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Dos semitas y un café

Por Fernando Destephen


Eran las seis y algo de la mañana, el aire fresco, lo carros aún con rocío en los vidrios, los restos de los Ficus hechos un muñón, los alumnos entrando al colegio, los obreros regresando al trabajo, las gaviotas por algún lado seguramente siguiendo la corriente del rio, en fin, podría describir más una mañana pero casi todas son iguales (o parecen serlo). Me bajé del taxi, lo más próximo que vi fue El Duncan Maya pero estaba cerrado, obviamente puesto que la hora no era la indicada para estar abierto. El sonido de las mañanas en el centro de Tegucigalpa es bastante sonoro, todo parece medio despierto y ni las palomas huyen al paso del que camina. No habían montucas, o fritas de elote, entonces pasó algo, me detuve en el tiempo/espacio de la acera, por un breve momento todo dejó de fluir, fije la mirada dos calles adelante, una cuadra después del Duncan, en una esquina, ¡lo recordé! una epifanía, caminé, no puedo negar la sonrisa que cargaba en mi cara, llegué a la esquina que marca el final de la cuadra, y ahí estaba, con un fulgor atípico, digamos que con gotas de sereno en el techo, las ventanas pulidas exhibiendo los productos, la puerta abierta en signo inequívoco de que el lugar está operando, y esa escena que se repite en los lugares cálidos, la luz de los focos o lámparas blancos alumbrando el día, generando un contraste luminoso, extraño y a la vez memorable, porque lo lleva a recordar las mañanas con los abuelos y los primos en una cocina con las ventanas abiertas, suficiente luz natural pero las luces eléctricas encendidas. Así es el interior de la panadería, subí las dos gradas que separan este establecimiento de la calle y del resto de Tegucigalpa, como en otras realidades me sentí cómodo, apartado del mundo en una célula diferente; vitrinas que guardan pasteles, turrones, galletas, tortas, semitas, polvorones, borrachos (que no se llaman así, es una especie de pan bañado en un poco en aguardiente y un glaseado confitado pero su nombre científico es otro, usaremos el coloquial) y unos quequitos (cupcakes) que le quitan la amargura a quien quiera.

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Pedí un café y con una amabilidad por encima de lo acostumbrado me dijeron que tenía que esperar alrededor de tres minutos porque aún no estaba listo, a lo que accedí con gusto, pensando en sentarme y observar como despierta el centro de Tegucigalpa. La gente camina sin pensar, ignora cuanta historia está pisando, por ejemplo, recordé que el lugar está ubicado justo a la par de lo que fue el restaurante de Don Pepe (un cubano alegre) y que ahora o se perdió o lo están remodelando, no lo sé, al frente a una cuadra el parque Valle y la Iglesia San Francisco, esa misma calle que comparte el Museo del Hombre Hondureño, que ontológicamente y por antonomasia si es un museo porque ahí no se mueve nada, o casi una casa fantasma. Volví a mi pensamiento profundo: ¿En realidad tenemos tanto?, sí, si tenemos tanto, un estudio podría cuantificar y calificar cuánto de qué tenemos, pero no sabríamos que hacer con tanto dato, es por eso que la datología no se estudia como debería. Es curioso como muchas veces pasamos de lejos casi todo, en ese momento gire la cabeza tenía la ventana a mi lado como niño con juguete nuevo vi una fotografía que pude haber tomado de haber tenido una cámara a la disposición: Varios edificios y una infinidad de cables (contar cables sería un oficio muy rentable) y allá no tan lejos, como en un primer plano alejado pero sobresaliendo; el picacho, ese cerro que abrazó la niñez de muchos, con un Cristo en la cima, un zoológico y una de las mejores vistas de la ciudad.

Me dieron mis semitas. Podría apostar que me oyeron pensar a través de mi sonrisa, el café negro, en su punto, los pedidos de proveedores llegando, una señora pidiendo lo que encargó, una joven comprando una bolsa de polvorones, en medio yo, observando todo ese movimiento y con la alegría de ver cómo funciona un lugar que para muchos no existe y prefieren la frialdad de una franquicia al calor y trato humano de una panadería, que ya debería de ser patrimonio. Pregunté por los quequitos, esas dulces, delicadas, esponjosas coquetas, vainillosas ambrosias, pero ¡PUFFFFFF¡ (mayúsculo, porque dolió) se habían acabado, pude concentrarme y vi la sonrisa de una semita (metafóricamente hablando, en realidad me habría preocupado si una semita me sonriera, habría solicitado de urgencia una reunión de algún comité creado con la intención de combatir el apocalipsis zombi o habría llamado a un par de amigos que pudieran examinar dicho fenómeno y asegurarme que la semita en cuestión si sonríe, o si en realidad no hay semita, no hay panadería y estoy esquizofrénico queriendo teorizar sobre el movimiento o la inmortalidad de un cangrejo o la risa de un pan) ya con mi café, las semitas sobre la mesa y el paisaje urbano, comencé a desgranar aquella semita gorda, con baño de azúcar, esponjosa, una orilla dulce y tan delicada que a cada suspiro se quebraba, su interior de un color amarillo simple, una textura dorada y crujiente, color tenue de pan, un sabor ligero, dulce, en armonía con el café que por cuestiones de mal cálculo dejé un poco amargo pero al final no importó porque la mezcla sintetizó los sabores y los elementos colisionados se fusionaron a la perfección, la mañana avanzaba por esas cosas del movimiento de la tierra y el paso del tiempo, el color rosado y azul la ubicación de las mesas, la comodidad, el espacio y el buen gusto por el pan hacen de este lugar de paso una visita obligatoria en la intermitencia de la vida, un lugar que asumo es conocido por referencia por ejemplo: la joven que compró los polvorones en un momento cercano a las 8:30 am, los compartió en su lugar de trabajo y más de alguno le preguntó ¿dónde los compró? a lo que ella contestará: en el centro por el punto de taxis de la veintiuno, en el momento en que llegaba el jefe y seguramente el que preguntó no alcanzó a escuchar y se quedará con el buen sabor del polvorón y el café de oficina.

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Mientras tanto, en Ciudad Gótica -error de sintonía- mientras tanto en la panadería de esquina que queda exactamente una cuadra después y hacía arriba de la catedral de Tegucigalpa, en la avenida Miguel Paz Barahona, una cuadra después del punto de taxis de la Colonia 21 de Octubre, en la misma cuadra donde un joven vende montucas, una cuadra abajo del parque Valle y la Iglesia San Francisco, cerca de una casa fantasma -que aseguran es museo- en las coordenadas: 14°06’19.4″N (norte) 87°12’13.6″W (oeste)

Este humilde editor salía de la panadería El Buen Pan más alegre, por haber dejado olvidados los problemas de la cotidianeidad de la vida por un descenso en el tiempo (asumiendo que el tiempo es un vórtice en vertical a manera de agujero de gusano) a la contemplación del paso de la historia y la reflexión mientras comía tranquilamente un par de semitas y un café a eso de las 6 de la mañana en el centro de Tegucigalpa. Continúe mi camino hasta el siguiente punto de taxis. Al ver la enorme fila suspiré como hacia afuera, dije una grosería a manera de esbozo de caricatura, respiré profundo, sabía que irremediablemente llegaría tarde y me dije: “Pero valió la pena atorarme esas dos semitas”.