5 DE JULIO

Invitadojulio 12, 2019

Por Óscar Esquivel

Isis Obed Murillo Mencía, un párvulo de 19 años, formaba parte de aquella marea humana que el 5 de julio del 2009 se tomaba las cercanías del Aeropuerto Internacional de Toncontín para recibir al depuesto presidente Manuel Zelaya Rosales. Los entes represores de aquel entonces dispararon contra los manifestantes, y el joven Obed Murillo fue uno de los que sucumbió a esas balas. Don Ramón Custodio, entonces en su función de ombudsman y Comisionado Nacional de Derechos Humano, había adoptado una postura en favor del golpe de estado, y en consecuencia con esa línea aseguró que las balas disparadas habían sido de goma. Con aquel asesinato político se daba inicio a muchos más crímenes que se cometerían a lo largo de estos diez años. En ese mismo mes de Julio, en el  segundo intento de Manuel Zelaya por entrar al territorio nacional vía frontera con Nicaragua, se cometía otro un crimen. Esta vez, la víctima fue el joven Pedro Magdiel Muñoz, asesinado por cuarenta y tres puñaladas, en el municipio de Alauca, departamento de El Paraíso. La víctima había sido capturado un día antes por policías y militares según testigos en el lugar.

Roger Abrahám Vallejo Soriano, de 38 años, fue asesinado a finales del mes de Julio del mismo año al recibir un disparo en una de las protestas que exigían el retorno del presidente. Wendy Ávila falleció en septiembre del 2009, producto de los gases lacrimógenos lanzados por parte de la policía contra los manifestantes que estaban en las cercanías de la embajada de Brasil, donde se encontraba prácticamente secuestrado el presidente Zelaya, quien había ingresado de forma anónima a las instalaciones diplomáticas. Wendy Ávila era la compañera de hogar del ahora preso político Edwin Espinal, quien se encuentra privado de su libertad en la cárcel conocida como “La Tolva”.

Desde aquel golpe de Estado, el derramamiento de sangre no ha cesado. La sangre humilde, sangre de nuestra gente, sigue siendo derramada por montones. Personas que deberían de estar en estos momentos con sus padres, hermanos, hijos, continúan separadas de sus seres queridos por la cárcel o la muerte. Éstas personas, a las que parecen extrañar únicamente sus seres más cercanos, siguen la lucha en soledad. Una década ha transcurrido desde aquel golpe de Estado en el que nos volcamos en protesta a ciegas hacia las calles. Romeo Vásquez Velásquez, Roberto Micheletti, José Saavedra, Hugo Llorens
y Jorge Rivera Avilés eran las caras visibles de este cataclismo político provocado aquel fatídico día.

Desde aquel día, madres y padres lloran la muerte de sus hijos, vástagos lamentan la ausencia de sus progenitores, amantes se consumen en el llanto de haber perdido a quienes amaban. Después de diez largos años, que suenan como si hubieran sido ayer, no hay justicia. Los responsables de haber provocado, ordenado, y disparado contra hondureñas y hondureños siguen disfrutando en libertad. Diez largos años en los que los estadounidenses nos han usado como experimento para regresar al control hegemónico sobre América Latina y el Caribe. Una década de sangre derramada en aeropuertos, montañas, colonias y calles a lo largo y ancho de los 112,492 kilómetros que creíamos nuestros.

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