Un niño con un lindo uniforme: El agrio final de la amistad entre Froylan Turcios y el general Sandino

Froylan Turcios es en la actualidad uno de los escritores más «conocidos» en Honduras. Pongo eso en comillas, porque como suele suceder en nuestros países, que sepamos su nombre no quiere decir que realmente conozcamos quién fue. El Congreso Nacional de Honduras otorga el premio Froylan Turcios a aquellos periodistas que a su criterio han puesto en alto la profesión y el nombre del país. Poco saben los congresistas hondureños la historia y dimensión del...

Froylan Turcios es en la actualidad uno de los escritores más «conocidos» en Honduras. Pongo eso en comillas, porque como suele suceder en nuestros países, que sepamos su nombre no quiere decir que realmente conozcamos quién fue. El Congreso Nacional de Honduras otorga el premio Froylan Turcios a aquellos periodistas que a su criterio han puesto en alto la profesión y el nombre del país. Poco saben los congresistas hondureños la historia y dimensión del hombre que lleva el nombre de su premio.

Froylan Turcios no puede ser catalogado en una sola dimensión: existe el poeta romántico, el modernista amigo de Juan Ramón Molina y Rubén Darío, entre muchos grandes poetas de su generación; existe el escritor oscuro, apasionado de las historias tétricas que inspiraría décadas después el programa de Jorge Montenegro, Cuentos y leyendas de Honduras; el periodista de pluma dura, crítico incansable y constructor de lo nacional, fundador de periódicos y revistas a lo largo de toda su vida; el político conservador, amigo íntimo del general Manuel Bonilla, quien construyó la base que luego llegaría a ser el Partido Nacional de Honduras; existe también un Turcios antiimperialista, fundador del Boletín de la defensa nacional, periódico opositor a la intervención Norteamericana en Centro América; también hay un Turcios guerrillero, amigo del general de hombres libres, Agusto C. Sandino.

Todo eso era Turcios.

En sus Memorias, Froylan Turcios afirma haber sido el primero en escribir un artículo contra el imperialismo yanqui en Honduras y, según dice, por el cual le clausuraron el diario El Heraldo en 1910. Esta afirmación no es del todo cierta, más de una década antes Juan Ramón Molina había escrito un artículo que alertaba de los peligros que la victoria norteamericana en la guerra contra España implicaba para el resto del continente. Lo que sí es cierto, es que Turcios llevó la pluma antiimperialista a otro nivel, uno de dimensiones épicas.

José Antonio Funez, profesor de la facultad de letras del instituto Católico de Toulouse explica en su artículo Froylán Turcios y la campaña a favor de Sandino en la revista Ariel (1925-1928),  que es posible que el sentimiento antiyanqui de Turcios tenga origen en la ruina económica que la guerra hispano-estadounidense de 1898 acarreó a su familia, debido a que acabó con el principal negocio de su padre: la venta de ganado a Cuba.

En todo caso, el 21 de marzo de 1924 Turcios da a conocer el primer número del Boletín de la Defensa Nacional en el que protesta contra la ocupación del suelo hondureño por marines norteamericanos, en un momento en que el país se debatía en una de sus más cruentas guerras civiles. El boletín vespertino tenía una tirada de cinco mil ejemplares y se distribuía gratuitamente en Tegucigalpa todos los lunes, miércoles y viernes por jóvenes voluntarios.

El primer editorial de la revista se titula “Por la autonomía de Centroamérica”, en el que Turcios expresa:

Ningún centroamericano en que vibre la más insignificante emoción de patriotismo podrá reconocer jamás el menor derecho al Gobierno de los Estados Unidos para inmiscuirse en nuestros asuntos internos. Si, desventuradamente, vivimos con el dicterio en los labios o con el rifle al hombro, destrozándonos como fieros enemigos, con saña de los gallos de pelea, esto sólo nos incumbe a nosotros y nada le importa de ello a ninguna nación extranjera. Que no se nos diga, cínicamente, que acuden en nuestro auxilio por piadosa humanidad, pues lo cierto es que tal ayuda es interesada, nacida de un instinto pirata. Y aún cuando no fuera así, sería ignominiosa para nuestro civismo y atentatoria para nuestra soberanía. Somos nosotros, y solamente nosotros, los que debemos buscar el remedio a nuestros males de ambiente y de raza y no los extraños y los entrometidos.

Rubén Darío decía que Froylan Turcios era «un caso típico de nuestra zona: produce libros, escribe periódicos y hace revoluciones», afirmaba.

Hablemos ahora brevemente de Sandino.

Agosto C. Sandino nació en 1895 en Masaya. Su madre, Margarita Calderón, era una humilde campesina, que se ganaba la vida como doméstica y obrera agrícola. Gregorio Sandino, su padre, fue un mediano propietario y productor agrícola, con quien se fue a vivir a los 11 años de edad.

En su adolescencia, fue testigo de la primera gran intervención militar del imperialismo yanqui en su tierra, que culminó con el asesinato del general Benjamín Zeledón, el 4 de octubre de 1912. 

En su juventud trabajó como ayudante de mecánica cerca de la frontera con Costa Rica. En 1920 viajó a Honduras y a Guatemala donde trabajó en las plantaciones de la United Fruit. Posteriormente en México, trabajó para empresas petroleras en Tampico y Cerro Azul.

Durante su estancia en México, Sandino se vinculó con líderes sindicales, obreros, militantes socialistas, anarquistas y masones. Conoció de las luchas sindicales, de la agresión yanqui contra México por el control de los yacimientos petroleros, de la Revolución Mexicana y de las luchas de la clase trabajadora.

En agosto de 1925, luego de 13 años de ocupación, Estados Unidos retiró sus tropas de Nicaragua. Dejaría atrás a los instructores de lo que luego llamarían la Guardia Nacional.

Pero la paz estaba lejos de lograrse en Nicaragua. En octubre de ese año de 1925 ocurre el golpe militar del general Emiliano Chamorro que duró muy poco en el cargo. En mayo del año 1926, se dio un  alzamiento liberal contra Chamorro. Las tropas norteamericanas que ya se habían retirado del país, a lo menos formalmente, desembarcaron nuevamente en Bluefields. La causa antiimperialista se encendía en Nicaragua.

Sandino regresó a Nicaragua el 1 de junio de 1926. El 26 de octubre, junto con trabajadores de las minas de San Albino se alzó en armas, uniéndose a la causa constitucionalista. Organizó sus combatientes y dirigió un ataque contra el cuartel conservador en el poblado de El Jícaro, el 2 de noviembre de 1926.

Sandino fue entonces reconocido por los jefes militares liberales como General en jefe del Ejército de Las Segovias, donde estableció su base de operaciones.

Con apenas 30 hombres, y con solo 32 años, Sandino comenzó una guerra nacional contra los invasores estadounidenses y el gobierno entreguista de José María Moncada.

En julio de 1927 Augusto Sandino publicó su primer manifiesto dirigido «A los nicaragüenses, centroamericanos, y a la raza latinoamericana», proclamando sentirse orgulloso de su «sangre india» y exigiendo al gobierno norteamericano respeto a la soberanía de Nicaragua.

Turcios, que era más de dos décadas mayor que Sandino, tenía ya una campaña intelectual en contra de la presencia de los norteamericanos en Honduras. Al conocer de la lucha del general Sandino en la vecina Nicaragua, comprendió que ambas luchas era una misma. De inmediato puso sus pluma y su revista al servicio de la causa sandinista. Se convirtió así en su principal tribuna pública internacional. Es gracias a la pluma experta de Turcios, que el general Sandino logró altura épica, pues su causa cuajó en la psiquis de todo un continente que miraba en esa lucha, la batalla de David contra Goliat, del humilde pueblo de Nicaragua en contra del imperio norteamericano.

Existe una fotografía en donde podemos apreciar una reunión del Estado Mayor del general Sandino, allí aparecen en un lugar importante: Sandino, el líder salvadoreño Farabundo Martí y el escritor hondureño Froylan Turcios.

Para Turcios, Sandido era un prócer, un héroe a la altura de Bolivar y así lo retrató en muchos de los artículos que publicó en la revista Ariel.

Pero Sandino, complejo como era, chocó luego con la personalidad de Turcios que no se medía al momento de expresar sus ideas. Había sido amigo cercano de tantos presidentes en Honduras, de generales en la paz y en la guerra, había  participado en tantas guerras civiles e internacionales, como soldado y como intelectual, que sabía bien las consecuencias que una guerra fratricida llevaba para un país como Nicaragua y criticó que el general Sandino cayera en la dinámica interna tradicional de pelear revoluciones por presidencias.

El 17 de diciembre de 1928, Froylan Turcios escribió una carta a Sandino, en la carta decía:

«Me dijo Ud. en una de sus recientes cartas, en un párrafo de su puño y letra, que venía de postdata, que me considera su mejor amigo. Yo lo quiero aún más, como a mi único hermano por el corazón y por los grandes ideales de Justicia y Libertad. Y por esto, precisamente, estoy en la forzosa e ineludible obligación de hablarle con la más absoluta franqueza, con la alta franqueza digna de los dos.

Yo tengo el deber de cuidar de su gloria, de la gloria del Libertador Sandino, el hombre más brillante de los tiempos modernos. Pero el Sandino de mis admiraciones, el símbolo de nuestra Raza, y la Gran Bandera de la Libertad, es el egregio paladín arriesgado heroicamente en una empresa gigantesca para arrojar al poderoso conquistador del suelo de su Patria.

Conseguido ese magno objetivo, su victoria es absoluta; y de ningún modo puede mezclarse en otra empresa menuda, como sería el encabezar una guerra civil para poner a éste o aquél en la silla presidencial de Nicaragua. El patricio, el prócer Sandino, mi amigo, mi hermano, por quien daría mi sangre, es el Héroe de los Héroes en la guerra de Independencia que hoy asombra al mundo. Al Sandino, caudillo en una guerra civil, en una miserable contienda fratricida, “no lo conozco”, y nada tendría que ver con él…»

Quizás Turcios vio en la causa de Sandino algo que él mismo Sandino no había visto, una lucha continental en contra del nuevo imperio. Mientras Sandino miraba la lucha a un nivel más práctico, más realista, en el terreno cruel de Nicaragua. Lo cierto es que poco gustó a Sandino esta carta de Turcios. La relación con el tiempo se fue agriando hasta que finalmente reventó.

En esa carta del 17 de diciembre de 1928, Turcios propuso a Sandino un plan para avanzar la lucha antiimperialista. El plan de Turcios consistía básicamente en cuatro puntos: que el gobierno del presidente Moncada obtenga de Estados Unidos el retiro inmediato de sus fuerzas en Nicaragua; después del retiro de las tropas, Sandino y su ejército depondrán las armas y las guardarán en Costa Rica, solamente se hará uso de ellas en caso de que los soldados norteamericanos volvieran a invadir territorio nicaragüense; que el general Moncada ponga en vigor la Constitución; y por último que el gobierno de Moncada otorgue amplia amnistía a Sandino y a sus soldados, y les sean reconocidos sus derechos ciudadanos.

Aún no se conoce la respuesta de Sandino a este plan, pero está claro que lo rechazó.

El 22 de febrero, en una carta enviada por Sandino a Turcios proponía un nuevo plan que consistía en cesar la lucha, «mientras se permitía a los marines evacuar los departamentos de Estelí, Matagalpa, Jinotega y Nueva Segovia». El ejército sandinista entregaría las armas a Moncada, pero no todas, el resto quedaría escondido. Los guerrilleros se dedicarían aparentemente a la agricultura en los cuatro departamentos mencionados, pero en realidad estarían en espera del llamado de Sandino. Éste se iría a México a conformar una fuerza expedicionaria que desembarcaría en el puerto de Corinto, y una vez que las tropas de Estados Unidos hubieran abandonado Nicaragua, el ejército guerrillero invadiría Chinandega, León y Managua. Moncada sería despojado del poder y en su lugar sería impuesto Pedro J. Zepeda.

A Turcios no le pareció el plan de Sandino y así se lo hizo saber. Manifestó sin ningún pudor su decepción por lo que calificó como un empecinamiento por parte de Sandino, «en convertir su épica antiimperialista en una guerra civil».

«La fatalidad se cierne sobre nuestra causa», señaló Turcios, lamentando haber empleado tantos esfuerzos en una campaña por la que, aseguraba, «estaba dispuesto a ofrendar su sangre», y adviertió a Sandino: «Si Ud. persiste en el plan que hoy me ratifica, nos separaremos como dos hermanos que no pudieron entenderse».

José Antonio Funez afirma que el rechazo de Turcios al plan de Sandino estaba motivado, no sólo por su odio a las guerras civiles, sino porque no creía que los marines norteamericanos iban a salir de Nicaragua. Es importante acá señalar que el plan de Turcios también implicaba una salida de los marines del territorio nicaragüense a cambio, este, de una paz más duradera.

Finalmente Turcios comunicó a Sandino su renuncia. El párrafo final de esa carta resulta muy elocuente. Turcios se despide de Sandino con una frase que expresa el sacrificio que implicó a un espíritu cosmopolita estar a favor de su causa: «Estaba resuelto a no salir del país, mientras le fuera a Ud. útil», escribió.

Eso, porque en octubre de 1928 había triunfado en las elecciones de Honduras el candidato liberal Vicente Mejía Colindres, amigo y correligionario de Turcios, lo que brindaba a éste la oportunidad de representar a su país en el extranjero, en el momento en que había dejado de ser «útil» a la causa de Sandino.

El 7 de enero de 1929 Sandino envía la aceptación de la renuncia a Turcios. Esta vez, más que una carta, se trata de una nota seca, sin mayores preámbulos. Sandino prohíbe al poeta negociar con los documentos del ejército y le pide comunicar la renuncia a la prensa mundial.

En el párrafo final de esta carta, Sandino se despide con una frase que seguramente hirió la dignidad y el orgullo de Turcios: «Se olvidó Usted —le dice— de que los muñecos están en los bazares, y que los que combaten en Las Segovias tienen ideas propias». Después de esta frase lapidaria no volvió a existir más intercambio de correspondencia entre los dos.

Los norteamericanos nunca vieron con buenos ojos esa relación entre el general Sandino y el escritor Turcios. Esa combinación entre el carisma guerrillero del caudillo y la pluma ágil del poeta era explosiva. En gran medida, el mito de Sandino se construyó con los artículos que sobre él escribía Turcios y temían que dicho ejemplo pudiera ser copiado en el continente entero.

Así, cuando ellos se enteraron de que Sandino había aceptado la renuncia de Turcios, decidieron echarle sal a la herida.

El 28 de enero el general norteamericano Felland  en Washinton envió una nota al mayor Cruse, encargado de las operaciones en Nicaragua, informándole que un espía norteamericano, al que llama Tenori (que luego se supo era Constantino Tenorio, un hombre muy cercano tanto a Turcios como a Sandino) había obtenido de un mensajero la carta original en la que Sandino acepta la renuncia de Turcios como su representante.

Tenorio, siguiendo las recomendaciones de los norteamericanos, hizo arreglos para la carta fuera difundida simultáneamente tanto en los periódicos de Honduras, El Salvador y Guatemala, y que el mensajero se la entregara a Turcios el mismo día de su publicación.

«De esta forma, Turcios va a creer que Sandino hizo que se publicara, y que esto ha sido una falta de su parte», concluye el mensaje de Felland.

Todavía el 22 de febrero Turcios no había recibido la carta pero sabía de su contenido debido a que había sido publicada, aunque, según el mayor Cruse, estaba a punto de entregársele.

De las acciones de Tenorio, ni Sandino ni Turcios llegarían a enterarse.

El 7 de marzo de 1929 el mayor Cruse informó a sus superiores en Washington que la publicación de la misiva «había probado ser inesperadamente efectiva», ya que el poeta se había volcado en violentas declaraciones contra Sandino.

A estas declaraciones respondió Sandino tiempo después, dejando entrever la traición de Turcios, y el daño que su renuncia había provocado a la causa sandinista:

Dijo Sandino: «Y la lucha ha seguido, cada vez más intensa, pero el dinero norteamericano compra y se interpone entre nosotros y el mundo exterior, y se ha hecho el silencio sobre nuestra lucha. Por eso es que desde que Turcios renunció a ser nuestro vocero, poco se ha dicho de lo que pasa en Nicaragua».

Froylán Turcios, que tenía un sentido del honor bastante elevado, debió sentirse muy ofendido al verse señalado como un traidor por parte de Sandino y de la reacción que esa acusación tuvo en la opinión pública favorable a la causa sandinista. Desde Barcelona, el poeta colombiano José María Vargas Vila escribió, el 16 de mayo de 1930:

«¿Pero cómo, siendo usted, como ha sido, un luchador tan aguerrido y tan audaz en la prensa, y, por ende, habituado a la algarabía antropoide que reina en ella […] se preocupa de ese balbuceo tartamudo de la detracción? No lo comprendo […] preocuparse de los conceptos de la opinión pública es como preocuparse de los conceptos de las mujeres públicas, una debilidad inconcebible en un espíritu superior».

Tanto malestar causó en Turcios este asunto que todavía el 23 de febrero de 1934, cuando escribía sus memorias en Roma, le llegó la noticia del asesinato de Sandino y ni la distancia, ni el tiempo, ni la muerte de quien fuera su gran amigo, impidieron que declarara con resentimiento:

«Si Sandino no hubiera sido tan ruin para conmigo ¡con qué brillante y terrible cólera le vengaría mi pluma! […] pero como no tengo nada de santo, como soy de carne y hueso, no puedo olvidar su ingratitud; y solamente mi pasión por la soberanía de Centroamérica y la forma infame y perversa con que fue ultimado me obligan a romper el silencio para condenar a sus verdugos».

Sandino había sido asesinado en Managua, víctima de una trampa tendida por el general Anastasio Somoza García con el respaldo de Arthur Bliss Lane, embajador de Estados Unidos en Nicaragua. Turcios tuvo razón en advertirle que su plan fallaría. En 1936 los norteamericanos premiaron a Somoza al apoyarlo en las elecciones en que el general derrocó a su tío político, Juan Alberto Sacasa, quien había sucedido a Moncada en 1932.

Froylán Turcios nació en Juticalpa, departamento de Olancho en 1874 y falleció en San José de Costa Rica en 1943. La crítica hondureña Helen Humaña en el prólogo que escribe para la edición de Casasola Editores de la novela El Vampiro, lo califica como «una de las figuras más emblemáticas de Centroamérica».

«Toda obra literaria, lo advierta el autor o no, constituye un testimonio de una manera de sentir y de pensar no solo individual sino también de un grupo social. Froylán Turcios es un escritor clave para comprender el paso de transición entre el siglo XIX y el XX, época durante la cual, sin alterar las relaciones de poder que venían desde la colonia, se afianzó el concepto de Estado                   Nacional. Fue testigo de la expansión y consolidación del imperio y de sus poderosos tentáculos en las feraces tierras de Centroamérica. En escritos de toda índole asumió posturas de defensa de Latinoamérica, la gran Patria Grande en los sueños de José Cecilio del Valle, Simón Bolívar y José Martí».

Para el estudioso Pedro A. Vives, cita José Antonio Fúnez, «la raíz de la ruptura entre Turcios y Sandino puede encontrarse en la referida carta del 10 de junio de 1928, en la que Sandino reprocha a Turcios su exacerbado patriotismo localista». Turcios estaba dispuesto a morir en la guerra antiimperialista, no por una guerra civil en Nicaragua.

Desde esa fecha no se conoce otra comunicación entre ellos hasta el 28 de septiembre, cuando Sandino envía un conmovedor relato a Turcios. Cuenta lo que le sucedió con un niño «de pura raza india», ropa en hilachas, que le pide «un arma y unos tiros para luchar contra los bandidos». Desde entonces, dice Sandino, ese «Niño-Hombre», como lo llama, «ha participado en 36 combates y luce un hermoso uniforme».

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