/ACADEMIA Y ESTADO EN HONDURAS, 1841-1845.
Fotografía: Cortesía

ACADEMIA Y ESTADO EN HONDURAS, 1841-1845.

SOBRE EL SURGIMIENTO DE LA “ACADEMIA” EN OCCIDENTE.

Por Albany Flores


A diferencia de lo ocurrido en los estados europeos a partir del periodo Gótico, en la Baja Edad Media, cuando las universidades surgieron como resultado del desarrollo económico de sus estados, impulsados por una burguesía creciente —aunque todavía incipiente—, que a la vez provocó diversos e importantes cambios en la sociedad de la época, en América Latina, las universidades no surgieron como consecuencia del crecimiento de los Estados hispanoamericanos, sino más bien a la inversa: las universidades han desempeñado un rol determinante en la creación, fortalecimiento y consolidación de sus estados.

En general, el mundo intelectual de los pueblos de Occidente del siglo XIII se tradujo en una sed “universal” de progreso que se manifestó en la experimentación y en la enseñanza[1]. En el periodo Gótico, la clase burguesa cumplió una función de gran transcendencia no sólo en el desarrollo del capital, en la creación de medios laborales, en la financiación de proyectos y obras de arte, en el manejo y ejercicio directo del poder —lo que sólo pudo lograr hasta la época contemporánea con la Revolución francesa[2]—sino también en la creación de nuevos elementos de la vida europea y occidental. De hecho, el historiador José Luis Romero ha sugerido que el gran paso en la transición del Feudalismo a la Época Moderna, fue justamente la imposición de la conciencia burguesa frente a la conciencia feudal[3].

La Universidad gótica representó el adelanto científico y la importancia de la ciudad libre. Desde ella, los intelectuales, pensadores y artistas, teorizaban sobre los asuntos más puntuales en la sociedad, potenciando con ello el sentimiento de progreso y libertad que imperó en todo el periodo. En un principio, la Universidad funcionó en las pequeñas capillas de las ciudades —convertidas en aulas[4]—, por lo que el método de estudio en los centros de enseñanza fue el metafísico-escolástico, suplantado por el método lancasteriano en el siglo XIX. La Universidad se convirtió desde ese periodo, en una institución de imprescindible relevancia para el ordenamiento de los Estados que buscaban el progreso. Los conocimientos y saberes impartidos en ellas pasaron a tener un mayor significado: el de proporcionar a la administración de los gobiernos locales y nacionales[5]un espectro público, patrones de enseñanza, normas de conducta social,  elementos culturales, repunte intelectual, identidad y sentido de pertenencia; además de la investigación científica que permitió la proliferación de la inventiva que tomó forma en tiempos del Renacimiento; que a la larga resultó vital en el desarrollo del comercio, la guerra, y el ascenso de la burguesía como clase dominante.

LA UNIVERSIDAD CREADORA DE ESTADOS[6].

Como se ha mencionado, una de las principales características de la Universidad en América Latina, ha estribado en la importancia de esta institución en la formación y fortalecimiento del Estado. Sobre la mencionada función, el ensayista Imanol Ordorika, refiriéndose particularmente al caso del Estado mejicano, ha postulado lo siguiente:

«La UNAM, al igual que otras UCE  —Universidades Creadoras de Estado[7]— latinoamericanas, como la Universidad de Buenos Aires, la Universidad Nacional de Córdoba, la Universidad de Sao Paulo y la Universidad Central de Venezuela, son universidades dominantes en el terreno de la docencia y la investigación; además han sido centrales en la construcción de las condiciones materiales para la expansión y consolidación de sus respectivos estados, así como para la legitimación intelectual y social de los mismos[8]».

Los procesos de construcción estatal y nacional en Latinoamérica se han desarrollado paralelamente, como es el caso puntual de la Universidad y el Estado de Honduras, y aún de aquellos territorios donde la Universidad existió desde el periodo Colonial: México, Perú República Dominicana o Guatemala. Ordorika Sacristán, deteniéndose en el caso de la UNAM, y viéndola como modelo de la Universidad Latinoamericana, intenta explicarnos de qué manera el papel desempeñado por las universidades en la consolidación de sus respectivos Estados, ha estado supeditado a diversos y prolongados procesos:

«La historia de esta institución se remonta hasta 1553 con la fundación de la Real Universidad de México. Después de sufrir múltiples transformaciones durante siglos, la institución fue reconstituida en 1910. Le tomó casi todo un siglo a la UNAM alcanzar el pleno desarrollo de los atributos de una universidad constructora de Estado[9]».

En Honduras, el papel desempeñado por la Universidad (UNAH) en la construcción del Estado ha sido trascendental en el ordenamiento[10] jurídico del territorio geográfico, en la formación de hombres doctos para la administración pública; y como otras universidades de la región: « […] ha jugado un papel crucial en la creación de instituciones claves para el Estado, como los sistemas de Salud Pública y de Justicia. La Universidad Nacional también ha desempeñado un papel principal en el diseño de innumerables organismos y oficinas gubernamentales, y en educar y otorgar títulos a los servidores públicos que los dirigen[11]Al mismo tiempo, la Universidad estuvo presente en la formación de la clase política gobernante, asegurándose de la creación y recreación de una cultura nacional[12].

LA ACADEMIA EN EL GOBIERNO DE FRANCISCO FERRERA.

Pasada la época federal, Honduras se vio inmersa en un periodo de inestabilidad política, económica y social, denominado época de la Anarquía o la época de la reacción conservadora[13]. Dicho momento provocó una serie de conflictos armados y rebeliones, que en definitiva favorecieron mucho más al poder caudillista que a la consolidación misma del Estado.

«Desde esta perspectiva es válido afirmar que la guerra contribuyó a dibujar más claramente el perfil de algunos caudillos y, a lo largo del proceso se produjo una convergencia entre la autoridad del jefe militar y la legitimidad de su poder […] Sobre todo si se considera que existe una interrelación entre el conflicto armado y la generación de condiciones para el surgimiento de atributos de estaticidad, al igual que la construcción de naciones y sujetos políticos[14]».

Fue a partir de la década de 1840, cuando surgieron, a nuestro juicio, los verdaderos primeros intentos de creación de una Academia Hondureña de Estudios que estuviera directamente ligada al desarrollo del Estado; una Academia que al contrario de lo que prevalecía en el territorio —revueltas milicianas personalistas—, construyera un sistema de enseñanza pública elemental, basado en la difusión de las artes y las ciencias. De hecho, además del Colegio Tridentino de la Villa de Santa María de la Nueva Valladolid de Comayagua, fundado mediante Real Cédula por el Obispo Fray Antonio Guadalupe López Portillo en 1678, y clausurado definitivamente alrededor de 1860, por la fundación de la Universidad Estatal, probablemente no hubo en Honduras otras instituciones importantes orientadas a la formación del pensamiento.

El gobierno de Francisco Ferrera[15], en ese sentido, fue un gobierno de transición educativa, pues en él se promovieron importantes prerrogativas, decretos y políticas públicas al servicio de la educación y la instrucción pública de la ciudadanía; proceso en el que se involucraban las autoridades estatales, locales y civiles, los hombres de abolengo, la élite económica y la ciudadanía. Sobre esto, con motivo de la inauguración del Colegio de Tegucigalpa, el Jefe Político de ésa ciudad escribía:

«Grande es el placer que experimenta mi alma al presenciar el día de hoy  tan augusta reunión. Ella tiene por objeto la instalación de un colegio en el que la juventud del departamento va a recibir lecciones de Aritmética, Geografía, Gramática Latina y Moral […] El anhelo de los padres de familia, su generosidad para proporcionar los gastos, la actividad y el desinterés de los dignos preceptores, y la protección del Supremo Gobierno[16] son los únicos elementos con que hasta ahora se cuenta[17]…».

Por un lado, los padres de familia no sólo proporcionaban motivación y disciplina a los jóvenes estudiantes (sus hijos); ofrecían el financiamiento de los gastos en que incurrían los centros de enseñanza para su funcionamiento, ya fuera por cuestiones de infraestructura, utensilios, logística, pago o importación de maestros; como fue el caso particular del maestro español Manuel Domínguez, quien al parecer contaba con su propio método de estudios. Los padres de familia, puntualmente los acaudalados (de mayoría hacendados), entablaron una especie de alianza estratégica con los gobiernos de turno para cimentar academias de estudio que a la larga los beneficiaría a ambos.

Esta alianza consistió en que el Estado, a través del gobierno, crearía un espectro jurídico mediante la emisión de ordenanzas y decretos a favor de la instalación y oficialización de los centros de estudio, con el único fin de instruir a la población para beneficio de la producción, el comercio y la administración pública: o sea la “protección del Supremo Gobierno”, como manifestaba en su discurso el Jefe Político de Tegucigalpa. Por su parte, los padres de familia —encargados del financiamiento y sustento de los centros—, se verían beneficiados con la educación de sus hijos, mismos que al culminar su instrucción, ocuparían los principales puestos de gobierno en la administración pública; lo que favorecía a sus familias con prestigio, influencias, prebendas y favores políticos de los gobiernos.

Los líderes políticos, conscientes de la importancia que representaban los aportes de la clase pudiente en la formación del Estado, invitaban a ésta a incentivar a sus hijos con “sanos mandamientos y consejos, procurando su diaria concurrencia, su continua aplicación al estudio; y a no omitir sacrifico alguno, ya fuera pecuniario o corporal”[18] para dichos propósitos; pues sólo los jóvenes instruidos, reacios al vicio y apegados a la virtud harían posible la “carrera por la civilización, llegando a ser las columnas de la patria[19]”.

Por su parte, los alumnos del recién inaugurado Colegio de Tegucigalpa también se pronunciaban sobre la alegría de contar con un centro de instrucción. Uno de ellos escribía en El Redactor Oficial:

«Amados condiscípulos, hoy ve nuestra patria lo que nunca había visto, quiero decir, un establecimiento literario: hoy ve plantarse en su fértil suelo un árbol que le dará copiosos y dulcísimos frutos[20]…».

Esa alianza entre la élite económica y el Estado daría como resultado una “oligarquía ilustrada”, es decir, la oligarquía política cafetalera y hacendada que acabó por imponerse a la vieja élite política de tradición colonial que se mantuvo en el poder del Estado hasta la llegada de la Reforma Liberal[21].

Durante las administraciones de Francisco Ferrera (1841-1845) y José Coronado Chávez (1845-1847), el Estado hondureño urgió de un aparato intelectual capaz de hacer frente a un Estado que lo era solamente en teoría, y que no contaba con muchos hombres lo suficientemente letrados que organizaran y lideraran al Estado nuevo. Esto, por otro lado, se presentó, como es lógico, en una ex-Provincia hispana que recién había obtenido su “Independencia absoluta” en 1838; sólo unos años antes de los gobiernos de éstos.

Al parecer, la iniciativa de crear una academia de estudios al servicio del Estado había sido formulada por el maestro olanchano Justo Rubí, quien había sido beneficiario de una beca otorgada por el gobierno de Joaquín Rivera para realizar estudios de profesorado en el Liceo Minerva de Guatemala.[22] Esta idea había sido manifestada en una carta[23], en la que el  maestro aducía que: «Sólo las ciencias y las artes nos librarían de la sangre, las revoluciones y la infelicidad [24] ».

Para Rubí, una academia de estudios posibilitaría un óptimo crecimiento económico, político, social e intelectual del Estado; y proponía que se suprimieran los altos sueldos de la administración pública, pues «… sólo así tendríamos una Hacienda que nos permitiría formar una Academia de Ciencias[25] ». El mismo Rubí escribió otras cartas con la misma finalidad, como la dirigida desde Juticalpa a Manuel Morejón y Antonio Morejón, en octubre de 1841[26]. Lo increíble fue, que por expresar aquellas intenciones sobre la urgencia de una academia de estudios en el territorio, Rubí fue acusado de turbador de la paz y de la soberanía nacional[27].

La necesidad de la formación de centros de estudio superiores tenía diversos factores.  De hecho, una de las causas principales de los intentos por crear una academia había radicado en la separación familiar  a la que debían someterse los jóvenes que podían costearse el viaje y la estadía en Guatemala, México o Europa. Ante tal dificultad, el artículo “Independencia literaria” manifestaba que una de las propuestas con que la academia beneficiaría a la comunidad hondureña sería que: «Los padres de familia ya no tengan que hacer el gran sacrificio de arrancar a un hijo querido para ir a un país remoto en busca de una educación que tal vez ni consiga[28]».

Al parecer, las cartas de Justo Rubí, el aunado “esfuerzo” de otros intelectuales, más el esfuerzo e influencia de la élite económica, cobraron fuerza en la pequeña comunidad letrada[29], en algunas publicaciones de la época, y en los gobiernos. El Redactor Oficial de Honduras, para el caso, publicaba:

«No puede configurarse que haya hondurense que no demuestre su amor patrio procurando establecer la ilustración, sin la cual la sociedad nunca se verá librada de la miseria[30]».

Como puede notarse, la necesidad de una clase letrada —pregonada desde la Colonia hasta José Cecilio del Valle—, tomó mayor relevancia en el periodo post-independencia federal (1938), particularmente con la apertura de personajes ilustrados como Joaquín Rivera, cuyo gobierno introdujo en el territorio el método lancasteriano de enseñanza, a pesar de que el mismo sólo se utilizó, en la práctica, con la sustitución del sistema Metafísico por el Positivismo, con la inauguración de la Universidad Central de Honduras, durante el gobierno de la Reforma.

A MODO DE CIERRE.

Existió una especie de homogeneidad en los elementos constitutivos del Estado hondureño de la época, pero todos sus componentes —político-intelectuales— fueron como el Estado en sí, de un carácter simplista, o sea, netamente incipiente. De este modo, coexistió entre ambos (Academia-Estado), una especie de dualidad que dificultó el crecimiento de ambas instancias: la educación incipiente no permitía el desarrollo del Estado incipiente, y viceversa. Pese a ello, fue durante las administraciones de Francisco Ferrera y  José Coronado Chávez (1845-1847), cuando esa realidad comenzó a transformarse favorablemente; primero con la fundación de la Sociedad del Genio Emprendedor y del Buen Gusto, y después, con la transformación y oficialización de ésta en la Universidad de Honduras, en el primer mandato de Juan Neponucemo Lindo.

 

Citas.

El presente es un apartado del libro inédito “Honduras: relaciones históricas entre Academia y Estado (1838-1848)“, perteneciente al autor de este artículo. © 2016.

[1]Viñuales, Jesús, D´ors, Carlos, et., al.,Historia del Arte, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1era reimpresión, Madrid, España, p. 345.

[2] Léase: Vovelle, Michel. Introducción a la Revolución francesa, Barcelona, Editorial Crítica, 2,000.

[3] “[…] la conciencia burguesa representa mucho más de lo que esconde, puede decirse que es una de las formas peculiares de conciencia occidental, y por eso ha caracterizado una de las etapas de nuestra cultura”. En: Romero, José Luis. El ciclo de la revolución contemporánea, “dos enemigos frente a frente”, Fondo de Cultura Económica, México, D. F, 2004, p. 23.

[4] Viñuales, Jesús, D´ors, Carlos, et,al., “Historia del Arte”, p. 345.

[5] Hobsbawm, Eric. Naciones y nacionalismos desde 1780, Crítica, Grijalbo Mondadori, 1ra edición, traducción castellana de Jordi Beltrán, Barcelona, España, 1991.

[6] En referencia al artículo de: Ordorika Sacristán, Imanol.  La Universidad constructora de Estados, El siglo de la UNAM; vertiente política e ideológica del cambio institucional, 1ra edición, Editorial Rodríguez, México DF, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa- UNAM, 2013, pp. 105-130.

[7] Intervención agregada al escrito por el autor de este ensayo.

[8] Ordorika Sacristán, Imanol., p. 108.

[9] Ibíd.

[10] Reyna Valenzuela, José. Historia de la Universidad, Editorial Universitaria, UNAH, Tegucigalpa, Honduras, 1976. CFR.

[11] Ordorika Sacristán., p. 109.

[12] Ibíd.

[13] Este periodo ha sido ubicado generalmente entre el fin inmediato de la República Federal de Centroamérica y el comienzo del gobierno de Coronado Chávez, (1838-1845). Premió en él la inestabilidad política y el desorden social, producidos por la inexperiencia de la clase gobernante en la administración de un Estado independiente.

[14] García Buchard, Ethel. “Las disputas por el poder  durante la primera etapa  del proceso de construcción estatal  en Honduras (1839-1845)”, Revista intercambio, año 4, N° 5, 2007, p. 47.

[15] Fue en el gobierno de Francisco Ferrera cuando se retomó la iniciativa de construir centros de enseñanza en las principales ciudades (Comayagua y Tegucigalpa), fundándose el Colegio de Tegucigalpa y el Colegio de Comayagua en 1841. Véase: El Redactor Oficial de Honduras, edición del 30/09/1841.

[16] El subrayado es nuestro.

[17] Archivo Nacional de Honduras (en adelante por las siglas ANH), El Redactor Oficial de Honduras, edición del 30/12/1841, N°24, p. 125.

[18] Ibíd.

[19] Ibíd.

[20] Ibíd., p. 126.

[21] Torres Rivas, E., Revoluciones sin cambios revolucionarios, “Las raíces coloniales del poder oligárquico”, F&G editores, Guatemala, 2011. CFR.

[22]«La idea de la Academia de estudios, transformada más tarde en Universidad, surgió de una proclama revolucionaria del maestro Justo Rubí». En: Alvarado García, Ernesto. “Antecedentes históricos y misión de la Universidad de Honduras”, discurso leído en el Paraninfo de la Universidad de Honduras, Revista del Archivo y Biblioteca Nacional de Honduras, tomo N° 26, p. 112.

[23] ANH, El Redactor Oficial de Honduras, edición del 15/09/1841, pp. 106–107.

[24] Alvarado García., p. 13.

[25] Ibíd., p. 114.

[26] ANH, El Redactor Oficial de Honduras, edición del 15/09/1841, pp. 105.

[27] ANH, El Redactor oficial de Honduras, edición del 15/11/1841, pp. 113.

[28] ANH, El Redactor Oficial de Honduras, edición del 15/09/1841, p. 111.

[29] Ver: Amaya, Jorge Alberto. Historia de la lectura en Honduras en Honduras, 1876-1930, Sistema Editorial Universitario UPNFM, Tegucigalpa, Honduras, 2009.

[30] ANH, El Redactor Oficial de Honduras, edición del 30/11/1841, p. 117.