LITERATURA

Aborto: un cuento que no es cuento

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Yo sabía que no tenía que ir a la casa del Lalo, pero ahí iba a estar su mejor amigo, el Gonzalo, “Cuasi”  le decían, no sé por qué. Eran como las dos de la tarde y ellos estaban tomando desde las 10, habían hecho la cimarra, yo tenía 13 y ellos 15. Lo importante de que estuviera el Cuasi es que así Lalo no se ponía cargante con que tiráramos, yo no lo había hecho nunca y, la verdad, no me daban ganas.*

 Como a las 4 se acabaron las chelas y empezamos a tomar vodka con jugo de naranja en polvo, a las 8 pm llegaba la mamá del Lalo así que había tiempo. El cuasi se ofreció para ir a comprar hielo, pero Lalo dijo que era responsabilidad del dueño de casa.

 Se cerró la puerta tras mi pololo, y su amigo se transformó en una bestia, me empujó contra la pared, me dijo que él sabía que me hacía la cartucha, me tiró a un sillón, con una mano me tapaba la boca y con la otra me bajaba el pantalón. Me dolió, pero más me dolía la espalda en mi contorsión arriba de la silla dura, pensé: “no puede ser, me están violando. No grité, solo pateaba. Me fui de mi cuerpo, eso no me estaba pasando a mí, una vez que estuvo listo me ayudó a vestirme y me dijo: “puta que se demora este hueón, no le digai ná, si él sabe que eres calienta sopa. Me lo ha dicho”.

Salí con un solo zapato a la calle, hasta un paradero donde me traté de armar, a pesar de estar ya totalmente desarmada y para siempre, llegué a casa y me duché, me bañé con un Rinso que había en un pocillo, me hice tira la piel, pero no quedaba limpia.

 Una sola cosa tenía clara, no podía contarle a nadie. A nadie.

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Al Lalo no lo vi más, me invitó un par de veces a su casa, pero pronto conoció a otra mina. Al Cuasi lo veía siempre, vivía cerca. No me saludaba, me ignoraba, yo no existía.

 Tiempo después, no sé cuánto, fuimos al súper con mi mamá, y ella echó toallitas higiénicas al carro, ahí caí en cuenta que no había ocupado las del mes pasado y quedé helada, de verdad me habían violado, me estaba pasando a mí, y quizás estaba embarazada de esa bestia.

 Llegué a la casa, Googleé cuánto vale un test de embarazo. Cinco lucas, mierda, tenía dos. Hice galletas, las llevé al otro día a la escuela, hice cinco lucas, pasé de vuelta a la farmacia y después de cinco minutos supe que me iba a morir, que este dolor tan grande del violador, seguía ahí después de tantas noches, ahí y para siempre sentí esa sensación de nunca poder volver a salir a flote, estaba en un foso.

 Y me bloqueé, no quise creer que fuera cierto. No le dije a nadie, dejé de comer para no engordar, trasladaba cosas pesadas, odiaba a ese bicho que tenía adentro, soñaba con enterrarme un cuchillo justo al medio, mi mamá se dio cuenta, obvio, me obligó a acostarme en la cama, me revisó el vientre, no dijo nada más y fuimos a un ginecólogo, confirmó que tenía 10 semanas.

¿De quién es?, me dijo mi madre, conteniendo la rabia frente al médico.

Cómo sea hay que hacer una denuncia, es menor de edad, dijo el tipo con cara de que le pasaba todos los días. Y llegó una paca y le conté todo, me preguntó si había tomado, le dije que sí, y bajó los brazos como si se le alivianara mucho el trabajo.

 “13 años y ya pintaste pa puta”, gritaba mi mamá marcando mil teclas del teléfono que no llevaban a ningún número sólo por hacer algo. Estaba mal, me dio pena.

 Señora esta es una situación más compleja, dice la paca. A su hija la violaron, es un delito.

 Pero está embarazada, qué vamos a hacer, gritaba alzando los brazos con el celular. Eso lo tiene que ver el médico señora, no nosotros.

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Sentía que todos hablaban por mí, nadie me preguntaba, No tendría ese monstruo. Primero muerta, nos fuimos a la comisaría, di los pocos datos que tenía de Gonzalo. Quería morir ahí.

 Llegó mi papá, “vas a traer un guacho” fue lo único que dijo y la última frase que me dirigió, casi la última, en realidad, la otra fue meses después “por favor quédate encerrada en la pieza y no te asomes, que hay visitas y no quiero que te vean embarazada”, hacían 33 grados de calor.

 Me quiero hacer un aborto dije, la paca me miró y burlona dijo “eso está prohibido en Chile, esa guagua tiene vida propia, no es tuya¨.

 Los exámenes del médico legal fueron insuficientes, había pasado mucho tiempo. Por qué no denunciaste antes me preguntaban, yo callaba porque no me atrevía a decirles que eso no me había pasado a mí, que era otra Danitza la violada, no yo.

 No vas a abortar, me dijo mi madre, esa criatura no tiene culpa que su mamá sea una puta, y se acabó la discusión. Los siguientes meses fueron horribles, me sentí tan violentada, a mis trece años entre mujeres todas con las piernas abiertas en la misma sala, cada vez que iba al consultorio el desprecio de una secretaria. En el formulario que te dan, marqué la opción “no deseado”. Para la siguiente hora en el  consultorio unas señoras me esperaban con dos paquetes de pañales y toallas húmedas, mientras me tocaba pasar me hablaban del derecho a la vida, de que me ayudarían, yo empecé a pensar en mi canción preferida de Justin Bieber- Let me Love you- para ignorarlas. No, no era yo esa Danitza que estaba esperando un hijo no deseado, no necesitaba los pañales.

 Mi madre insistía en buscar nombres, yo sólo estuve en cama, no por recomendación médica, sino que porque al caminar sentía en el vientre al asqueroso ser que se gestaba y me comía por dentro. Cuando se empezó a mover pensé en matarlo, si asomaba algo así como una pierna y yo me ilusionaba con que fuera su cabeza y ahorcarlo. Nunca lo quise, ni lo más mínimo, era la representación de todo el odio del mundo y yo lo tenía adentro.

 Llegó el día, mi madre llevó el bolsito, salió todo bien y mi mamá le puso Anselmo, volvimos a casa. No podía amamantarlo, lloraba de asco, de repulsión hacia esa criatura. Una de esas noches cuando leía en el chat que mis (ex) mejores amigas se preparaban para una fiesta, me mordió el pezón con tal odio que me recordó a su padre. Separé a la criatura de mi pecho, la tiré al suelo de madera y sonó hueco.

 Ahora sí era la Danitza violada y con un monstruo colgando del pezón y no lo soporté. Corrí a la bodega sin pensar, tome un litro de cloro, petróleo y de todo lo que ahí había. Al alba mi madre encontró al niño durmiendo plácidamente en el suelo, siguió el rastro a la bodega y ahí estaba Danitza, muerta y liberada, al fin.

*Basado en hechos reales.

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Acerca Oscar Estrada

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.

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