¿DESTRUCTOR O CONSTRUCTOR DE BIENESTAR?

Hace unos días, discutía animadamente con un grupo de excompañeros economistas ligados al sector público, sobre los problemas que ocasiona el no tener un Banco Central lo suficientemente independiente. La conclusión es que solo hay una manera de justificar la existencia de la política monetaria, y es que ésta logre que el dinero facilite el intercambio entre los agentes económicos, de modo que se generen los incentivos necesarios para que haya una producción boyante y...
Invitadomarzo 4, 2019

Hace unos días, discutía animadamente con un grupo de excompañeros economistas ligados al sector público, sobre los problemas que ocasiona el no tener un Banco Central lo suficientemente independiente.

La conclusión es que solo hay una manera de justificar la existencia de la política monetaria, y es que ésta logre que el dinero facilite el intercambio entre los agentes económicos, de modo que se generen los incentivos necesarios para que haya una producción boyante y ordenada. Al fin y al cabo, el dinero no es ni bueno ni malo; es, al igual que un machete, solo un instrumento que puede servir para construir o destruir, dependiendo del uso que le demos. Para que quede claro, citaré un ejemplo de la historia:

El 11 de noviembre de 1918, terminada la Primera Guerra Mundial, los vencedores (Francia, Reino Unido y Rusia), obligaron a los perdedores (Alemania y el Imperio austrohúngaro), a firmar el Tratado de Versalles, que les imponía a los derrotados, el pago de los costos de la guerra y la reconstrucción de Europa.

Un joven economista británico de nombre John Maynard Keynes escribió un libro en el que advertía el error que supone hacer pagar reparaciones de guerra, pero nadie le hizo caso. Las economías de los imperios centrales habían quedado totalmente destruidas y, por consiguiente, eran incapaces de generar recursos fiscales. Dicho libro se llama “Las consecuencias económicas de la guerra”.

Tal y como lo predijo Keynes, dos años más tarde, los precios de las economías perdedoras empezaron a subir como nunca. Es lo que se denomina la hiperinflación. En Alemania los precios aumentaron un 3,000% cada mes y en general se duplicaban cada dos días. El dinero perdía su poder adquisitivo en cuestión de horas.

Ante esa situación, la gente se preocupa más por gastar el dinero rápidamente que por trabajar. La hiperinflación siempre va acompañada de una caída económica catastrófica.

Cómo pasa casi siempre que hay desastres económicos, los partidos políticos se llenan de demagogos, populistas y nacionalistas que prometen salvación fácil. En 1926, el partido nazi ganó las elecciones en Alemania y Hitler se convirtió en canciller. Su política expansiva provocó la segunda guerra mundial.

Al final de la Guerra, los aliados entraron en Alemania y encontraron un arma de destrucción masiva que los nazis habían creado, pero que nunca llegaron a utilizar. Curiosamente, esta arma no se estaba en ningún almacén militar secreto, sino en el Reichsbank: el banco central de Alemania. ¿Cuál era esta arma de destrucción masiva? Pues asómbrese: Dinero.

¿Cómo es que uno de los inventos más importantes e ingeniosos de la historia de la humanidad puede convertirse en un instrumento tan peligroso que hasta puede llegar a provocar una conflagración bélica? De varias maneras:

En el caso de la Alemania Nazi, escarmentados por el caos que la inflación había causado en su economía durante los años veinte, pensaron que, si creaban un desastre similar en Inglaterra, podrían acabar ganando la guerra. Lo sabían perfectamente porque lo sufrieron en carne propia: para generar inflación hacía falta que la cantidad de dinero inglés aumentara vertiginosamente.

Pero ¿cómo podían los nazis imprimir dinero inglés? El oficial mayor de la SS, Bernhard Krüger, tuvo la idea de reclutar a los mejores falsificadores, impresores, calígrafos y tipógrafos judíos de los campos de concentración, los reunió en ciento cuarenta y dos equipos distintos y los puso a falsificar libras esterlinas. La Operación Bernhard, consiguió realizar falsificaciones tan perfectas que los expertos de los bancos suizos no podían distinguirlas de las libras verdaderas. Afortunadamente la guerra terminó sin que los nazis pudieran usar esta letal arma.

La lección es sencilla: El dinero, como el vino, es bueno si se toma con moderación. De hecho, el dinero es un instrumento imprescindible para hacer fluir la producción y el consumo en sociedades modernas y sofisticadas. Ahora bien, cuando se imprime en excesivas cantidades, éste puede ser terriblemente perjudicial para la economía porque causa inflación, uno de los mayores fabricantes de miseria en nuestros países.

Ahora, si para lograr la apariencia de un manejo adecuado en la cantidad de dinero, las autoridades llevan a cabo de forma subrepticia, operaciones de esterilización muy costosas, el precio del dinero –o tasa de interés- se mantendrá demasiado alta y esto provocará estancamiento económico y desincentivos a la inversión.

Solo las sociedades que consiguen controlar a sus dirigentes para que no caigan en la tentación de manipular de forma inadecuada la política monetaria, consiguen evitar que el gobierno transforme ese dinero, que es bueno para comerciar, en un arma de destrucción masiva.

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