/COMO ERA VISTA TEGUCIGALPA EN 1902

COMO ERA VISTA TEGUCIGALPA EN 1902

CARTA DE DON ENRIQUE GUZMAN, COMEDIANTE NICARAGÜENSE. 1902

FRAGMENTO DE EL PESCADOR DE SIRENAS.

Estimado, me encantó recibir tu carta pidiendo mis recuerdos sobre mis múltiples visitas a Tegucigalpa en aquellos años de 1902. ¿Cómo era esa ciudad? Me parece haberte dicho que es un poco más pequeña que Granada. Sus calles son tan torcidas como las de nuestro pueblo, y mucho más angostas; hay varias del ancho del Palenque, y cuatro o cinco más estrechas todavía. El empedrado de las dichas calles se parece bastante al de las de León, lo que te hará comprender cuan malo es. El alumbrado público es muy inferior al de Granada, Managua y demás poblaciones de Nicaragua. (En ese entonces el único alumbrado público que se conocía era el de lámparas de kerosene). El agua de la cañería es turbia y abundante en la estación lluviosa, clara y escasa en la seca.

Queda el río que es hermoso, pero puerco: en él lavan toda la ropa de la ciudad y a él arrojan innumerables desperdicios inmundos. En ciertos puntos se puede cruzar ahora el río con el agua al tobillo, y aún a pie enjuto saltando sobre piedras.

De la iglesia de Tegucigalpa la única regular es la Parroquia.

El Palacio Nacional, en el que vive el Presidente y se reúne el Congreso, es de lo más feo que puede verse.

Cuatro coches hay en la ciudad; dos del gobierno, uno de Santos Soto y otro de don José María Agurcia. He visto dos carretones y un velocípedo.

El parque Morazán es más grande que un pañuelo; casi como el patio de la casa que fue de mis padres. Los jueves y los domingos de las siete y media a nueve p.m. toca la banda en el parquecito.

Hay aquí dos hoteles. El Restaurante de Juliana Ramírez es mejor que el mejor de ellos.

Dos mercados hay también: el de Tegucigalpa y el de Comayagüela. Ambos me parecen horribles y la suciedad en ellos excede a toda ponderación. Varias personas me han asegurado que desde que existen esos mercados nunca han barrido.

Abundan las legumbres en Tegucigalpa. Como frutas solo he visto naranjas (bastante ácidas), limas y bananos.

La leche es sumamente escasa y más cara que en San José de Costa Rica. El queso vale 40 centavos la libra cuando está muy barato. Ahora cuesta la libra un peso y dentro de dos o tres semanas costará 1.25. El café con leche es bebida de mucho lujo.

Esta ciudad se divide en dos partes: la una que propiamente se llama Tegucigalpa queda al norte del río, y la porción sur tiene el nombre de Comayagüela; en ésta última viví yo. Hay cada banda, mercado, cabildo, oficina telegráfica, etc., y en todo se gobiernan como si fuesen dos poblaciones distintas. La casa en que yo habité está a 40 varas del río y como a tres cuadras del hermoso puente por donde se pasa para ir a Tegucigalpa. Dicen que entre las dos ciudades hay quince mil habitantes, pero no lo creo; será a lo sumo doce mil. Me parece que Comayagüela y Tegucigalpa juntas no llegan en extensión al tamaño de Granada (como ya te dije antes). El movimiento comercial es muy pequeño: no hay coches, ni tranvías, ni más que dos o tres carretones. Con todo se encuentra aquí muy distinguida sociedad y mucho mayor cultura que en Managua.

El clima de Tegucigalpa es, para mi gusto, delicioso. Ahora no se siente ni frío ni calor (son las tres de la tarde); el termómetro centígrado marca 24 grados. En la mañana y en la noche se siente algún fresco; baja el termómetro por lo regular a 19 grados. Un día tuvimos 17 grados.

Ya don Juan Serra (súbdito italiano que vivió muchos años en Granada ejerciendo su oficio de relojero) está instalado aquí. Hace muy buen negocio. Le cae más trabajo del que puede hacer. Con frecuencia viene a verme. Le gusta mucho Tegucigalpa por su delicioso clima, por su aspecto pintoresco, porque no hay polvo y sobre todo porque circula plata buena y no billetes inmundos. Que casualidad. Poco hace te escribí diciéndote que en esta ciudad hacía falta un relojero. Ojalá pudiera venir un sastres, un zapatero, un dentista y un platero.

Dime si no se han inquietado allí con la noticia de que está en México la peste bubónica. En Tegucigalpa no dejó de causar ésto algún cuidado, aunque no se vio que hicieran nada para prevenir contra tan temible plaga; y por cierto que si la bubónica viniera a Tegucigalpa no quedaría con vida una sola persona, pues población más sucia que ésta no es posible verla ni aún imaginársela. Nicolás Jiménez se curaría del asco residiendo tres meses aquí.

Don Juan Serra que visitaba con frecuencia decía que le iba bien, pero que encontraba este país «algo bárbaro». Esto era en el mes de octubre de 1902.

Aquí ahora algunas observaciones que anoté en mi diario durante ese tiempo:

Del atraso de Honduras no tienen cabal concepto en el resto de América Central. La suciedad de la gente del pueblo de Tegucigalpa se le ve aquí en las mesas. A nadie le gusta en Tegucigalpa el aceite: nunca se le ve aquí en las mesas. Las Tegucigalpinas tienen por lo general la voz dulce y hermosa cabellera. Trino, Trina (Trinidad) es nombre común aquí en Tegucigalpa como en Costa Rica Adela, Adelia y Adelaida. Busqué cierto día un tarrito con goma o cola (gomera para escritorio) y me costó trabajo hallarla. He buscado un pañuelo de seda inútilmente en todos los comercios de Tegucigalpa; por fin se halló en un tenducho de chinos en Comayagüela. En la mesa de don Santos Soto —rara excepción— ponen aceite. Creo que en ninguna parte le ponen tanta agua a la leche como aquí; es carísima. No hay una sola librería, ni un dentista, ni un relojero. Otro nombre común entre las mujeres de Tegucigalpa es Camila. La mantequilla aquí es horrible, no la lavan, ponen la nata en un costal para que vaya poco a poco filtrándose el suero y ya está hecha la mantequilla, que hiede a cosa fermentada. Punto menos que posible es verles los pies a las mujeres de Tegucigalpa, porque andan muy mal calzadas. Todo el mundo le habla a uno del clima y del agua de Tegucigalpa; creen que son inseparables. Se usa muy poco el cepillo de dientes en Tegucigalpa. Es rarísimo ver dentaduras limpias en esta ciudad que se apellida culta. Mariana es otro nombre de mujer que se usa mucho en Honduras. La carne que se vende en Tegucigalpa es detestable. Planchan aquí pésimamente y tardan hasta dos semanas para volver a uno la ropa. Poquísimo se bañan en Tegucigalpa. Cuando uno dice que va a bañarse no falta quien le haga a uno esta observación: «se va a enfermar». La ensalada de lechuga la hacen aquí picando la hierba como el quelite para ataco en Nicaragua. En vez de vinagre y aceite, sal y pimienta, sumergen las hojas picadas en agua de azúcar. La mayor parte de las señoras y señoritas de Tegucigalpa huelen mal, porque a más de bañarse poco, se cambian cada quince días de ropa interior. Son rarísimas las casas de Tegucigalpa en que hay excusados y a las bacinicas las llaman mojoneras. No se usa en Tegucigalpa hacer regalos: son rarísimos. La cama en Tegucigalpa es una tabla, sin colchón ni cosa parecida.

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.