/CANTO VANDÁLICO: LA INSURRECCIÓN DE ABRIL EN EL NUEVO CANTO NICARAGÜENSE

CANTO VANDÁLICO: LA INSURRECCIÓN DE ABRIL EN EL NUEVO CANTO NICARAGÜENSE

Por Roberto Carlos Pérez

«Me duele respirar».

Álvaro Conrado

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El 19 de julio de 1979, flanqueado por Tomás Borge, Daniel Ortega dijo en tono exultante: «El triunfo nos compromete con los que dieron su vida, con los que nos precedieron en el combate, con los que con su sangre han permitido que hoy nuestro pueblo se encuentre libre de Somoza, libre de la Guardia Nacional, libre de la Oficina de Seguridad, libre de soplones».

  El joven guerrillero le hacía saber al mundo que el Frente Sandinista de Liberación Nacional, ya alzado con el poder, proponía una ética y una Edad de Oro, inédita en Nicaragua, que a su vez se conjugaría con el aura «mística» de la revolución.

No era la primera vez que un grupo de guerrilleros ofrecía la misma esperanza en Hispanoamérica. También Fidel Castro, en 1976, hizo estremecer los corazones del mundo ante la Organización de las Naciones Unidas al asegurar: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla». Ya los campos de concentración cubanos, destinados a matar disidentes y homosexuales, habían hecho correr la sangre.

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Desde que el Ramapithecus, nuestro descendiente más remoto, se tambaleó por primera vez hace catorce millones de años, el hombre se ha esforzado por distinguir el bien del mal.

Un poco más reciente en la historia, dos mil quinientos años atrás, en la Grecia del siglo V A.C., Sócrates se propuso diferenciar a través de la lógica lo correcto de lo incorrecto, lo moral de lo inmoral. A este ejercicio le fue asignado el nombre de ética, que proviene del griego ethos, cuyo significado es «costumbre» o «hábito». Por tanto, la ética es una virtud, y como tal debe ser practicada, pues sólo mediante el ejercicio constante puede ésta volverse una costumbre.

Esta rama de la filosofía ha ido siempre tras la idea de llevar una vida pacífica entre hermanos, sin perder, por supuesto, la soberanía de la cual todo individuo debe gozar. La ética es el ansia del hombre de controlar las pasiones o desmesuras que lo colocan fuera del orden social, y que rompen el pacto de respetar los límites que en su tiempo nuestros antepasados erigieron para protegerse entre sí. El fin la ética es alcanzar la felicidad.

La ética y la moral siempre han transitado la senda del pensamiento político, puesto que la política tiene como propósito hacer valer la justicia. Aun cuando en el siglo IV A.C. la democracia ateniense comenzó a hacer aguas cuando las ciudades-Estados se desbordaron debido a su expansión, el creciente número de habitantes y el ascenso de tiranos que poco o nada habían aprendido de los filósofos, la ética siempre mantuvo como premisa lo que Aristóteles propuso en su Ética a Nicómaco: no cometer injusticias y tampoco soportarlas.

Ya en el Renacimiento, los postulados de Sócrates, Platón y Aristóteles acerca de la ética y la moral se trasladaron de los tratados filosóficos a los géneros literarios producidos por los humanistas, entre ellos la poesía, el ensayo y la música.

Por eso, Francesco Petrarca dijo: «Cinco grandes enemigos de la humanidad están dentro de nosotros mismos: la avaricia, la ambición, la envidia, la ira y el orgullo. Si nos despojamos de ellos, gozaremos de la más completa paz». 

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Compuestas al calor de la Insurrección de Abril en Nicaragua, las canciones que componen el concierto virtual Canto vandálico (diciembre 12, 2018) demuestran que la ética que aquella mañana del 19 de julio de 1979 Daniel Ortega propuso como timón de mando, se estrelló contra la crueldad con la que ha asesinado a quienes desde el 19 de abril de 2018 se tomaron las calles para protestar contra su gobierno.

El proyecto sandinista, aun en su versión original, no podía construir el país de leche y miel que ofreció debido a que desde el momento en que sus dirigentes tomaron el poder, nada hicieron por impedir que la ambición, la ira y el resentimiento se adueñaran de sus líderes y seguidores que instauraron el reino de terror mediante las ejecuciones llevadas a cabo durante los primeros meses del triunfo. Era cosa de todos los días ver ajusticiamientos en las plazas y calles de Nicaragua. Luego vino la guerra y, en 1990, el desplome total de la moral con La Piñata, el robo más grande en la historia de nuestro país. 

Canto vandálico, título que proviene del epíteto con que Rosario Murillo bautizó a los disidentes de su dictadura, es la reacción musical de los jóvenes nicaragüenses ante el cinismo de quien se ha erigido como el monstruo bicéfalo que asesina y se viste de oro robado, el oro negro hurtado a Venezuela con el que se ha enriquecido a sí mismo y a su familia. Este monstruo también se ha vestido con el dinero timado a los nicaragüenses del que se ha valido para construir una maquinaria de torturas y asesinatos sin parangón en Hispanoamérica. La ética ofrecida por Daniel Ortega y el sandinismo se desvaneció en el aire. 

Los jóvenes músicos de Canto vandálico le dicen en el rostro a Daniel Ortega y a Rosario Murillo que, al menos en el plano musical, sus pasiones han encontrado un reclamo en estas composiciones debido a que sus crímenes han alcanzado niveles nunca vistos en Nicaragua.

Dice Andrés Somarriba en «A ruido y libertad»:

En una barricada

ahora izamos la esperanza.

Los ojitos de una niña

nos alumbran el mañana. 

¡Libertad!

Canto vandálico exalta la libertad y condena la injusticia, los hurtos, las torturas y asesinatos, recordando a los que como Alvarito Conrado han ofrecido sus vidas. Estos cantos también detallan las vejaciones de la dictadura Ortega-Murillo, que van desde negarle atención médica a los heridos en hospitales públicos y privados, hasta asediar las barricadas construidas en ciudades como Monimbó para protegerse de la Juventud Sandinista y los paramilitares, a las masacres perpetradas en las multitudinarias marchas que se han llevado cabo en toda Nicaragua. Dicen a viva voz: «¡Que se vaya el dictador!».

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En contraste con los cantos de la revolución sandinista, tales como los de grupo Pancasán, Mancotal y algunas canciones de Carlos y Luis Enrique Mejía Godoy, las composiciones de estos jóvenes no transmiten rencor.

No dicen, como Pancasán: «Ya Sandino les dio su lección/y si no se van/aquí está mi brazo para empuñar el fusil/y darles su cachimbazo», o como los cantos de Guitarra armada: «Yo soy la munición por excelencia,/sin despreciar a nadie en esta lid./Mis posibilidades en la guerra/explican el por qué yo estoy aquí./Como incendiaria grito siempre lista,/y como perforante rauda voy,/yo soy la roja y negra sandinista,/yo soy por vocación la munición».

Jandir Rodríguez, en cambio, responde en la canción «Héroes de abril», no incitando a la guerra, sino a deshacer el odio con amor, la única fuerza capaz de unir a los hombres a fin de ver una Nicaragua emancipada de toda ruindad:

Hola, ¿qué tal?

Soy la Nicaragua,

la valiente mujer pencona que sus hijos llora hoy.

Voy a contar cómo esos mismos hijos

sin dudarlo han defendido

a su patria con amor.

A las balas que diseminan el rencor de Daniel Ortega y Rosario Murillo, estos jóvenes les responden con valores universales como la libertad, la justicia y la compasión; todo lo contrario de las canciones de la revolución sandinista, con las que sus cantores le replicaban a Somoza con lo mismo que le imputaban: odio y plomo.

Curioso es que ninguno de los compositores de Canto vandálico se valga del Son Nica, el ritmo folclórico nicaragüense por excelencia, como lo hicieron los hermanos Mejía Godoy en los ochentas, para cantarle a la Insurrección de Abril.

Con esto parecieran decirnos que la música autóctona nicaragüense no debe ser usada como alabanza política. En cambio recurren al rock, a la balada, al rap, a la trova, y a los ritmos propios del pop contemporáneo para relatar la tragedia nicaragüense. 

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Canto vandálico es ya un hito en la historia musical de Nicaragua, puesto que viene a ofrecernos nuevas memorias y nuevas esperanzas, muy diferentes a las que nos ofrecieron los sandinistas con aquel multitudinario concierto presentado en Managua del 18 al 23 abril de 1983, bajo el título Concierto por la paz en Centroamérica, en el que participaron Silvio Rodríguez, Los Guaraguao, Mercedes Sosa, Luis Rico, y Amparo Ochoa, entre otros.

A diferencia de aquellos músicos, los de Canto vandálico, cuyo concierto fue presentado a través de las redes sociales, las grandes aliadas de la Insurrección de Abril, sobreponen el amor al odio, la compasión a la violencia, pues ansían una Nicaragua libre y feliz, lejos de toda mezquindad.   

En contra del riesgo que implica disentir en Nicaragua, los compositores de Canto vandálico alzan la voz y denuncian los ultrajes de la dictadura, y le piden al cosmos, al destino, a la vida, como lo hace la banda Garcín: «Que no me arranque el alma una bala/y se apiade el cielo de nosotros».

Contra la mentira y el odio se alza este canto en una Nicaragua empeñada en sacudirse la maldad, acaso diciendo como alguna vez dijo Pablo Antonio Cuadra:

Yo asistí cuando niño al nacimiento del canto:

tal vez una llanura,

un recodo verde-alegre con árboles moviéndose,

  quizá un sentimiento original, quemante,

una mirada lenta como líquido amor que me llegaba;

¡Yo no sé si recuerdo!

           (Canto temporal, 1943)


Ilustración de la portada de Juan García

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.