/CÓMO LAS MINORÍAS ACABAN IMPULSANDO EL CAMBIO SOCIAL

CÓMO LAS MINORÍAS ACABAN IMPULSANDO EL CAMBIO SOCIAL

Según un estudio, se necesita tan solo que un 25% de un grupo defienda una causa para convencer al resto.

Foto: Concentración en Barcelona feminista, (Xavier Cervera)

Por  / La Vanguardia

Cuando Tarana Burke comenzó en 2006 con la campaña MeToo nunca se imaginó que llegaría a ser un fenómeno masivo global y que millones de mujeres en todo el planeta acabarían denunciando públicamente, en redes sociales, las agresiones sexuales de que han sido víctimas. Eso sí, 12 años más tarde.

Entre medio, hizo falta que poco a poco más y más mujeres se fueran sumando a la causa. Aunque el punto de inflexión se produjo cuando la actriz y activista norteamericana Alyssa Milano en octubre de 2017 pidió a las féminas de todo el planeta que tuitearan con ese hashtag, #MeToo, sus experiencias. Ese tuit se retuiteó en pocas horas 24.000 veces y se estima que 1,7 millones de personas de 85 países distintos lo tuitearon al poco. Se hizo viral y propició movimientos de cambio social en muchos países, también España.

Pero, ¿puede una minoría acabar imponiendo sus convicciones a una mayoría? Un estudio de la Universidad de Pennsylvania concluye que sí, siempre y cuando esa minoría alcanza una masa crítica de al menos el 25% de la población. Es el único ingrediente que se necesita, aseguran, para conseguir provocar un cambio social a gran escala.

“Recientemente hemos sido testimonios del poder de redes sociales como Twitter y de movimientos como ‘Democracia real ya’ para actuar como revulsivos que generan un aumento del activismo social, como los movimientos Occupy o los Indignados”, explica en una entrevista a Big Vang Damon Centola, investigador de la Universidad de Pennsylvania y autor principal de este trabajo, que se publica en la revista Science.

“Nuestro resultados -prosigue- muestran cómo esos grupos activistas pueden inicialmente crecer lentamente en número hasta llegar a un punto crítico. Y entonces, una vez rebasan ese punto, su popularidad e influencia explota y son capaces de implicar a una población mayor. Lo hemos visto también, por ejemplo, con el movimiento #BlackLivesMatter, en Estados Unidos”.

Durante el último medio siglo se han realizado muchos estudios sobre cambio social que trataban de establecer cuál era la masa crítica necesaria de población para provocar un cambio en una norma social. Sin embargo, no se había alcanzado un consenso, algunos apuntaban que bastaba un 10% de la población y otros aseguraban que un 40%. Esos estudios se basaban en estudios de episodios concretos de la historia pasada. Pero la historia no se puede rebobinar para comprobar qué hubiera pasado si.

Lo que hacen Centola y sus colegas es desarrollar un modelo teórico que predice el tamaño de la masa crítica necesaria para inducir un cambio social y lo ponen a prueba con un experimento. Reclutan a 2000 voluntarios online, que dividen en 10 grupos, a los que les dan incentivos económicos para ponerse de acuerdo en una norma social. Una vez establecida, incorporan nuevas personas a esos grupos para ver si son capaces de incentivar un cambio de norma.

Lo que ven es que cuando las personas nuevas que se unen al grupo suponen menos del 25% del total de personas, apenas consiguen cambiar la opinión de un 6% de los participantes. En cambio, cuando suponen el 25% o más son capaces de persuadir al 100% de la población para adaptar la nueva alternativa.

“Lo que hemos visto en distintos experimentos es que una vez alcanzas el número mágico del 25% se produce un cambio dramático en el comportamiento de la gente: de golpe y de forma muy rápida, la mayoría de la población comienza a adoptar ese nuevo comportamiento”, explica Centola en una entrevista por correo electrónico.

Esos resultados, aseguran los autores del trabajo, se pueden aplicar a normas sociales que tienen que ver con el comportamiento social, pero también con actitudes comunes hacia ciertos temas, como el matrimonio gay, el aborto, la tenencia de armas o la igualdad de género. Por ejemplo, afirman los autores, puede aplicarse a cambiar la llamada cultura de empresa. En el lugar de trabajo continuamente interaccionamos con diversas personas, algunas desconocidas, con las que nos coordinamos para seguir unas determinadas normas sociales. Lo interesante de este estudio es que demuestra que, por muy establecidas que estén, esas normas sociales son flexibles y se pueden cambiar. Por ejemplo, para erradicar conductas como el acoso sexual.

“Sí se puede. Se puede cambiar la cultura empresarial de un lugar y erradicar las normas sexistas. Eso fue en buena medida lo que me inspiró para llevar a cabo este trabajo. Y hemos visto que si hay una masa crítica determinada, si se logra que más personas se unan a la causa, esas normas se pueden cambiar. A veces es incluso cuestión de sumar una persona más”, explica Centola.

Esa dinámica, no obstante, también puede ser un arma de doble filo. Si bien permite tener expectativas acerca del potencial de cambio propulsado por minorías, también pueden resultar una herramienta útil para controlar poblaciones.

“Es el lado oscuro. Esos mismos puntos de inflexión en las dinámicas sociales se pueden usar por parte de gobiernos y organizaciones para intentar controlar a la población. Es el caso del gobierno de China, que crea falsas cuentas en las redes sociales del país, como Weibo, para influenciar las discusiones online”, alerta Centola.

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