Honduras

La Alianza es por el poder, no por el pueblo

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La Alianza política entre el Partido Libre y lo que queda del Partido Anticorrupción es una alianza por el poder, no por el pueblo. Todo alianza política es por ello, y la historia está llena de esos ejemplos. En la Segunda Guerra los Estados Unidos se aliaron con Rusia para vencer a un enemigo común: Alemania. Una vez vencidos los nazis, ellos se “repartieron” el mundo.

Si la Alianza es la representante de la renovación política y administrativa del Estado por qué, en principio, siguen eligiendo líderes tan viejos en el ejercicio del poder como Manuel Zelaya, Rafael Alegría, Juan Barahona, Rixi Moncada y compañía, si nadie desconoce que éstos son los mismos que han formado parte de los diferentes gobiernos desde hace décadas.

¿Qué es eso nuevo que tiene la Alianza para Honduras? No hay nada nuevo. Lo nuevo en ellos es su nueva aspiración de llegar al poder, como corresponde a cualquier institución política. En cuanto a ambición por el poder, no hay mayor diferencia entre el Partido Liberal, el Partido Nacional  y la Alianza Opositora. Son todos políticos.

Cualquiera que comprenda los procesos históricos de Honduras —a excepción de los intelectuales activistas que sólo desconocen lo que perjudica su propia posición política— sabría que en Honduras existe solamente una clase política: la clase política oligárquica y burguesa a la que pertenecen Manuel Zelaya y Salvador Nasralla respectivamente.

Quizá nadie duda que la militancia de la “izquierda” —entrecomillamos el término porque no existe una izquierda como tal—, es el oro más preciado de Honduras. Hablo de los campesinos, obreros, oficiantes, etc. Es decir, la gente pobre que lucha y trabaja duro por un país mejor; que desconfía con toda razón de la clase política representada por los dos partidos históricamente pudientes (el PL y el PN); y que sacrifica tanto para seguir a predicadores mesiánicos cuyo único real objeto es el poder.

No es ellos a quienes nos referimos, sino a quienes pretenden hacernos creer —asumiéndonos incautos— que ellos son la «única opción», la «única esperanza salvadora» para Honduras.

Esto no significa que el PL o el PN son una opción mejor que la Alianza. Está escrito en piedra que éstas dos instituciones son las absolutas responsables de los grandes e infames crímenes contra la administración pública, contra el pueblo. Votar por ellos es  retrógrada y auto flagelante.

El problema entonces no es «no votar» por ellos, sino por quién votar, dado que la Alianza es tan demagógica como el PL y el PN.

La Alianza hace promesas que no puede cumplir. ¿De qué forma es posible (o hasta qué punto) que los pobres en Honduras no paguen electricidad si la inmensa mayoría de hondureños somos pobres y pobres extremos?, ¿es realmente visionario seguir subvencionando la energía en un país cuya empresa energética está al borde de la muerte?, ¿Cómo implementarán la tan ansiada reforma agraria (inconclusa desde el gobierno de Joaquín Rivera a mediados de la década de 1830)?

¿Podrá el hipotético gobierno de la Alianza hacer que el costo de los combustibles sean los más bajos de Centroamérica considerando que la situación de Venezuela —proveedor del gobierno de Zelaya, quien sí logró combustibles baratos— no es la misma de hace 8 o 10 años? La respuesta no parece alentadora.

Los ejemplos del fracaso de la izquierda latinoamericana sobran. Sus gobiernos han sido tan corruptos como aquellos de las derechas que relegaron por primera vez a la oposición. ¿Existen salvedades? Sí: Ecuador y Bolivia, cuando menos hasta ahora.

Cada vez que escuchamos a Nasralla y Zelaya decir que «cuando la Alianza llegue al poder los problemas del país se acabarán», uno puede más que descreer. Ninguno de ellos nos ha dicho cómo lo harán, con quién, cuándo, para qué, o con qué recursos.

A uno no le queda más que imaginar un mundo ideal. Por ejemplo, imaginar que cuando lleguen al poder —si llegan— Honduras será un país totalmente distinto casi de forma automática; por lo menos así nos lo presentan.

Según ellos, cuando la Alianza llegue al poder se acabará la corrupción, la delincuencia común y organizada, el narcotráfico (cuyo auge inició en el gobierno liberal de Manuel Zelaya, por cierto), la pobreza, la desigualdad, la violencia homicida, la inseguridad pública, las migraciones; habrá empleo para todos, y todos viviremos felices para siempre.

Pero no. Los desafíos de Honduras no se resuelven con discursos exaltados. Ramón Rosa —el gran estadista hondureño— escribió que «el Estado no se administra con rencores, envidias o pasiones, sino con conocimientos prácticos; porque el gobierno es una ciencia, y por tanto su administración es una experiencia científica».

Los visos de tradicionalismo político en los representantes de la oposición se han evidenciado en el desmembramiento interno del Partido Anticorrupción (PAC), o en el pasado fraude electoral propiciado a lo interno del Partido LIBRE, promovido y ejecutado por los miembros del partido, reconocido públicamente por sus autoridades y catalogado como «un acto de vergüenza» por el propio Tribunal de Honor de la institución.

Eso sí, nadie puede negar que la intención de voto de los hondureños (a nivel presidencial) está volcada sobre la figura de Salvador Nasralla, por encima de la figura del reeleccionista Juan Orlando Hernández. Así lo indican varias encuestas. ¿Y el Partido Liberal? Por ahora no cuenta, no es un contendor primario.

En el supuesto que Nasralla venza en las elecciones generales de noviembre, arrebatando así el ejecutivo al oficialismo, ¿cuál será el nivel de gobernabilidad de su gestión si el PN gana el Congreso Nacional y la Corte Suprema de Justicia?

La Alianza Opositora tiene un duro camino, pero peor sería una tercera victoria consecutiva del PN. Eso sería regresar 40 años hasta la época del Reformismo Militar. (AF)

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