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Cuando la justicia no llega.

Reclamo público a la Policía Nacional y la falta de justicia en Honduras.

«Por favor escriban algo sobre la policía de mierda de este país de mierda, mi hijo fue asesinado hace más de un mes aquí en un pueblo de Comayagua, todos sabemos quién fue, pero la policía no hace nada porque el asesino es narco y les da miedo, por favor no enseñen mi nombre», escribió Eduvina (no es su nombre real) en un tono notoriamente decepcionado y lleno de rabia.

«La verdad ya no quiero que esos pícaros de la policía hagan nada, sólo quiero que el mundo sepa que en Honduras la policía le tiene miedo a los criminales, y que los mismos policías son los delincuentes», continuó.

No conozco a Eduvina, pero es frecuente que algunas personas nos envíen mensajes solicitando que escribamos sobre ciertos temas. A veces lo hacemos. En el caso de Eduvina me pareció que escribía para desahogar una pena inmensa: la rabia que provoca la impotencia de haber perdido un hijo a manos de un criminal que seguirá impune y libre; como cientos de homicidas y matarifes a sueldo en este país.

Hace unos años una patrulla me detuvo cerca del barrio La Guadalupe de Tegucigalpa, eran alrededor de las 9:30 p.m. Un policía de unos 50 años solicitó mis documentos. Los entregué. Luego de unos minutos el otro —hombre moreno de unos 35 años— me preguntó por qué estaba nervioso.

—Disculpe, pero si se lo digo se va a enojar —respondí.

—¿Y por qué me voy a enojar?, mejor hablá de una vez —sentenció.

—Porque le tengo miedo a la policía —le dije.

Al instante me arrepentí de habérselo dicho. No sabía de qué forma reaccionarían. El policía mayor me observó casi paternalmente.

—Tenés razón —me dijo. Y al momento me devolvió los documentos y ordenó la marcha de la patrulla.

Cada vez que un grupo policial detiene a un ciudadano hondureño, el ciudadano no sabe si es un atraco o una revisión de rutina.

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Los cuerpos armados del Estado en Honduras gozan de una reputación temeraria. La mayoría de ellos han sido creados para «imponer el “orden” a cualquier precio», y muchos son recordados por la población como «escuadrones de la muerte»: Cuerpo Especial de Seguridad (CES) (1963-1975), Fuerza de Seguridad Pública (FUSEP) (1976-1998), Escuadrón 316, etc.

¿Acaso no existen los policías honestos, buenos?, sí, sí existen y son muchos, ¿pero cómo diferenciarlos de los malos, de los corruptos?, sin duda es una tarea dificultosa. No obstante, ese fue el gran objetivo del proceso de Depuración Policial que inició este gobierno con ayuda de organizaciones de la sociedad civil. ¿Dio los resultados esperados?

«No, no dio mayores resultados. Muchos policías corruptos han sido separados de la institución, pero también ha pasado todo lo contrario: muchos policías honestos han sido separados por los corruptos —con permiso de lo de arriba— para que ellos (los corruptos) sigan haciendo lo que quieran. Sino sólo mire a cuántos policías siguen agarrando en actos ilícitos», me dice una ex-policía penitenciaria de la cárcel de mujeres de Támara.

«Muchos de esos muertos que usté ve en la televisión son delincuentes que mata la misma policía. Cuando capturan a un delincuente que ya ha estado muchas veces preso o ha cometido demasiados delitos, entonces la policía prefiere matarlo en vez de llevarlo preso», continúa diciendo.

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Mientras el Estado resuelve los eternos dilemas de la corrupción policial, cientos de personas inocentes siguen muriendo; víctimas del conflicto armado que vive Honduras desde hace más de una década y que nadie quiere aceptar. Que «no es conflicto armado» dicen los especialistas, que esto es «solamente un Estado permanente de violencia», pero que no puede ser catalogado como conflicto armado. Pero los hechos dicen todo lo contrario.

Al igual que Eduvina, decenas de miles de padres, madres, hermanos e hijos se cansaron de esperar la justicia que nunca llegó para sus hijos, padres, madres o hermanos asesinados.

Esta mañana del 14 de agosto de 2017, el filósofo y profesor universitario, Gustavo Zelaya Herrera, escribía esta carta en su página de Facebook para su hijo asesinado hace más de cinco meses:

«Ya son cinco meses con tres días desde que te asesinaron. Y nada resuelto. Pero no sos otro dato en la estadística de la impunidad. Hoy cumplirías 30 años. Todo ese tiempo de muerte y de vida parece poco. Ni siquiera tuvimos tiempo de una despedida. Nada raro con esa brutal manera de morir. Ya son cinco meses con tres días de extrañarte Tavito querido, pero también de crecimiento de los buenos recuerdos; de permanencia de tu bella sonrisa. Muchas personas queridas te están amando y todos seguimos agradecidos con los alegres instantes junto a vos. Sólo son treinta años los que hoy 14 de agosto estarías cumpliendo y la exigencia popular para que se superen todas las formas de violencia parecen inútiles en esta obscura caverna de la sistemática barbarie estatal. Siguen matando a muchas personas jóvenes, hombres y mujeres asesinadas en interminable sangría. Pero seguís fuerte en nuestra memoria, esencial, poderoso, con esa mano sosteniendo el sol esperanzador que ilumina cada paso nuestro…Por eso seguís vivo y claramente te veo cuando escucho Love me two times. Seguís aquí, pegadito, cerquita de nosotros querido hijo. Feliz cumpleaños vos».

Aunque las estadísticas del Observatorio de la Violencia indican una significativa reducción de los homicidios en Honduras, la tragedia para cientos de familias sigue siendo aún inmensa. Sólo entre enero y julio de este año fueron asesinados cerca de 350 personas: 5 abogados, 68 transportistas, 16 elementos de la seguridad pública, 28 guardias  de seguridad privada, 33 estudiantes, 2 periodistas, 5 miembros de la diversidad sexual, etc. de los 30 casos de homicidios múltiples, 15 fueron por desmembramiento, y 72 fueron encontrados “encostalados”[1]. Todos ellos se suman a los casi 60 mil homicidios de los últimos diez años.

Mientras tanto, los criminales siguen sueltos, en las calles, repartiendo muerte. Como el homicida múltiple, Wilmer Sierra Maradiaga, quien asesinó al joven misionero Jonatán Ordóñez el pasado sábado, y quien además gozaba de plena libertad después de un récord criminal horrorizante que incluye otros homicidios. ¿Por qué no estaba preso?, nadie lo sabe.

¿Qué puede hacer la Policía Nacional para reivindicarse con Eduvina, con Gustavo, con la sociedad hondureña?, sólo justicia, por una vez en la vida.

[1] Consulte en: https://blogs.unah.edu.hn/iudpas/informe-especial-enero-a-junio-2017/