Periodista Nina Lakhani señala a los Atalas como asesinos intelectuales de Berta Cáceres, pero…

*Autor: Óscar Estrada El libro Who kill Berta Cáceres? (Verso, 2020) de Nina Lakhani, periodista de The Guardian, cuyo título presenta una pregunta tan importante para la Historia de Honduras, desafortunadamente carece de respuestas. Especula, sí y mucho, pero falla en las expectativas de lo que debió ser una investigación más seria. Lakhani ha hecho una carrera investigando temas ambientales y de Derechos Humanos a través del mundo. Actualmente y según sus palabras, es la...
Redaccion 2julio 13, 2020

*Autor: Óscar Estrada

El libro Who kill Berta Cáceres? (Verso, 2020) de Nina Lakhani, periodista de The Guardian, cuyo título presenta una pregunta tan importante para la Historia de Honduras, desafortunadamente carece de respuestas. Especula, sí y mucho, pero falla en las expectativas de lo que debió ser una investigación más seria.

Lakhani ha hecho una carrera investigando temas ambientales y de Derechos Humanos a través del mundo. Actualmente y según sus palabras, es la corresponsal de The Guardian en la ciudad de Nueva York, luego de haber vivido en México por varios años. Como ella indica en el libro, hizo muchos viajes a Honduras antes y después del asesinato de Berta Cáceres, a quien entrevistó en su casa en 2013, cuando la campaña contra la represa Agua Zarca que le dio a Berta el premio Goldman 2015.

Su libro, sin embargo, parece un documento creado para hablar a sus amigos cercanos: activistas todos convencidos de esa “verdad”, que ella nunca busca cuestionar. En un juicio, cada una de las partes construyen sus argumentos según las pruebas que presentan a favor o en contra de una causa. La verdad jurídica, esa que el tribunal usa para determinar un veredicto, está en algún lugar en medio de los argumentos. Pero la verdad  sobre hechos tan complejos como el asesinato de una figura de alto perfil siempre resulta ser más compleja de lo que las partes presentan en el juicio y el escritor debe, cuando menos buscar acercarse lo más posible a ella. Que para conocer la versión de una sola de las partes en el juicio ya tenemos el expediente del juicio y no necesitamos un libro que nos diga lo mismo que ya sabemos.

Lakhani usa para construir los capítulos más importantes de su libro, la información revelada en el juicio que reconoce incompleta. Pretende usar su condición de periodista privilegiada para acceder a información que la corte determinó confidencial —reconociendo la condición particular del proceso— y se queja cuando las condiciones del sistema jurídico hondureño no le permiten el acceso que ella quisiera a la información de la fiscalía y cierra siempre con un “nunca sabremos”. Levanta preguntas que luego nos dice que no puede darnos respuesta.

Pero en esos puntos en donde Lakhami busca dar respuesta, carece de fuentes científicas que construyan un relato más completo de los acontecimientos que llevaron al crimen y a aquellos que pudieron darle una visión más panorámica de los mismos (familiares y gente cercana a los ahora juzgados responsables del crimen). Y cuando se acerca a ellos, los acosa con opiniones personales que lejos de ayudarle en la investigación la alejan, porque la repelen. De allí que es poca la información que se puede obtener en una entrevista de una fuente que de entrada acusa a la entrevistadora de “parcializada” y “mentirosa”; es por este motivo que Lakhani cita entonces únicamente a las fuentes cercanas a la víctima: amigos y familiares que mantienen en unísono un relato maniqueo a través del libro, como que una sola fuente sirviera para dar respuesta a la pregunta: ¿Quién mató a Berta Cáceres?

Los familiares de la víctima, los activistas hondureños, el pueblo en general, tienen todo el derecho del mundo de tener la visión tan parcializada de las cosas como ellos quieran tener. Cada quien construye su versión de los acontecimiento con la información con la que cuenta. Los familiares como víctimas pueden señalar a quién su razón y corazón indiquen como responsables sin preocuparse por dar prueba alguna. Es su derecho y nadie puede juzgarlos por eso, después de todo, la pérdida de una madre, una hermana, una hija o una amiga y compañera como fue Berta es irreparable. Pero Nina Lakhani no. Ella, como periodista, como corresponsal de un medio internacional debe ser responsable de sus palabras, porque esas pueden ser usadas para herir, incluso, a gente inocente. El periodismo de investigación no es un instrumento para expresar opiniones personales.

Nina Lakhani además no se conforma con esa verdad jurídica del juicio que mencionamos antes, como los familiares y el movimiento popular de Honduras acusa todo el proceso de parcializado. Ella pretende, sin embargo, ir más allá y señalar en su libro a los “verdaderos” autores intelectuales del asesinato, pero, nuevamente, no se preocupa por presentar prueba alguna. Pareciera que ella no las necesita.

Lakhani, aunque en su libro dedica tres cuartas partes para hablar de Historia hondureña ni siquiera intenta explorar las razones profundas de tan compleja realidad y quizás, siendo auto críticos, no sea esa su responsabilidad, dadas las características de periodismo de espectáculo paracaidista que ella y todos los corresponsales extranjeros ejercen cuando aterrizan en el Toncontin para “reportar” desde “el país más violento del mundo”.

Con un tono dramático, Lakhani cuenta en su libro una versión de la Historia hondureña que la hace ver bien a ella, la periodista valiente, acosada por las fuerzas oscuras de un estado “racista y patriarcal”, aunque sus descripciones carezcan de contexto o incluso, a veces pequen de irresponsables.

Situaciones tan complejas como la crisis agraria del Bajo Aguán, Lakhani la reduce a un western americano, a una situación de buenos campesinos y malos terratenientes. Se atreve incluso a señalar con nombre y apellido —sin prueba alguna— a líderes conocidos del movimiento agrario, inmersos en la completa situación de violencia en la zona, como responsables de “haber vendido al movimiento campesino” sin saber que sus palabras puedan traer la muerte a quienes quizás no son responsables de las acciones que ella “conoce” porque seguramente alguien lo comentó a ella; y obvia indicar el parentesco con el exdiputado de Libre Rafael Alegría, del campesino vinculado a la banda de asesinos “infiltrados” en el MUCA, Célio Rodríguez, porque quizás esa relación “pueda afectar al movimiento social del país” o porque complique demasiado su relato con aristas que no busca ni puede explicar.

Da la impresión entonces que, en la Honduras de Lakhani, la solución de todos los problemas se redujera a sacar del poder a un grupo perverso, inhumano y criminal, responsables del saqueo de los recursos naturales de los pueblos indígenas, sin ir más allá, al fondo, a unas relaciones capitalistas internacionales en donde el país está inmerso en un mercado para el cual nada tiene que ofrecer, sino sus recursos naturales y su gente.

Los activistas del partido Libre y del movimiento social pueden usar la tesis del narco estado o estado fallido en sus discursos, después de todo están en un juego político en donde la verdad es estirada a conveniencia de grupo. Pero, nuevamente, ella no.  Ella debió ir más a fondo de lo que nos está contando. La versión de Honduras para principiantes que Nina Lakhani nos presenta en su libro no nos basta.

Lakhani habla de narcotráfico y narco estado, con la misma facilidad con que nos habla del Bajo Aguán, nuevamente sin contexto, reduciendo la compleja realidad de cuarenta años de historia regional a solo unas decenas de páginas repletas de opiniones personales sin fuentes que nos permitan, como lectores, contrastar las tesis que pobremente expresa a lo largo del libro. Honduras es un narco estado, dice ella y sí, quizás sea cierto, pero la respuesta a una realidad tan compleja no puede reducirla a un partido político o a una persona determinada.

En otra parte de su libro, a través de más de 20 páginas, la autora nos retrata lo que parece ser una conspiración al más alto nivel, entre la familia Atala y altos ejecutivos del gobierno que, según parece en su libro, se pusieron de acuerdo, quizás en una noche oscura al rededor de una mesa redonda con iluminación de velas —para hacer más dramático el relato— para eliminar a una persona que les estaba saliendo demasiado cara para sus inversiones. Decir eso cualquiera lo puede hacer, no se necesita ser corresponsal de ningún medio internacional para decirlo, cientos de páginas en Facebook están dedicadas a señalar como “autores intelectuales” del crimen de Berta Cáceres, a grupos de poder empresarial y político. Pero Nina Lakhani necesita presentar pruebas para un juicio tan complejo y las conversaciones sin contexto que presentó la fiscalía en el juicio de otra persona no basta, sus palabras cuentan con una tribuna mucho más amplia que cualquiera de nosotros y quizás si ella no lo hace sea porque sabe, que en la realidad alterna que vivimos en las redes sociales, que ella lo diga es ya prueba irrefutable de que es cierto.

¿Quién mató a Berta Cáceres?, el libro de Nina Lakhani es lamentablemente, un más libro novelesco de teorías de conspiración que una investigación periodística seria, que poco o nada servirá para conocer la verdad, porque viene a decirnos más de los que ya hemos escuchado, sin darnos nada nuevo.

 

Journalist Nina Lakhani points to Atalas

like Berta Cáceres’ intellectual assassins, but …

 

The book Who Killed Berta Cáceres? (Verso, 2020) from Nina Lakhani, journalist from The Guardian, whose title presents a question so important for the History of Honduras, unfortunately does not have answers. It speculates, yes and much, but fails in the expectations of what should have been a more serious investigation.

Lakhani has made a career investigating environment themes and Human Rights throughout the world. At the moment and according to her words, she is the correspondent to The Guardian in the city of New York, after living in Mexico for several years. As she indicates in her book, se made several trips to Honduras before and after the assassination of Berta Cáceres, whom she interviewed in her house in 2013, when the campaign against Agua Zarca dam gave her the 2015 Goldman prize.

Her book on the contrary, seems like a document created to talk to her close friends, activists all convinced of that “truth”, that she never seeks to question. In a trial, every one of the parts construct their arguments according to the facts they present in favor or against a cause. The judicial truth, that one that the tribunal uses to determine a verdict, is in a place in the middle of the arguments. But the truth about the complex facts like the assassination of a figure with high profile always results more complex than what the parts present in the trial and the writer must, at least get as close as possible to it. To know the version of one of the parts in the trial we have the file of the trial and don’t need a book that tells us the same that we already know.

To construct the most important chapters of her book, Lakhani uses the information revealed in the trial and recognizes it is incomplete. She pretends to use her condition of privileged journalist to access information that the court determined confidential– recognizing the particular condition of the process– and complains when the conditions in the Honduran judicial system do not allow her the access that she would like, as the information of the prosecution and always closes with a “we will never know”. She raises questions that later tells us that she cannot give us answers.

But in those answers where Lakhani seeks to give answers, lacks scientific sources that construct a more complete story of the events that led to the crime and to those that could give a more panoramic vision of the same (family and close friends to those accused of the crime). And when she gets close to them, she harasses them with personal opinions that far from helping in her investigation push her away, because they repel her. So there is few information that can be obtained in an interview from a source that from the start accuses the interviewer of “partialized” and “liar”, it’s for this motive that Lakhani only cites close sources to the victim: friends and family that maintain in unison a Manichaean story through the book, like if only one source can give answers to the question: Who killed Berta Caceres?

The family’s victims, the Honduran activists, people in general, have all the right in the world to have such a partialized vision of things as they want to have. Each one constructs their version of the events with the information they want. The family as victims can point fingers who their reasoning and heart indicate as responsible without worrying to give any proof. It is their right and no one can judge them for that, after all, the loss of a mother, sister, daughter, or a friend and partner like Berta was is irreparable. But Nina Lakhani cannot. She, as a journalist, as correspondent of an international media, she must be responsible of her words, because those words can be used to hurt, even, innocent people. The journalism of investigation is not and instrument to express personal opinions.

Nina Lakhani also does not conform with the judicial truth of the trial, as the family and the popular movement of Honduras say it was partialized. She pretends to go further and point out in her book the “real” intellectual authors of the murder, but, again, does not worry to present any proof. It seems like she doesn’t need them.

Lakhani, even though dedicates three fourths of the book to talk about Honduran History she doesn’t even try to explore the profound reasons of such complex reality and maybe, being auto critics, it wasn’t her responsibility, given the characteristics of skydiving show journalism that she and some biased foreign correspondents exercise when they land in Toncontín to “report” from the “most violent country in the world”.

With a dramatic tone, Lakhani tells in her book a version of the Honduran History that makes her look good, the brave journalist, harassed by the dark forces a state “racist and patriarchal”, even if her descriptions lack content or even, sometimes sin of irresponsible.

Situations so complex as the agrarian crisis of the Bajo Aguán, Lakhani reduces it to an American Western, to a situation of good farmers and bad landowners. She even dares to pinpoint with name and last name -without any proof- the leader of known agrarian movement, immerse in the complete situation of violence in the zone, as responsible of “selling the farmer movement” without knowing that her words can bring deaths to those who might not be responsible of the actions she “knows” because someone told her; and conveniently leaves out the relationship with the ex-congressman for leftist Libre party Rafael Alegria, of the farmer linked to the band of “infiltrated” assassins in the MUCA, Celio Rodriguez, because maybe that relationship “might affect the social movement of the country”.

Then it gives the impression that, in Lakhani’s Honduras, the solution to all the problems reduces to taking out of power a perverse group, inhumane and criminal, responsible for the pillage of natural resources of the indigenous villages, without going furthermore, to the bottom, to some international capitalist relationships where the country is immersed in a market for which has nothing to offer, but its natural resources and people.

The activist of Libre party and the social movement may use the thesis of narco-state or failed state in their speeches, after all they are in a political game in which the truth is stretched at the group’s convenience. But, again, Lakhani can not. She should have gone more in depth of what she is telling us. The version of Honduras for beginners that Nina Lakhani presents us in her book is not enough.

Lakhani talks about drug trafficking and narco state, with the same facility that she talks to us about the Bajo Aguán, again without context, reducing the complex reality to forty years of regional history to only a dozen pages full of personal opinions without source that will allow us, as lecturers, contrast the thesis that she poorly expresses along her book. Honduras is a narco state, she says, and maybe it’s true, but the answer to a reality so complex cannot be reduced to a single political party or a determined person.

In another part of her book, throughout more than 20 pages, the author tells us what seems to be a conspiracy to the highest level, between the Atala family and high government executives, that joined together to eliminate a person who was costing too much for their investments. To say that, anyone can do it, you don’t have to be a correspondent of any international media to say it, hundreds of pages in Facebook are dedicated to point many “intellectual authors” of Berta Cáceres’ crime, groups of business and political power. But Nina Lakhani needs to present proof for a case so complex, her words count for an audience much broader than any of us and maybe if she doesn’t do it, is because she knows, that in the alternate reality that we live in social media, whatever she says can already be an irrefutable truth.

Who killed Berta Cáceres? Nina Lakhani’s book is unfortunately, more a novel of conspiracy theories than a serious journalist investigation, that less or nothing will serve to know the truth, because it comes to tell us more of what we have already heard, without giving us anything new.

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