CENTRO AMÉRICA

¿Cuál Independencia?, la de Centroamérica del Imperio español

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¿Qué celebramos el 15 de septiembre de cada año?, ¿cuál es esa independencia que celebramos?, celebramos la emancipación de Centroamérica del Imperio español; esa es la Independencia que celebramos, no otra.

¿Que realmente no somos independientes, que nunca lo hemos sido y que desde hace más de un siglo somos un país controlado por el Imperio estadounidense?, sí, también. Pero uno y otro son procesos distintos.

A doscientos años de vida independiente en Honduras, los conceptos de “libertad” e “independencia” en el país siguen siendo puestos a severas discusiones, pues la nación, institucionalmente debilitada, política y socialmente fragmentada, devorada por la corrupción y la criminalidad, parece no haber comprendido a cabalidad lo que aquella Independencia conseguida en 1821 significa.

Desde su emancipación, el territorio hondureño ha estado ligado a una serie de nuevos dominios.

Una vez independizado de la Corona española, el Estado se adhirió el Imperio mejicano de Agustín Iturbide I que no duró mucho; se aglomeró luego bajo la bandera de la República Federal de Centroamérica, y con la disolución de ésta, se amparó en la “protección” de la Corona británica a través de los cónsules Frederick Chatfield y Frederick Stanfield; hasta la suplantación de éstos por el poder estadounidense llegado a Honduras a finales del siglo XIX, de cuyo seno proteccionista aun no logramos salir.[1]

Pero la emancipación de los Estados centroamericanos del Imperios español ocurrió después de un largo proceso de “revoluciones hispanoamericanas”.[2]

Los factores para conquistar dicha Independencia fueron muchos. El Imperio español había dado notables muestras de debilidad desde finales del siglo XVIII, después de haber sido el Imperio más grande y poderoso del mundo occidental (“el imperio donde el sol no nunca se puso”).

Para contrarrestar ese debilitamiento, la Corona dispuso una serie de reformas administrativas dictadas para la metrópoli española como para las colonias en América. A ese proceso se lo ha denominada como “Reformas Borbónicas”, pues éstas fueron impulsadas por los Borbones, la familia imperial que había asumido el control del Imperio a principios del siglo XVIII, alrededor de 1714.

«Tímidas y audaces, todas las reformas respondieron al deseo de la dinastía borbónica en España por retomar los hilos del poder en América –particularmente en Nueva España, la posesión más rica– iniciando así un proceso de modernización que duraría prácticamente todo el siglo».[3]

El propósito de esas reformas era retomar el control de las Provincias, que al ostentar independencia económica habían adquirido poco a poco una especie de “nuevo estatus” ante las autoridades nombradas por la Corona en las provincias.

Las reformas estaban enfocadas en eficientar la administración de los recursos para la mejor captación de éstos por parte de los funcionarios en beneficio de la Corona, abolir la corrupción, ordenar la producción, elevar los impuestos y aranceles, imponer el orden y respeto ciudadano hacia las autoridades peninsulares, entre otros.

Al contrario de devolver a España el poderío que había ejercido en los siglos anteriores en toda la América hispanohablante, las medidas reformistas impulsadas por la Borbones aceleraron los procesos independentistas. A comienzos del siglo XIX, países de América del Sur y América del Norte iniciaron guerras emancipadoras contra la tiranía imperial que se había prolongado por más de tres siglos.

El inicio del siglo XIX representó para el Imperio español sus últimos vestigios. Desde las últimas décadas del siglo anterior, el mundo occidental había sufrido cambios radicales: la Revolución estadounidense, la Revolución francesa, la emancipación de los esclavos haitianos en 1804, los conflictos internos al interior de la Corona, la Revolución industrial, la toma del poder por parte burguesía en los Estados europeos, la influencia del liberalismo, etc.

La invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte al territorio español en 1808, supuso el inicio del fin para el Imperio español.  A ello le siguieron las Cortes de Cádiz de 1812 —extendidas desde 1810 a 1813—, que significaron un importante paso para la libertad de los americanos.

«Las Cortes decretaron la soberanía nacional, la división de poderes, el reconocimiento de Fernando VII como rey de España —se había expulsado a los franceses—, y la igualdad entre españoles y americanos; pero también  una segunda categoría para privar de la “ciudadanía” a los negros y a las castas[4], que eran la mayoría de la población americana.

Se legisló sobre la publicación inmediata de todos los decretos en América, la organización de los tribunales de justicia  civil y criminal, la creación del Tribunal Supremo, la organización de los ayuntamientos, la libertad de imprenta, la libertad de cultivo y de industria, la abolición de los derechos señoriales y coloniales como la Encomienda, la Mita, el tributo indígena y los Repartimientos. También se abolieron los gremios, la tortura y la Inquisición».[5]

Antes de las Cortes de Cádiz, muchas provincias de América del Sur (la Gran Colombia: Colombia, Venezuela, Bolivia, Ecuador; Argentina, Chile, etc.) y América del Norte (México), ya habían obtenido su Independencia.

Como se ha escrito en múltiples ocasiones, la Independencia centroamericana no se conquistó a través de las armas (como sí ocurrió en el resto del continente), sino más bien por medio del consenso de la clase criolla que gobernaba las Provincias; misma que propugnó por una Independencia de escritorio antes de ver una guerra.

De ese modo, el sentido de libertad e independencia no tuvo para los centroamericanos el mismo efecto que para el resto de Estados de Hispanoamérica, pues mientras para Norte y Sudamérica la Independencia había significado años de luchas sangrientas contra las fuerzas del Imperio, para los centroamericanos aquello de la Independencia no fue más que una noticia de sus autoridades.

¿Qué significaba para el centroamericano ser independiente?, probablemente no mucho, pues no era una libertad que hubiese planificado o conquistado a través de la lucha. Quizá por ello el sentido de pertenencia, de nacionalidad y de “nación” tardó mucho más para Centroamérica que para aquellos Estados que sí conquistaron su libertad con sacrificio y sufrimiento.

Cuando el 28 de septiembre de 1821 se anunció la llegada de los Pliegos de Independencia a la capital Comayagua, la población no sabía a ciencia cierta qué era exactamente aquello de la Independencia; pues aunque comprendiera que ya no seríamos esclavos del Imperio, no hubo mayores cambios en la mentalidad y los imaginarios colectivos arraigados al modo de vida colonialista.

Aunque los líderes comprendieran de qué se trataba el Acta de Independencia, para la población sólo un hubo un cambio: el cambio de autoridades. Tal vez ello pueda explicar el porqué de las raíces coloniales del poder oligárquico y la vida comunitaria en Centroamérica, casi hasta hoy.

En pleno siglo XXI, Honduras (como Centroamérica) sigue experimentado formas de sumisión, colonialismo y dominio extranjero por parte de los Estados Unidos y organismos financieros internacionales.

Pero una cosa es segura: la Independencia del Imperio español que celebramos el 15 de septiembre de cada año, es una Independencia consumada.

Citas al pie. 

[1] Ver también: “Honduras, con miras al bicentenario”, El Pulso.

[2] Así lo ha definido el historiador Jonh Lynch.

[3] Jáuregui, Luis. Las Reformas Borbónicas. Disponible en: https://alatinacolonia2013.files.wordpress.com/2013/03/refborb-chmm-03.pdf

[4] En el periodo colonial se llamó “castas” a todo ciudadano que no fuera “blanco”, “indio” o “negro”, y que fuera el resultado de la mezcla entre éstas tres etnias.

[5] Gobierno de España, Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Disponible en: http://pares.mcu.es/Bicentenarios/portal/cortesCadiz.html

 

*Imagen de portada tomada de: Easypromos.

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