémicos.

En su estudio sobre el Funcionamiento de las empresas de Seguridad Privada en Honduras, Manuel de Jesús Luna apunta que existe un marco jurídico para la regulación de esta seguridad, el cual está compuesto por El Consejo Nacional de Seguridad Interior, las Normas Generales de la Seguridad Privada, y por una Licencia de Operación para las Empresas de la Seguridad Privada. Además, el autor aclara que: «El inicio de los servicios de seguridad privada se remonta al final de los años setenta y comienzos de la década de los ochenta, cuando la Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP), para entonces cuarta rama de las Fuerzas Armadas, era la responsable de la seguridad pública. La FUSEP ofrecía al Sistema Bancario Nacional servicios de vigilancia por los que los empresarios pagaban a la institución… posteriormente, estos servicios se extendieron a instituciones del Estado. Seguidamente personas con conocimientos en seguridad (en su mayoría ex-militares y ex-policías) y amparados en la legislación de ese momento (Ley Constitutiva de las Fuerzas Armadas) crearon las primeras empresas de seguridad privada» (PNUD, 2005).

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En el 2016, los hombres legalmente armados del país pertenecientes al sector privado son casi 6 veces más que la Policía Nacional. Sobre este tema, el director de Swat Honduras declaró que: «existen 5 guardias de seguridad por cada policía en Honduras… nosotros como seguridad privada somos el 60% de la prevención del país y el 40% lo hace la Policía Nacional (hay 60 mil hombres empleados en las compañías de seguridad debidamente registradas, y 20 mil en otras no reguladas: 80 [mil] en total)… queremos convertirnos en un brazo de apoyo de la Policía» (La Prensa, 15/8/13).

Al mismo tiempo, según La Prensa, 3/12/13, el informe anual del PNUD sobre seguridad, destacó que ese año (2013) ésta le costó al país alrededor de 1,600 millones de dólares, lo que equivaldría a unos 33,600  millones de lempiras, que a su vez equivalen a un importante porcentaje del Presupuesto Anual de la República, que gira alrededor de 213 mil millones de lempiras.

Por otra parte, se ha detallado que la Seguridad Privada está en manos de ex-militares, policías o militares del alto rango, y hasta el 2014 se contabilizaban más de 700 compañías de seguridad privada en el país (El Heraldo, 7/4/14). Esto demuestra que aun cuando la Seguridad Privada sextuplica a la Seguridad Pública (Policía Nacional), la misma es una seguridad parasitaria de la Seguridad Pública, pues la mayoría de los hombres que emplea han sido formados previamente en las instituciones se Seguridad del Estado como el Ejército y la Policía.

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Es importante resaltar que mientras la Policía Nacional —desde su fundación en 1882 por el gobierno de la Reforma— contaba con aproximadamente 7,000 hombres hasta el inicio del gobierno de José Manuel Rosales, fue en el gobierno de éste cuando la misma se duplicó a 14,000, número en el que actualmente oscila. Contrario a eso, desde su fuerte aparición en la sociedad hondureña (década de los 2000), la seguridad privada acumula en sus filas a unos 80,000 hombres armados y entrenados.

El negocio de las empresas de seguridad privada ha hecho crecer su propia economía, ha hecho florecer del negocio de las armas, la industria militar, y sobre todo, ha sextuplicado a la fuerza de seguridad pública, lo que puede representar una amenaza —en el peor de los casos— para la propia seguridad del Estado. Sobre todas las cosas, esta seguridad ha otorgado validez a la idea difundida desde la tecnocracia de que necesitamos seguridad porque sentimos miedo, es decir, ha sido una figura principal en el absurdo proceso de asimilación y aceptación del miedo en el que casi sin saberlo ha entrado la sociedad hondureña.

Cuando El Pulso intentó entrevistar a unos 7 guardias de seguridad privada pertenecientes a unas 4 empresas, los mismos se negaron rotundamente a responder preguntas de cualquier tipo, manifestando que les era estrictamente prohibido atender a cualquier medio de comunicación por las políticas internas de sus empresas empleadoras y por su propia seguridad. No obstante, El Pulso logró entrevistar a un guardia de seguridad privada —perteneciente a una empresa de seguridad cuyo nombre obviamos— custodio de la sucursal de una farmacia ubicada en el sector de El Carrizal, quien nos pidió no revelar su nombre y quien, cuando lo consultamos, nos reveló lo siguiente:

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Señor M. R, ¿cree usted que las personas sienten miedo de vivir en Honduras?

«Buenos días, sí, yo creo que aquí todo el mundo tiene temor, y ya nadie confía en nadie, o sea que la gente ya no confía en nadie. Por ejemplo yo vivo en la Villafranca y allí sólo puede vivir la gente de allí, y uno tiene que aguantar todas las barbaridades que hacen con la gente. Yo bajo a trabajar todos los días y sólo la mano de Dios con uno».

¿Hace cuánto tiempo trabaja como guardia de seguridad?

«Pues mire, yo tengo 49 años y trabajo en esto hace como unos 9 años, porque antes trabajé varios años, primero como motorista de un aserradero y después en un carro repartidor del agua. Pero desde el 2007 empecé como guardia, y gracias a Dios hasta ahora no me ha pasado nada».

¿Ha sentido miedo alguna vez cuando está trabajando?

«Sí, la verdad uno siempre tiene temor de que algo le pase, usté sabe que en este país ya no se puede vivir en paz. Siempre que salgo de mi casa y miro a mis hijos sé que puede ser que no vuelva a verlos, pero ni modo, hay que comer».

En Honduras muchos guardias de seguridad mueren víctimas de la delincuencia, ¿teme usted por su vida?

«La verdad sí, desde que trabajo en esto han matado a varios amigos y compañeros por asaltar los lugares que cuidan, por robarles la pistola o por venganza cuando no los dejan hacer sus maldades. Pero sí, muchas veces he pensado que me pueden matar, pero como le digo, no queda de otra, espero no tener nada».

¿Usted cree que las personas tienen temor de los guardias de seguridad?

«No, para nada, más bien se sienten cuidados. Sí es cierto que algunos guardias son muy serios, pero es que en este trabajo uno no puede andar riéndose con nadie. Pero por lo menos yo nunca he tenido problemas con la gente».

Señor. M. R, podría usted decirme cuántas horas trabaja y cuánto más o menos le pagan?

«Trabajo de seis de la mañana a cinco de la tarde, y sólo me pagan 3,000 lempiras a la quincena».

¿Tiene algún carné de seguro social o algún seguro de vida?

«Sí, a uno le dan uno de esos cuando lo contratan, pero cuando uno se muere no le dan nada compa, ni para el ataúd».

En general, ¿cree que la gente se siente más segura cuando ven un guardia?

«Pues no sé, yo creo que sí, pero también recuerde que los guardias sólo cuidan el lugar por el que le pagan, y además es una condición del trabajo».