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DÍA DEL PADRE

Por Óscar Esquivel

El 19 de marzo se conmemoró, como todos años, el día del Padre; ocasión propicia para celebrar y reflexionar sobre la importancia del padre en la vida de un hijo/a. Al respecto decía Sigmund Freud, padre del psicoanálisis y de la psicología moderna: “No me cabe concebir ninguna necesidad tan importante durante la infancia de una persona que la necesidad de sentirse protegido por un padre”.

19 de marzo ha sido una fecha que en años anteriores ha pasado desapercibida, pero que, para bien, está recuperando su protagonismo en estos tiempos de antivalores. Es difícil no mencionar, sin pretender caer en comparaciones inútiles, la fecha en que se conmemora el Día de la Madre, donde desde el inicio del mes de mayo las casas comerciales ya anuncian sus promociones para celebrar tan especial fecha, visibilizando y comercializando el Día de la Madre más que el Día del Padre. Para esa fecha no se dice: “Felicidades a las buenas madres”, a los “padres que hacen el papel de madres”,  como sí ocurre en el día de la celebración del padre.

La presente opinión no pretende hacer comparaciones innecesarias, sino reflexionar sobre la importancia del padre y de la madre en la vida de un hijo/a. No se trata de ver quien es más importante en la misión de hacer una persona de bien, un buen ser humano, sino que ambos son fundamentales en el crecimiento y desarrollo de un niño/a. Cuando se celebra el día de la madre, se dice: “Felicidades a la madre en su día”, “felicidades a todas las madres”, en cambio en el día del padre se escucha: “Felicidades a los padres responsables”,” felicidades a las madres que la hacen de padre”, cayendo en esa competencia egoísta, innecesaria, cáncer de la sociedad.

Ambas fechas deberían servir para reflexionar sobre la importancia de la madre y del padre en la formación de un hijo/a. Apelar a rescatar esa institución en decadencia llamada familia, que es la base de toda sociedad.  Ya conocemos los resultados de esa decadencia por haber descuidado esa institución primaria. La irresponsabilidad paternal y maternal debe ser la excepción y no la regla. Si existe una decadencia en la familia es culpa del hombre y de la mujer. Es desde la institución primera que se le puede poner un alto a la crisis de valores que predominan hoy en día. Sabemos que no es tarea fácil reconstruir una institución, reconstruir una sociedad, porque existen fuerzas oscuras que patrocinan los antivalores y avalan la división entre hombres y mujeres porque se benefician de ello. Hay que fomentar la unión
familiar; que la separación sea un excepción, no la regla.

Hay que dejar esas malas prácticas en donde se trae un niño a este mundo que no pidió venir y luego se manda la “chingada” al cónyuge, sea éste el hombre o la mujer, porque nos creemos los suficiente capaces para “educar” al vástago, porque creemos que eso es “libertad”, cuando aún los animales, llamados irracionales, nos dan cátedra a diario de responsabilidad. Hay que fomentar e incentivar la responsabilidad paternal. Ya lo dijo a mediados de 1700 Juan Jacobo Rousseau: “Un buen padre vale por cien maestros”.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.