/FROYLÁN TURCIOS EN EL TERCER MILENIO

FROYLÁN TURCIOS EN EL TERCER MILENIO

En la fotografía, sentado a la izquierda Froylán Turcios, junto a él de pie Agusto César Sandino, sentado a la derecha Farabundo Martí. Estado Mayor del General Sandino.

PRÓLOGO DE HELEN UMAÑA A LA EDICIÓN DE LA NOVELA EL VAMPIRO, CLÁSICOS CENTROAMERICANOS, DE CASASOLA EDITORES, 2013.

Froylán Turcios (Juticalpa, Honduras, 1874-1943) es una de las figuras más emblemáticas de Centroamérica, región en donde, en las primeras décadas del siglo XX, los artistas, escritores e intelectuales mantenían canales de comunicación sumamente fluidos. Traslados de un país a otro; apoyos solidarios en caso de persecución política; oportunidades de laborar sin mayores trámites burocráticos; publicación mutua de trabajos en revistas y periódicos y cultivo de una franca amistad, fortalecida por una intensa bohemia en la que los dicharacheros contertulios —en sabrosas pláticas que mezclaban arte, política y gozo de vivir—, con frecuencia, eran sorprendidos por el clarear de un nuevo día. En buena medida, el sedimento que propició la interrelación fue el compartido sentimiento de pertenencia a una patria común. Casi sin excepción, en todos latía la añoranza de una patria sin fronteras, abortada en el siglo XIX por la fatal intromisión de intereses espurios tanto internos como externos.

Dentro de ese marco de abierta camaradería y solidaridad, el prestigio de Froylán Turcios se consolidó por su brillante actuación en tres actividades de primer orden: difundió, con gran olfato estético y una fina percepción de las circunstancias de su época, lo más esclarecido de la cultura regional y universal; participó en la lucha anti imperialista y, adscrito al modernismo, procuró que su obra creativa se pudiese equiparar con lo mejor que se estaba realizando en distintas latitudes del continente americano. En los tres niveles, su gran plataforma, siguiendo la línea de los más preclaros ensayistas del siglo XIX, fue el hábil manejo de la comunicación periodística, tanto en periódicos del istmo centroamericano como en las revistas que fundó y dirigió y las cuales, gracias a la rigurosa selección de su contenido y a su adecuada difusión, pronto le ganaron un solvente prestigio nacional e internacional.

En el espacio político, además de su posición de defensa de la autonomía latinoamericana y de su contundente rechazo a los empréstitos norteamericanos en las revistas Hispano-América y Ariel, destaca, en 1924, su dinámico liderazgo como impulsor del Boletín de la Defensa Nacional, publicación que, respaldada por las plumas más esclarecidas de ese momento, movilizó a la ciudadanía hondureña en contra de la intervención estadounidense en el territorio nacional. También, en 1927, como gestor de la solidaridad internacional, su apoyo fue determinante en la ingente lucha que contra la ocupación norteamericana en Nicaragua libraba el «General de Hombres Libres», Augusto César Sandino.

En el rubro de carácter creativo, Froylán Turcios publicó varias obras en prosa y en verso. Hábil en el empleo de la técnica, sobresale en la factura de sus cuentos y relatos breves. Especialmente valioso, por la sabia dosificación de la ambigüedad y por la atmósfera poética que lo impregna, es el magistral relato El fantasma blanco (1911) en donde las fronteras entre el cuento largo y la novela breve terminan por confundirse sin desmedro de la calidad intrínseca del texto.


Lea aquí el relato completo: EL FANTASMA BLANCO DE FROYLÁN TURCIOS

Un año antes, en 1910, había publicado El vampiro, novela que, a ciento tres años de esa fecha, gracias a la feliz decisión de Casasola Editores, nuevamente sale a circulación desde una plataforma que, sin lugar a dudas, la internacionaliza. Frente a este hecho —que bien puede calificarse de extraordinario—, es pertinente preguntarse qué puede decir a las generaciones del tercer milenio una obra cuya temática explotaron, hasta la saciedad, la novelística y la cinematografía de los siglos XIX y XX. Las respuestas pueden ser varias.

Dado el poco desarrollo de la novela (cuyo paso inicial lo dio Lucila Gamero de Medina en 1883 con Adriana y Margarita), El vampiro representa un aporte significativo en el desenvolvimiento literario del país y, para justipreciarlo, se debe visualizar dentro del contexto social e histórico en el cual se desenvolvió la multifacética vida del autor. Al respecto, es pertinente considerar que Turcios, desde muy joven, adscribió los postulados románticos que, en sentido estricto, nunca abandonó (idealización de la figura femenina; preponderancia del sentimiento por encima de la razón; exaltación de lo lúgubre, del misterio y de la muerte; tamización subjetiva del paisaje, etc.). No obstante, supo asimilar la gran lección formal de Rubén Darío y revistió su escritura con los hallazgos realizados por el gran nicaragüense y por otros modernistas latinoamericanos. Fecunda fue la incorporación de la oración y del párrafo breve mediante los cuales, especialmente a partir de Azul…, la prosa se volvió más tersa y dúctil al eludir los laberintos sintácticos de los textos con sobreabundancia de proposiciones complejas. Afortunada fue, también, la impregnación sensual de la palabra en la elaboración de imágenes y metáforas.

Pertrechado con el doble bagaje romántico-modernista, El vampiro, en Honduras, constituye una de las primeras incursiones en el campo de la literatura fantástica. El nudo principal de la trama, gracias a los elementos que pone en juego y que se anuncian en el título, revela el afán del autor por conectar la incipiente narrativa del país, tanto con la corriente fecunda de la literatura de misterio como con la mejor tradición de la lírica romántica y posromántica. De ahí la mención específica —incluso acudiendo al expediente de las citas textuales— de autores ya consagrados como Poe, Musset, Byron, Tennyson, D’Annunzio y Stefan George. En cierta forma, una manera de decirle al mundo que, en Honduras, la pequeña república que, desde la época colonial, carecía de prestancia literaria, se elaboraba una literatura que, con dignidad, buscaba ponerse a la par de la que se escribía en otras latitudes, aspecto que, al poco tiempo, con mejor acabado, ratificaría El fantasma blanco al cual nos referimos con anterioridad.


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Basándonos en Zvetan Todorov en su ya clásico estudio, uno de los elementos de la literatura fantástica que Turcios trabajó es el de la ambigüedad; el de la vacilación frente a los acontecimientos y la cual se observa, tanto desde la perspectiva interna en el sentir de los personajes, como desde el punto de vista del lector. Así, las preguntas son múltiples: ¿quién es el vampiro?; ¿por qué razón se refugia en la misteriosa habitación de la mansión familiar?; ¿qué vínculo existe entre él y los ascendientes del narrador protagonista?; ¿qué ocurrió en realidad en la habitación prohibida?; ¿por qué hay dos versiones sobre la muerte del abuelo de Rogerio?; ¿por qué, aún contra las advertencias de su madre, este último penetró en el recinto vedado y provocó indirectamente la muerte de Luz?; ¿no será que, quizá inconscientemente, se metacomunica que todo hombre es el vampiro de alguna mujer (Rogerio-Luz, Humberto-Leonor, Horacio Vidaurre-Laura)? Demasiadas preguntas y ninguna respuesta. Se plantea el enigma para vislumbrar el misterio. Pero se deja claro que este es impenetrable. La literatura fantástica se abre paso, por primera vez, en la narrativa hondureña.

Las raíces, variantes o antecedentes de esas y otras interrogantes se pueden rastrear en la tradición de la narrativa vampírica. No obstante, entre las preguntas existe una que se aparta de los motivos que fueron surgiendo en torno al siniestro personaje creado por Bram Stoker. La misma se relaciona con el mundo mítico de los pueblos originarios de Mesoamérica y es esta: ¿la muerte casi simultánea del vampiro y del padre Félix estará en deuda con el nahualismo, esa misteriosa relación entre el animal y el ser humano que, además, lleva implícito el concepto de un yo que se desdobla? En este detalle, la obra de Turcios se aparta del enfoque usual de la figura del vampiro. Cuando el inmundo animal ataca a Rogerio, este forcejea y, agarrándolo, lo lanza a las fauces del perro Bravonel que lo tritura con sus poderosas mandíbulas. En ese momento, a cientos de kilómetros de distancia, muere el padre Félix, sacerdote libidinoso que, en varias oportunidades, presenta indicios que lo conectan con un vampiro. Turcios conocía y valoraba los mitos indígenas. En El fantasma blanco, una de las lecturas preferidas del protagonista es el Popol Vuh. Además, no podía ignorar que, entre los lencas —la etnia más numerosa de Honduras en el momento de la conquista española— el nahualismo gozaba de gran relevancia, según lo consignó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.

Una faceta emparentada con la intención de ubicar la narrativa hondureña dentro de parámetros universales, tal como aludimos en un párrafo anterior, es la inclusión de frecuentes reflexiones sobre la literatura y el arte que, en sus diálogos, intercalan los dos personajes centrales. Con ello, Turcios subraya que, como poeta y narrador, no es un aficionado; conoce los fundamentos del oficio que practica. Además, lo conceptualiza en el más alto sitial en el desarrollo evolutivo de la especie:

—Un Poeta, Luz, un verdadero poeta, es un ser omnipotente en el vasto dominio de las Ideas, de las Palabras y de los Símbolos. Transforma en flores y músicas la materia inerte del idioma. Vuela por el Infinito, dialoga con los Elementos, somete a su voluntad las formidables fuerzas ocultas. Su cabeza es como una ánfora sagrada llena de secretos y de prodigios. Pone su espíritu en cada vocablo y hace de las voces rosarios trémulos de emociones y de melodías. Es águila y alondra, es rayo y es céfiro. En su enorme corazón palpitan todos los amores y todos los dolores de la Humanidad y su latido es como el retumbo del trueno y del mar. Es, en fin, la más asombrosa manifestación de las energías eternas, porque la Gloria prolonga su poder y su personalidad a través de las edades. ¡Es un hombre, y más que un hombre, o, por lo menos, el que está más cerca de Dios!

Palabras que nos recuerdan el «¡Torres de Dios! ¡Poetas! / ¡Pararrayos celestes, / que resistís las duras tempestades, / como crestas escuetas, / como picos agrestes, / rompeolas de las eternidades!» del conocido poema de Rubén Darío. O el no menos famoso verso «El poeta es un pequeño Dios» de Vicente Huidobro. Sentires compartidos, antes y después de Turcios. Pero, en esencia, percepciones de corte similar.

Por otra parte, toda obra literaria, lo advierta el autor o no, constituye un testimonio de una manera de sentir y de pensar no solo individual sino también de un grupo social. Rogerio —contando en todo momento con la aquiescencia de Luz, su contraparte femenina— expresa una serie de conceptos que el paso del tiempo se encargó de superar. Tales, su visión de la mujer como un ser carente de capacidad para desarrollar una vida intelectual o artística; la exaltación del amor visualizado como una relación de enfermiza codependencia; justificación del autoritarismo del varón que, ubicado en posición superior y contando con el beneplácito de la mujer, dirige y gobierna el pensamiento y la acción de esta última; satanización del baile como actividad que mancilla a la mujer que lo practica y validación de los celos, vistos como expresión legítima de un supremo amor; incluso, con ellos, se justifica la violencia física contra cualquiera que ose mirar a la mujer amada.

De índole aristocrática y clasista es la actitud elitista de Rogerio y Luz. Ellos se sienten superiores (y lo expresan en forma reiterada) al populacho, a la masa social. De ahí su aislamiento y su aversión a establecer amistad con otras personas a quienes juzgan inferiores en desarrollo intelectual o en las facultades de apreciación estética. Como contrapeso, sustituyen las relaciones horizontales de equidad o igualdad por la práctica de la caridad con los seres menesterosos. Se conmueven hasta las lágrimas cuando auxilian a varios indigentes. Uno de ellos, anciano, pobre y enfermo, es un antiguo sirviente de la familia, pero no hay ninguna reflexión que explique el por qué de su lamentable situación.

De cara a esa omisión, Rogerio es proclive a la exposición pormenorizada de sus ideas en torno a otros tópicos de relevancia. Se entusiasma al hablar de Cristo, «el mayor filósofo de la Humanidad» y traza una tajante separación entre él y los «intérpretes» que «falsearon su doctrina». Incluso agrega: «La iglesia, tal como hoy se halla constituida, es conservadora». Alude, también, a la «vana pompa pontificia» y a la corrupción e inmoralidad de los ministros religiosos (el padre Félix es ejemplo paradigmático). Asimismo, comprendiendo el alto valor histórico de los monumentos coloniales y casi con un sentido profético (especialmente si consideramos la destrucción de mucho del patrimonio cultural centroamericano, sacrificado por los embates del turismo en la época actual) se indigna por la preeminencia de los intereses mercantilistas que, a su juicio, atentan contra el rico patrimonio espiritual y arquitectónico de Antigua Guatemala, el bien seleccionado espacio en donde ubica los trágicos acontecimientos de las dos novelas a las cuales nos hemos referido en este comentario. Igualmente aleccionador es el persistente llamado a valorar —mediante la lectura constante— el rico legado de la humanidad consignado en los textos escritos. En estos y otros aspectos semejantes, escuchamos la voz de un auténtico humanista.

Froylán Turcios es un escritor clave para comprender el paso de transición entre el siglo XIX y el XX, época durante la cual, sin alterar las relaciones de poder que venían desde la colonia, se afianzó el concepto de Estado Nacional. Fue testigo de la expansión y consolidación del imperio y de sus poderosos tentáculos en las feraces tierras de Centroamérica. En escritos de toda índole asumió posturas de defensa de Latinoamérica, la gran Patria Grande en los sueños de José Cecilio del Valle, Simón Bolívar y José Martí. El proyecto «Clásicos Centroamericanos» de Casasola Editores responde al mismo interés. Un fraterno saludo a sus impulsores, el fotógrafo Mario Ramos y los escritores Óscar Estrada y Roberto Carlos Pérez. Que este esfuerzo se multiplique en libros y sueños similares.

Edición de El Vampiro de Casasola Editores, parte de la Colección de Clásicos Centroamericanos (2012).

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.